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Agosto - 2008


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La justicia de Dios

Claudio Guerrero


MORAL

“Si Dios es amor, ¿cómo se entiende que nos vaya a juzgar por las culpas que cometemos en esta vida, considerando que en muchas ocasiones resulta difícil saber si hay pecado?” L. F. La pregunta pone de manifiesto una actitud cada vez más habitual en nuestra forma de pensar. La superficialidad en que estamos inmersos, el tener que correr a diario entre mil compromisos, a menudo sin prestar plena atención a lo que hacemos, conlleva una manera de concebir la responsabilidad sobre nuestros actos. No hace muchos años, se solía descargar la conciencia del pecado resaltando la culpa aparejada a la vida social: la educación recibida en un ámbito determinado era la responsable de nuestros actos negativos. Ahora, en cambio, como es muy fuerte la influencia del mundo exterior sobre el sujeto, solemos tomar cierta distancia de los actos que realizamos. Por eso pierde significado, o se reduce a casos extremos, ese aspecto del pecado que la tradición católica presenta con el sintético concepto de “consentimiento deliberado y plena advertencia”. Y es que parece difícil identificar una situación en la que nos hallemos en esas condiciones. Pero si no resaltamos la responsabilidad, cada vez tendremos menos claro el sentido de pecado, y la frontera entre el bien y el mal será cada vez más difusa, pues se basará no tanto en la conciencia, sino en la “inconsciencia”, podríamos decir. Si Dios es amor, como bien dice usted, entonces conviene recordar que nuestra libertad es un don suyo. Es muy clara la invitación con que concluye la presentación de la ley de Dios en el libro del Deuteronomio: «Te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida (...) amando al Señor tu Dios, escuchando su voz, viviendo unido a Él»1. Es un reto a seguir la voluntad de Dios cotidianamente. Pensando en la libertad del hombre, podemos quedarnos pasmados contemplando cuán grande es el amor de Dios y cuán grande el hombre capaz de responderle. Pero esa respuesta no es sentimental ni teórica, sino que son actos, y Jesús es muy claro al respecto: «No todo el que diga Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial», y esta consideración va seguida de la comparación con la casa construida sobre roca2. Evidentemente, si nos limitamos a mirarnos a nosotros mismos y nuestros pecados, no mejorará nuestra relación con Dios; y menos aún si aparentamos que no los hay, o si nos quitamos de encima la responsabilidad que tenemos. Contemplando a Jesús y sus palabras, comparándonos cada vez más con Él, nos daremos cuenta de la misericordia de Dios, que nos previene y nos sostiene; y entonces la requeriremos con más insistencia y alegría. Así, no negaremos el juicio sobre nuestros actos, que lo habrá y se deberá a nuestras opciones, pero no nos desesperaremos, porque Dios nos ha amado tanto como para entregar a su Hijo por nosotros, pecadores, y Él intercede ahora por nosotros ante el Padre. En Él podemos reflejarnos porque Él es la Verdad y «la verdad nos hará libres». La libertad humana es un don de Dios y comporta un juicio basado en la responsabilidad que de ella se deriva. La Escritura dice que nadie puede acusar a Dios de haberlo descarriado y que «Él fue quien al principio creó al hombre y le dejó en manos de su propio albedrío. Si tú quieres, guardarás los mandamientos, para permanecer fiel a su beneplácito (...) Ante el hombre están vida y muerte; lo que él quiera se le dará. Qué grande es la sabiduría del Señor, fuerte es su poder, todo lo ve (...) Él conoce todas las obras del hombre»3. Sin responsabilidad no hay libertad. Sin libertad no hay responsabilidad. 1) Dt 30,19-20; cfr. Dt 11, 26-28 y Jr 21, 8; 2) Mt 7, 21ss; 3) Si 15, 14-19.


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