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Agosto - 2008


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La buena muerte

Ana Moreno Marín


Eutanasia

La eutanasia en Europa es legal en Países Bajos, Noruega y Suiza. En otros se ha abierto el debate sobre la conveniencia de legalizarla, como Francia, donde el caso de Sébire, la mujer con un tumor nasal incurable, conmocionó a la opinión pública. En España, tras el Congreso del PSOE, se reabre el debate. ¿Qué conllevaría su aprobación? Su objeto es causar la muerte a una persona a petición propia para evitarle sufrimientos, o por considerar que su vida carece de la calidad mínima para ser digna. Es siempre una forma de homicidio mediante un acto positivo o mediante la omisión de la atención y cuidados debidos. La eutanasia no es un concepto postmoderno: ya Platón abogaba por acabar con quienes nacieran con deformidad física o mental. Francis Bacon la incluye entre las misiones propias de un médico. En el siglo XIX se defiende como muerte “por piedad”, y en el XX se crean organizaciones pro eutanasia, como Exit, que cuenta hoy con más de 8.000 socios. Pero el mayor hito eutanásico de la historia de la humanidad lo marcó, sin duda, el nazismo. En 1933 la “Ley de prevención de las enfermedades hereditarias” justificó la esterilización de más de 375.000 personas con sordera, locura, epilepsia o ceguera hereditarias. Fue sólo el principio de la institucionalización de la muerte por excelencia. Tampoco han faltado nunca detractores, como Hipócrates, que juró no dar jamás un veneno mortal. La Asociación Medica Mundial y el Código Internacional de Ética Médica afirman que la eutanasia, la ayuda médica al suicidio y el ensañamiento terapéutico son incompatibles con la ética médica. La razón de ser de la medicina es la curación del enfermo, y cuando no es posible, mitiga sus dolores y lo acompaña en el último trance. En este sentido, María Alonso, médico de familia y experta en la materia, afirma que es éticamente correcto no someter al paciente incurable o terminal a tratamientos inútiles o desproporcionados. Pero el fin subjetivo (la compasión) no justifica acabar con el sufrimiento de un enfermo a través de un medio: el asesinato. La cuestión es muy delicada y va contra el Derecho Fundamental a la vida, la Ley Natural y la Divina. Sin embargo, hay casos de un sufrimiento tal, que es difícil no pensar que es la mejor solución. ¿Por qué decir no aun en casos extremos? Y la siguiente cuestión: ¿dónde poner el límite? En Holanda, hay entre 5.000 y 10.000 casos por año y ya se efectúa la eutanasia a recién nacidos con enfermedades degenerativas. María Alonso asegura que con el desarrollo de la medicina paliativa se queda prácticamente sin contenido la justificación compasiva de la eutanasia. El dolor puede mitigarse o suprimirse con los analgésicos actuales: «Es asunto de pura competencia profesional. En mi experiencia con pacientes terminales, nunca me han manifestado su deseo de adelantar la muerte artificialmente. Todos se aferran a su vida, sus familiares y amigos… En todos los casos conseguimos controlar el dolor». ¿El riesgo mayor? Que la vida pierda su valor per se y la persona, su dignidad, y que se cree una espiral de muerte que mine y amolde las conciencias. La doctora Alonso asegura que una sociedad que legaliza la eutanasia está diciendo que una vida con dificultades, limitaciones y padecimientos no merece la pena ser vivida. La cuestión de fondo es profunda y abre un debate de paradigmas filosóficos y cosmológicos. ¿Qué valor damos a la vida, la muerte, la libertad? Jacques Attali, consejero especial de Mitterrand, pronosticó que la eutanasia sería uno de los instrumentos esenciales en las sociedades del futuro. «El socialismo es libertad y la libertad fundamental es el suicidio; por tanto, el derecho al mismo, directa o indirectamente, es un valor absoluto en este tipo de sociedad». ¿Consecuencias directas demostradas? Aumentan las peticiones voluntarias, el enfermo se convence de que su vida no tiene sentido y siente que alivia a sus familiares. ¿Exagerado? Basta ver el número cada vez mayor de testamentos vitales solicitándola en caso de minusvalía, coma o enfermedad degenaritiva para constatar que no lo es. ¿Por qué no idear programas de acompañamiento, especialmente para aquellos enfermos que están más solos, o programas lúdicos o pequeños trabajos adaptados a sus circunstancias pero que los mantengan activos si lo desean? Quienes venden la eutanasia como un logro de la sociedad del bienestar y de los derechos humanos no hacen otra cosa que ir en contra de ellos y en especial del primero y más fundamental. Y todo ello sin mencionar la religión. Desde el cristianismo es aún más insostenible la “buena muerte” porque, como indica la doctora Alonso: «La vida es un bien supremo, un don del que no podemos disponer, ni siquiera en las situaciones que nos parecen desesperadas». Nota: agradezco a las doctoras María Alonso y Alicia Arias por su asesoramiento.


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