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Agosto - 2008


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La “fiebre amarilla”

Ezio Aceti (psicólogo)


Hablemos del tema Los Simpson, la familia más desvencijada y famosa del mundo. Luces y sombras de un fenómeno que gusta a grandes y pequeños.

Mucho se lo han tenido que pensar. Digo: todo un equipo de psicólogos y expertos en ciencias sociales y técnicas de mercado que una gan multinacional reunió para monitorear el comportamiento de la juventud italiana. Buscaban una etiqueta que explicara de manera clara y directa un fenómeno preocupante que tenemos delante de las narices; a saber: la degradación de las relaciones entre padres e hijos. Lo habían estudiado mucho, conocían bien causas y efectos, pero ¿cómo llamarlo? Muy fácil. Al final lo bautizaron: “efecto Homer Simpson”. Y es que nada como ese rostro amarillo, gomoso, abúlico e iconoclasta del padre más famoso de “Cartoonia” resume mejor los nefastos resultados de una relación invertida entre un padre en retirada y su ingobernable prole. Ya no hay respeto, los roles se confunden, las reglas parecen hechas para saltárselas y el haragán de Homer (36 años y un cerebro de crío) podría muy bien ser tomado como modelo de una sociedad que ha celebrado la (presunta) muerte de aquella polvorienta institución que es la autoridad de los padres. Nada mejor que lo que ocurre en casa de los Simpson puede explicar esa peligrosa degradación. Bart, ese hijo hediondo, más travieso que el rabo del diablo, nunca es castigado y llama a su padre por su nombre, como si fuera un compañero de fechorías. Y él, que es un inepto peligrosamente empleado en la central nuclear del lugar, en vez de poner orden en casa se escaquea del trabajo, pierde el tiempo en la salita de casa y pasa perezosamente la jornada cebándose con galletas y tragando cerveza, desparramado en su poltrona y alelado porque se pasa las horas delante de la tele. No es sorprendente que sociólogos y filósofos se hayan trasladado hasta el imaginario pueblo de Springfield para encontrar la confirmación de sus hipótesis. Desde hace veinte años, es decir desde 1987, cuando Matt Groening y James L. Brooks pusieron en onda la primera serie de cortos de un minuto de duración sobre la vida de esta disparatada familia, el mundo se refleja en esa casa de dibujos animados, donde al lado de Bart y Homer viven Marge, la madre protectora, frustrada y guardiana de la moralidad perdida; Lisa, una hija resabida, snob y radicalmente chic que toca el saxo, y Maggie, la hermanita recién nacida que se pasa todo el tiempo con el chupe en la boca. La sociedad en crisis sonríe amargamente mirando la decadencia de los Simpson y se pregunta con terror si esos cinco rostros amarillos son culpables o sólo víctimas de todo lo que no funciona a su alrededor. O sea, a nuestro alrededor. El que los creó, optó por darlos a luz “políticamente incorrectos”, inconformistas porque sí; es decir, exactamente lo contrario de esa imagen débil y algo “buenona” de la familia americana habitualmente retratada en la tele y el cine. De ese modo, sin duda apostó por que la carcajada irreverente y la mueca urticante fueran la porra para arrearle a la hipocresía. El vacío existencial de los Simpson es una de las denuncias más despiadadas de la mediocridad, de los subterfugios y las mediastintas del estilo de vida americano, y en el fondo de todas nuestras costumbres. Los Simpson tienen casa con garaje y jardín; por fuera parece una familia típica, pero por dentro su vida está completamente marchita. Y en la trituradora de los casi cuatrocientos episodios ya producidos acaba cayendo de todo: el negocio mediático, la cultura de masas, el sistema educativo, la democracia representativa, la religión... En una escena de “la película”, Homer toma la Biblia en sus manos y dice: «Este libro no da ninguna respuesta». Al principio, Bart, vándalo y deslenguado, armado con su tirachinas y siempre encima de su skate board, fue señalado como un pésimo ejemplo para los chicos, y las camisetas con su mantra (“Chúpate el calcetín”) fueron eliminadas de las escuelas americanas. Aparte de estos excesos, no hay duda de que atacando instituciones por aquí y desmontando valores por allá, los Simpson hacer reír mostrando, desde la perspectiva de una pequeña ciudad provinciana, la degeneración de toda la sociedad global. Pero al mismo tiempo, poco a poco dosifican la idea del “cuanto peor, mejor”. Es decir, consiguen que sea inevitable la convicción de que se ha acabado el tiempo, que ya no es posible cambiar nada y que la ironía es el último recurso que nos queda. ¡Que se salve quien pueda! En Estados Unidos hay ciento cincuenta ciudades que se llaman Springfield. La de los Simpson es en definitiva la tumba de los idealistas, el lecho de todo proyecto positivo de palingénesis social. Ahí sólo hay políticos corruptos, periodistas vendidos y pésimos docentes: hombres sin cualidades y con menos moralidad; y ninguno va contra la corriente. Aun sin quererlo, al denunciar la ignorancia, los Simpson corren el riesgo de alimentar a nuevos ignorantes. No hace mucho los americanos tuvieron que volver a sentir vergüenza de sí mismos y de sus grandes principios. Resulta que se dieron cuenta de que uno de cada cinco se sabe de memoria los nombres de los miembros de la familia Simpson, pero sólo uno de cada mil recuerda cuáles son las cinco libertades de expresión que garantiza la famosa “primera enmienda” de su constitución. Es paradójico, si pensamos que no hay serie de dibujos animados más rica en citas cultas, referencias a la cultura pop, guiños a los intelectuales, estrellas invitadas, sutiles ecos de la actualidad y complicados juegos de palabras. Son intuiciones y dobles sentidos que sólo algunos llegan a comprender. Y ahí está la genialidad y la gracia, pero también el riesgo que corren los Simpson: una serie de televisión con muchos estratos y muchos planos de lectura, según los conocimientos que cada uno tenga. De hecho es una gozada para quien puede entender toda la trama de gags y ocurrencias; es un pasatiempo agradable, aunque algo oscuro, para quien está culturalmente menos provisto; puede resultar atractivo, e incluso digno de ser imitado, para los pequeños que empiezan a ver los Simpson con los mayores. Éstos, los niños de condición postmoderna y de costumbres consumistas, no saben nada. Por eso, a lo mejor hay que ayudarlos a entender que Bart puede ser simpático, pero fuera de Springfield, en la vida de todos los días, pueden ser mejores que él. El ejemplo y el consejo de los padres será la mejor vacuna contra los efectos no deseados de esta contagiosa “fiebre amarilla”. Homer, Marge, Bart, Lisa y Maggi Por primera vez en la historia, generaciones enteras de todo el mundo crecen compartiendo el mismo universo fantástico y apasionándose por los mismos personajes. El padre, Homer J. Simpson, posee una bonita casa y tiene una familia unida a pesar de todo. Su interés primario se concentra en tres cosas: cerveza, comida y televisión. Muchas veces parece un adulto-niño que se dejar caer en situaciones irresponsables. A pesar de todo, procura agradar a su familia, darle lo mejor, aunque ello le suponga sacrificios increíbles. Inconscientemente Homer es anárquico, revolucionario y subversivo, pues en los hechos siempre logra destruir el orden social. Pero esa subversión se produce gracias a la estupidez, la contradicción y el infantilismo que en él se ocultan y a la vez se manifiestan. Marjorie Bouvier, Marge, es la señora Simpson, símbolo de normalidad y buenos hábitos en el hogar. Representa el sentido común y el amor por la familia, aunque alguna vez se evade y se olvida de su papel, dejando ver que lleva una existencia a la que le faltan sorpresas y gratificaciones y que sólo le reserva una vida a la sombra de una familia a veces prepotente. Bart, el hijo mayor, tiene diez años y va a cuarto de primaria. Tiene un carácter indómito y un espíritu rebelde y su comportamiento transgresor pone a prueba la paciencia de los adultos. Lisa, de ocho años, está en segundo de primaria y es la primera de la clase. Es la mejor dotada de la familia desde el punto de vista intelectual, muy distinta de su hermano, sobre todo porque nada le es indiferente. Por último está la pequeña Maggie, que anda a gatas y siempre lleva chupete. Prácticamente no dice nada, aunque se la nota vigilante con la mirada y con la mente. La familia Simpson no puede prescindir de sí misma porque sabe crear dentro de sí misma el equilibrio y la armonía que la maldad de la realidad circundante no puede ofrecerle. La violencia de los Simpson tiene tanta carga de ironía y autoironía, que ejerce un efecto catártico de repulsa y mofa por la maldad misma. Detrás del odio aparente y detrás de los momentos de rebeldía se esconde un amor eterno, sólido, infinito, pues según Groening, «la familia (y en especial la familia Simpson) es el único lugar, la única institución, la realidad efectiva que puede resolver los problemas y reconstruir el orden en una sociedad dominada por el poder y las contradicciones». De hecho, en todos los episodios, al final es la familia el único refugio en el que es posible el dialogo, el intercambio de opiniones, la democracia, a veces la alegría, el deseo y la serenidad. Maria Rosa Pagliari Los pequeños, no No se trata de unos dibujos animados del tipo Walt Disney ni del clásico producto japonés de personajes míticos robotizados o de hadas. No, aquí nos presentan a una aparente familia americana en la que las características de personalidad de sus miembros se exasperan a propósito para ridiculizar (y muchas veces también justificar) los defectos e incoherencias de los comportamientos retratados. Básicamente, es una alucinación frecuentemente delirante de la situación cómica, en la que la familia hace de contenedor de las exageraciones que mani- fiestan los personajes. Al estilo del Gran Hermano y otras “tomas en directo” que tanto gustan al público, se pone al desnudo la fragiliad y la inconsistencia de esta familia. Y de fondo aparecen algunos valores para demostrar que, en definitiva, los lazos familiares pueden suplir todas las incoherencias. Se pone especial atención en el lenguaje, que es irreverente a propósito, a veces vulgar y con formas que destrozan el lenguaje correcto. Con frecuencia se nota un nihilismo y una desconfianza que, aunque al final resultan vencidos por escenas que ponen de relieve los valores sencillos de la vida, prevalece de todos modos. En cuanto a que los niños y adolescente lo vean, me parece fundamental tener en cuenta que: a) los menores de ocho años no están en condiciones de elaborar los distintos contenidos de esta serie y se corre el riesgo de favorecer procesos de identificación distorsionados; b) los adolescentes pueden verlo junto con sus padres, pues les permite a éstos abrir un diálogo y sobre todo evidenciar la incoherencia lingüística y de comportamiento que hay en algunas escenas respecto a los valores que se quiere cultivar en la familia. En definitiva, no se puede presentar en todos los episodios una serie de errores e incoherencias para luego resolverlo todo con un simple gesto. Decía Aristóteles que, a fuerza de ser coherentes en las pequeñas cosas, se llega a serlo en las grandes. Y ésta es la responsabilidad educativa que tenemos con nuestros hijos.


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