Esta web utiliza 'cookies' propias y de terceros para ofrecerle una mejor experiencia y servicio y poder registrar el proceso de compra. Al navegar o utilizar nuestros servicios el usuario acepta el uso que hacemos de las 'cookies', puedes ver nuestra política de cookies, aquí
Política de cookies +
logorevista

Usuario
Contraseña   
Recordar contraseña
logoIntroduzca su email y recibirá un mensaje de recuperación de su contraseña






                 

Conozca
nuestros
libros
libro

Mirador
Agosto - 2008


EN ESTE NÚMERO


Suscríbase si quiere tener acceso a la descarga de los pdf de todos los artículos.
Regístrese para poder descargarse dos artículos del número actual y tres de números anteriores al mes.

El despertar

Pascual Foresi


Pensamiento de la unidad/1 Reflexiones sobre el “pensamiento filosófico” empezando por su génesis. El “verdadero” saber.

Una definición “clásica” de filosofía podría ser ésta: la ciencia o el saber que, mediante las causas últimas, quiere conocer la realidad total con la razón humana. Voy a tratar de explicar qué es para mí la filosofía, apartándome un poco de esa definición tradicional. ¿Cuándo y cómo nace en nosotros la filosofía? Todos tenemos problemas: personales, familiares, laborales, económicos... Muchas personas estudian o han estudiado filosofía, es decir, se plantean problemas que interesan profundamente a la humanidad, como por ejemplo: “cómo se conoce”, “qué es la palabra”, “la historia”, “la existencia”, etc. Pero ¿se puede decir que esas personas hacen filosofía? Sí, pero sólo en sentido relativo. Esas personas estudian filosofía o reflexionan sobre problemas de carácter filosófico, pero no hacen filosofía. No se hace filosofía por el mero hecho de plantearse ciertos problemas, por importantes que sean, o por mucha repercusión que tengan en el sujeto. Esa aproximación a la filosofía podría ser artificial: cuestiones planteadas de forma académica que quedan fuera de la persona. La verdadera filosofía comienza cuando, en un momento dado de la vida, uno “se despierta” y descubre que existe. A partir de esta sorpresa –según muchos grandes filósofos– nace la filosofía y el verdadero pensar; es decir, a partir del estupor inesperado que uno experimenta ante su existencia, la existencia de los demás y de las cosas que nos rodean. Desde niños nos hemos acostumbrado a ver cosas, a conocer personas y saber que existen; no nos extraña y nos parece obvio. Eso significa que aún no hemos descubierto la profundidad del pensar. La primera sorpresa llega cuando “percibimos” que existimos. Es un descubrimiento que no lo da el razonamiento, sino que sólo viene de algo grande, algo gozoso y doloroso a la vez. Es ese estupor por existir que Maritain llama “intuición metafísica de la existencia”. Y esa experiencia la tienen quien se dice con asombro: existo, soy. En tal situación ya no hablamos de un problema filosófico planteado para ser estudiado, igual que un problema matemático o un enigma. Se trata de “salir” del mundo que vemos y sentimos, en el que estamos inmersos, dándonos cuenta de que más allá de ese mundo, que en cierto modo “interfiere”, se halla nuestra verdadera existencia. Este dato lo percibe nuestra conciencia por encima de todos los problemas extrínsecos, y esa percepción lo cambia todo. Empezamos a ver el mundo con ojos totalmente distintos, pues hemos ido más allá de las simples nociones, de todo lo que habíamos adquirido. Y uno se encuentra solo consigo mismo. Se da cuenta de que antes estaba rodeado por las palabras de mucha gente, por muchos reclamos que nos distraían del verdadero “saber”. Sólo si consigue ir más allá, la persona se abrirá al amor de su existencia y deseará conocerlo en profundidad. Sólo entonces estará en el “amor por la sabiduría”, la filosofía. La filosofía como opción Con esa percepción de la existencia, todo lo que uno sentía antes deja de tener sentido, ya no tiene sabor. Es una situación nueva que envuelve todo nuestro ser, todo nuestro actuar, todo nuestro devenir: ¿qué debo hacer?, ¿adónde ir?, ¿cómo he de comportarme con los demás? Es como un despertar a la existencia, como si antes estuviésemos dormidos entre ruidos que nos sofocaban. Nos acordamos de los problemas que nos planteábamos antes y de las respuestas que nos daban padres, familiares o profesores: “existo porque debo hacer esto”, “existo por esto otro”, “existo en tal sentido”. Y aunque aquellas respuestas fueran verdaderas, ahora vemos un abismo entre la pregunta que se nos plantea con el “descubrimiento” de nuestra existencia y las respuestas que nos habían dado. Esas respuestas podían saciar nuestra mente, pero que no sacian este “dato de hecho” que se nos ha presentado inesperadamente: la percepción de nuestro existir. Nos parecen respuestas huecas que ya no nos dicen nada, entre otras cosas porque no las sentimos nuestras. Sentimos una ruptura entre lo que somos y lo que hasta ese momento hemos conocido. Entramos en la filosofía con este “despertar” que experimentamos en el ser y en el existir. Por lo tanto, la filosofía nace al darnos cuenta de que existimos, al buscar una respuesta clara y límpida a todos los problemas que se nos presentan. En ese momento es cuando uno “elige” la filosofía. Todo esto no es una definición, sino la descripción de una experiencia. Pero es la única forma, creo yo, de dar a entender que la filosofía, más que una materia de estudio, es una determinación de mi existencia. Por lo tanto, lo que caracteriza el pensamiento filosófico no es el elemento discursivo o razonador, sino una percepción profunda de la realidad gracias al descubrimiento de mi existencia. Originariamente, la filosofía no está en el razonamiento ni en la negación de la razón, sino en la relación entre la experiencia y la autoconciencia de existir. El verdadero pensar radica en la unión de ambos elementos, en buscar la relación entre la expresión racional o verbal y el hecho de la existencia. Podríamos leer muchos libros de filosofía, enseñarla durante toda la vida o escribir tratados sobre problemas filosóficos, pero si no hemos logrado salvar la distancia que hay en nosotros entre las respuestas ya dadas y nuestro ser, podremos ser eruditos o repetidores de temas filosóficos, pero no verdaderos filósofos. El riesgo del verdadero pensar La filosofía implica un riesgo: el de perder la tranquilidad. Hacer filosofía como yo digo significa decir: prefiero correr el riesgo y renunciar a la tranquilidad; quiero saber, quiero aclararme, quiero ir más allá. Y eso es un tremendo paso, pues nadie nos ayuda, dado que las respuestas que nos dan parecen prefabricadas, sin valor. La verdadera respuesta tenemos que buscarla en nosotros mismos. Sólo ahora entendemos cuál es el verdadero problema; lo sentimos, aunque aún no consigamos expresarlo, aclararlo, decirlo... Se trata de elegir una “no-paz” en lugar de esa apariencia de paz que nos ofrece el mundo circundante. Y?esto implica modificar todas las relaciones con los demás. Por eso, esta situación tiene un aspecto –yo diría trágico– que consiste en que nadie nos va entender. La sorpresa implica una ruptura con el mundo circundante: sorpresa por el asombro de estar en el mundo sin ser del mundo. Nos apartamos de los demás, estamos solos, desnudos. Tú dices una cosa y los demás entienden otra; ellos dicen algo y tal vez tú entiendes lo contrario. Prácticamente, no recibimos soluciones por parte de los demás, y aun sabiendo que tenemos que encontrarlas junto con ellos, nos sentimos solos, no en el sentido de no tener compañía, sino en la imposibilidad radical, metafísica de “sentirse con alguien”. Es como si viviésemos en otro mundo, como entrar en una caverna con riesgo de no salir nunca. Pero no importa: “que sea lo que sea”, no estaré en paz hasta que decida afrontarme, afrontar el problema de mi existencia y de conocerme a mí mismo. Te sientes en medio de un mar, de un abismo, de un universo oscuro. Acabas de comenzar a caminar y ya no hay marcha atrás. Sólo te queda seguir hacia delante. Ése es el drama de la auténtica forma de filosofar. La percepción del no-ser Si es verdad que la filosofía nace con el “despertar” a la percepción del ser, podemos decir también que nace con la percepción del no-ser. De hecho, esa sorpresa por existir que da origen a la filosofía implica el asombro de que no deberíamos existir. En la sorpresa de existir lo que nos maravilla no es el hecho de existir, sino que existimos cuando no deberíamos existir, pues si existiésemos teniendo que existir ya no tendría sentido la sorpresa. Por la misma sorpresa de existir te das cuenta de que podrías no existir. En el fondo, es eso lo que te permite darte cuenta de que eres y de que te sorprendes. En otras palabras: te das cuenta de que existes pero que no eres el ser. En este sentido la filosofía nace de la percepción del no-ser y no de la percepción de la nada, del no existir. O sea, lo que nos impresiona no es la sorpresa de ser, sino la sorpresa de no ser el Ser como tal, el Ser absoluto. Y esta sorpresa nos da la sensación del ser. Los dos filones de la filosofía En ese momento fundamental la filosofía se divide en dos filones. Si el que hace filosofía no tiene miedo de la oscuridad, del problema, de la no-paz, y lo deja todo para buscar la verdad penetrando en esa oscuridad, entonces debe abrirse inmediatamente a otra opción: sentirse con Otro o sentirse sin Alteridad. No hay filosofías que puedan evitar, al menos de forma implícita, uno de esos dos caminos. Es inevitable, ya que en esa opción elemental entre el Ser o la Nada se decide todo. Entramos en un universo ilimitado en el que falta el aire, donde ya no puedes mirar atrás, donde tal vez intuyas la salida, pero pequeñísima y lejana. Pero hay quien siente en esa oscuridad la presencia de unos ojos que lo miran. No los ve con claridad, pero camina en la oscuridad tratando de encontrar la unión entre lo que es, lo que quiere saber, y esa mirada que intuye y no ve. Y se siente seguido por esa mirada, y camina, y se abre a la solución de los problemas con esta, no digo seguridad, pero sí coexistencia radical con el Otro. Otros, en cambio, no sienten esa mirada y caminan solos. La oscuridad se da en ambos casos, pero el resultado es distinto. Por eso las filosofías se distinguen entre las que caminan en la oscuridad sintiéndose miradas por Otro –y queriendo ser guiadas–, y las que caminan en la oscuridad sin que importe esa mirada, o sin notarla. Y así surgen la filosofía atea y la filosofía que podríamos llamar “de” Dios. Recordemos que una filosofía puede ser atea incluso queriendo ser cristiana, y una filosofía puede ser “de” Dios aunque no sea cristiana, ya que una filosofía es o no es “de” Dios no porque use etiquetas cristianas, sino porque en el centro del pensamiento, de la existencia como pensamiento, siente esa mirada y la acepta, o prescinde de ella. O uno siente que es nada y con sencillez percibe el todo, o siente que es nada pero (quizás por la falta de una verdadera sencillez) no le importa y se encierra en esa nada. Pensar “entre dos” Cuando me doy cuenta de que existo y no debería existir, y por tanto me sorprendo de que existo, entonces siento que debe haber una justificación a mi existencia. Si consigo dejarme invadir por ese asombro (se trata de luz y generosidad), me doy cuenta de que existo porque existe la Existencia, es decir Otro que es la existencia en absoluto. Hablando cristianamente: Dios existe. Yo nací de esa Existencia y participo de ella. No podría dar ninguna explicación de mi existencia ni de la sorpresa de existir, ni de la angustia que deriva de ella, si no hubiese Alguien, Otro, que pone en mí tanto la existencia como la percepción de ella y la sorpresa de la no-existencia. A estas alturas, el pensar ya no es solitario; se convierte en una relación personal con Otro, con un Ser cercano y profundamente dentro de mí. Me veo como el punto de llegada de un rayo que parte de un sol: y en ese punto en el que me siento tan limitado (¡un punto!) y angustiado, advierto la presencia de esa Existencia por excelencia que me ha dado la posibilidad de experimentar la existencia y el estupor por la existencia. Entonces, todo mi pensar, todo mi mundo tiene sentido en la medida en que, siendo consciente de ese Ser personal que se encuentra fuera y dentro de mí, me abro a la comunión con él. En esa relación personal con el Otro, con Dios, me doy cuenta de que tengo que pensar siempre “entre dos”: soy yo en mi relación con Dios, yo y mi relación con Dios, yo con mi relación con Dios, quien empieza a pensar de forma filosófica en la realidad de la cosas y empieza a descubrirlas. El descubrimiento de los demás En este contexto, el estupor por descubrir a los demás es bonito y produce alegría aun en el estado de limitación, tanto mío como de los demás. Me doy cuenta de que todo ha sido dado, y ese don son los demás y todo lo que existe: todo lo que existe del pasado, lo que existe en el presente y lo que existirá en un futuro. El Otro-Dios se me presenta, y en él me presenta todo como gozosa experiencia de la existencia, aun en el dolor y la angustia ligados a la existencia. Por eso mismo no puedo dejar de abrirme a los demás, lo que significa amarlos, apreciar su existencia, saber que su existencia, como la mía, tiene una justificación de amor. El hecho es que he descubierto a Alguien que me ama, y precisamente porque soy amado, amo las realidades que se me presentan. Sin duda, son limitadas e imperfectas, igual que yo (con los errores y la imperfección que el límite implica), pero más allá del límite, dentro de la tosquedad que recubre a todo hombre, hay una pepita de oro que he de aceptar y poner de relieve. Según todo esto, hacer filosofía se convierte en diálogo con los demás, en el diálogo con el Otro: pensar junto a los demás, dialogar con sus pensamientos, es un motivo ineludible para quien acepta al Otro, Dios como realidad de amor en la que queda explicada mi existencia y la existencia de todos los demás. El cristianismo ha revelado al pensamiento esta realidad grandiosa: Dios es Amor. Y eso es lo que dará a mi estupor el sello de la alegría. No conseguiré realizar enseguida una síntesis absoluta, pero iré enriqueciéndome de toda la realidad de los demás, caminaré ya hacia una síntesis que iré construyendo como sentido de mi existir en la comunión con el Otro y con los demás. Se trata de una síntesis que no llegará a ser completa, repito, pues no puedo conocer a los demás, porque no puedo tener la alegría de dejarme impresionar por la sorpresa de todos y del mundo entero. Pero podré empezar ya a intentar cumplir esa síntesis, con mi búsqueda continua y con una alegría continua, sabiendo que ya existe en Dios, en ese sol del que parten todos los rayos. Así pues, pensar no sólo significa estar a solas con Dios, sino sentirse al mismo tiempo en comunión con todos los seres del universo. Me veo de golpe dentro de una familia en la que todos tienen algo que dar; ellos son una palabra y yo también soy una palabra: una palabra existente, sustancial. De modo que me hallo en una gozosa y dolorosa compañía, pues siempre llevaré dentro, y los demás también, esa experiencia brusca que viví cuando me di cuenta de que existía pero que no era la existencia. Ese brusco despertar que yo y los demás experimentamos será motivo continuo de dolor y de fricción, pero es un dolor que, si lo aceptamos y superamos, me llevará a descubrir esa pepita de oro que es la presencia verdadera de Dios en cada uno. Mi forma de pensar se transforma así en “pensar con”: el diálogo se vuelve mi forma de pensar. Y diálogo significa que el otro me dona su pensamiento y yo le dono el mío, en reciprocidad; y en ese intercambio mutuo nos movemos en una realidad cada vez más plena y más completa. En el diálogo está la riqueza de mi pensamiento. Es ahí donde mi mirada se abre por fin hacia la meta que me ofrece Dios en Dios. (Continúa)


Deja aquí tu comentario


Introduce los caracteres que ves en la imagen

Numeros aleatorios Recargar imagen





BUSCADOR
¡¡La búsqueda no ha producido resultados!!
Modos de acceso

De forma gratuita


Acceso a cinco artículos cada mes: dos de la revista del mes en curso y tres de revistas anterior, a su elección
logoIntroduzca los datos para el registro












Suscripción


Recepción de la revista en papel en su domicilio y acceso online a todos los artículos de las revistas

Solicitud de suscripción a la revista Ciudad Nueva


Rellene el siguiente formulario cumplimentando todos los datos solicitados.



Nombre


Apellidos


Dirección


Código Postal


Población




Teléfono de contacto


E-mail



Contraseña



Repita Contraseña



Suscripción anual:
España: 47 €
Otros países: 57 €

Otras suscripciones anuales:
Colaborador: 60 €
España, 5 revistas: 180 €


Forma de pago
Domiciliación bancaria
Giro Postal
Transferencia
Paypal
Pago con tarjeta


Comentario



Acepto los siguientes términos y condiciones: En cumplimiento de lo establecido en el art. 5 de la Ley Orgánica 15/1999, de 13 de diciembre de Protección de Datos de Carácter Personal, procedemos a informarle de que sus datos serán incorporados a un fichero informatizado de datos personales con fines comerciales y promocionales, incluida la publicidad por medios electrónicos que puedan ser de su interés, cuyo responsable es Editorial Ciudad Nueva con domicilio en José Picón, 28 - 28028 Madrid y tiene derecho de acceso, rectificación, cancelación y oposición de los datos que sobre usted figuren en el mismo.


Su solicitud de suscripción ha sido enviada.
Nos pondremos en contacto con usted
Muchas gracias

Enviaremos tres ejemplares a su dirección para que conozca la revista

Conozca la revista Ciudad Nueva


Rellene el siguiente formulario cumplimentando todos los datos solicitados para que podamos enviarle tres ejemplares de la revista a su dirección .



Nombre


Apellidos


Dirección


Código Postal


Población


Provincia


País


Teléfono de contacto


E-mail



Comentario




Recomiende la revista Ciudad Nueva


Rellene el siguiente formulariocon los datos de la persona a la que quiere que le enviemos tres ejemplares de la revista para que la conozca .



Nombre


Apellidos


Dirección


Código Postal


Población


Provincia


País


Teléfono de contacto


E-mail



Comentario








Editorial Ciudad Nueva
C/ José Picón, 28
28028 Madrid (España)
Aviso legal
Mapa de la Web
Política de cookies
@2015 Editorial Ciudad Nueva. Todos los derechos reservados
facebook