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Palabra y vida
Agosto - 2008


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El amor, un boomerang

Javier Rubio


De la vida misma Incluso recoger una botella rota de la calle tiene su valor. Pequeños ejemplos de convivencia cotidiana que nos envían los lectores.

Mi comunidad de vecinos En el edificio donde vivo hay otras siete familias. Las cuentas de la comunidad de vecinos las lleva de manera muy sencilla una de las señoras que vive en el edificio mismo. Todos nos conocemos, pero aun así a veces se crean situaciones incómodas. Por ejemplo, el dueño del negocio que hay en la planta baja empezó a coger la costumbre de dejar aparcada su furgoneta justo delante de su tienda, pero esa zona es de paso obligado para todo que quiera entrar en el edificio. Y la consecuencia fue que se abrió una polémica entre el dueño del negocio y los vecinos a propósito de si él tenía derecho o no a utilizar esa zona delante de su tienda. Una tarde, mientras volvía a casa, se me ocurrió pasar a hablar con el dueño de la tienda, pero antes de llegar a decirle nada él empezó a meterse conmigo porque la tarde anterior yo, sin darme cuenta, había dejado aparcado mi coche de tal manera que le impedí estacionar su furgón, y él lo había interpreado como una provocación. Le pedí disculpas y le aseguré que en adelante pondría más atención. Sólo entonces me preguntó qué era lo que quería decirle, y yo le rogué que aparcara su furgoneta un poco más allá para no entorpecer la entrada del edifico. De nuevo se deshizo violentamente en improperios, como si yo hubiese ido a insultarlo a propósito. «Habiéndolos amado, los amó hasta el final», dice el Evangelio. Así que mantuve la calma y traté de decirle que yo no tenía la más mínima intención de ofenderlo, que sólo quería pedirle un favor... Al final, cuando me di cuenta de que no atendía a razones, me despedí con toda la amabilidad de que fui capaz. Al día siguiente, cuando volvía a casa, la idea de poder encontrarme con él me hizo poner en marcha todos mis recursos para manifestar una actitud de disponibilidad y sin prejuicios. Lo primero que noté fue que, como ya había pasado la hora de cerrar, la tienda estaba efectivamente cerrada... Luego, vi con incredulidad que la furgoneta estaba bien estacionada, tal y como yo le había sugerido, y no entorpecía el paso de la gente. Desde ese día las relaciones se han apaciguado bastante, no sólo conmigo sino con todos los vecinos y también con la administradora, que ahora en las reuniones de vecinos es muy considerada conmigo, por mi manera de resolver los problemas. La ciudad es mía Nada de lo que se hace por amor es pequeño... Incluso recoger del suelo una botella de cristal rota, dejar el baño más limpio de lo que me lo he encontrado para el que venga después se lo encuentre como a mí me habría gustado. El tirón Un día, después de haber dejado a mi hijo en la escuela, entré un momento en la iglesia para hacer una oración breve. En la iglesia no había ninguna ora persona y me senté en el último banco. De pronto entró alguien, se acercó a mí y me quitó el bolso, que tenía encima de las rodillas, y se fue corriendo. ¡Qué pánico me entró! Mi marido está fuera por motivos de trabajo y sin llaves no iba a poder entrar en casa. Además en el bolso llevaba todos mis documentos... En un arrojo instintivo me precipité fuera de la iglesia y vi que el ladrón estaba arrancando su moto para huir. Lo agarré por el brazo y le supliqué que por lo menos me diera las llaves y los documentos... Me arrastró unos metros y al final caí dando vueltas. Una pareja de jóvenes que presenció la escena se acercó para ayudarme. Él, que era médico, se aseguró de que sólo tenía algunas contusiones y luego sentenció al ladrón: «Estos antes o después se mueren todos; el SIDA hace justicia». Estas palabras me dolieron más que los moratones y por eso dije con todo el amor de que fui capaz:?«A mí me parece un pobre desgraciado y quién sabe qué dramáticas situaciones lo han obligado a hacer lo que ha hecho». La rabia del joven que me estaba ayudando desapareció y me dio la razón. Cuando ya me iba, mientras caminaba le daba vueltas al hecho de que sólo el amor puede vencer el mal y el dolor, interrumpiendo la cadena de situaciones negativas. De pronto ahí estaba mi bolso, tirado en el bordillo de la acera. Dentro estaba todo, incluso el dinero. Pequeñas cosas El otro día al salir de gimnasia me crucé justo con el coche de mi marido. Vi la cara que llevaba: todo un poema. Bajó la ventanilla y empezó a contarme, casi echándome la bronca a mí, que había tenido un rifirrafe con uno de los niños antes de ir al cole y que estaba de mal humor. Yo pensaba: “No me eches a mí la bronca”, o “qué habrás hecho tú”, pero traté de ponerme en su lugar y simplemente lo escuché. Después, en misa vi a una señora mayor que conozco que parecía muy afectada. Al salir me acerqué a saludarla y le pregunté qué tal estaba su cuñado, que tenía cáncer. Se había muerto. Fue todo muy seguido, pero me di cuenta de que en cada momento de la vida podemos estar amando. Ayer me llegó por internet una de esas presentaciones de fotos bonitas con un texto que da gracias. Después de verla, me vino a la mente mi suegra, pensé que le iba a gustar y se la mandé. Contestó diciendo que le había gustado mucho... y que a ver si es que le íbamos a pedir algo. En fin, uno hace su parte, pero no podemos esperar nada a cambio. Sin embargo, Dios nunca se deja ganar en generosidad. El otro día fue alucinante. Mi marido llegó con unas viandas que le habían regalado y alguna otra que había comprado él. Total que decidimos compartirlo con Úrsula, la niñera. Apenas se marchó Úrsula, me llamó una amiga para decirme que me traía unos congelados, pues un familiar suyo había cerrado el bar y a ella no le cabía en su congelador todo lo que le había dado. Al volante Cuando voy al volante, procuro combatir la agresividad que aflora en mí y en los demás mentalizándome a dar el primer paso. Es increíble, pero me he dado cuenta de que, cuando lo dejo a un lado y renuncio a mi derecho de precedencia, regularmente en el siguiente cruce el anónimo beneficiario de mi atención hace lo mismo con alguna otra persona... Y si me comporto de manera opuesta, aumenta la agresividad. La lista ¿Quién no tiene su lista? Varios amigos míos la tienen. Consiste en una serie de nombres de personas en dificultades. Uno de estos amigos dice que cada Avemaría de su rosario diario la ofrece por una de esas personas. Un día se cruzan en tu camino o estás continuamente encontrándote con ellas y sabes que necesitan algo más que un gesto o una ayuda o un consejo. Necesidades que no alcanzas a resolver y entonces pasa a engrosar “la lista” de personas por las que rezar. Mi lista refleja variedad de situaciones y problemas: enfermedad, depresión, desavenencias familiares, soledad, separados, inválidos, esquizofrénicos, drogadictos… Todos con nombres y apellidos. Y en cada nombre pongo una clave cuyo significado sólo conocemos Dios y yo: “v” (visitarlo), “ll” (llamarlo), “e” (man- darle un e-mail), “p” (seguir pidiendo por él). Una mañana de gélido invierno, pasando a la altura de una parada, vi que un matrimonio de ancianos acaba de perder el autobús. La escena se me quedó tan prendida que al cabo de unos metros ya no pude continuar: ahí están mis prójimos. Esos ancianos necesitan algo que yo tengo. Y sin pensarlo dos veces di media vuelta y por otra calle, cogí el coche y me detuve delante de la parada del autobús: «Me parece –dije– que llevan la misma dirección que yo; si quieren puedo llevarlos». «¡Ay!, muchas gracias», responden. «¿Adónde van?», les pregunto. «Vamos al hospital (cinco kilómetros), a una revisión». «Estupendo, me viene muy bien y les puedo dejar allí». «Nos está haciendo un gran favor –dice el marido–. Hemos perdido el autobús por un minuto y hubiéramos tenido que aguardar un buen rato hasta el próximo, en esta parada tan desangelada». Esta pareja no estaba en mi lista, pero siempre hay imprevistos.


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