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Julio - 2008


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Creer que es posible

Clare Zanzucchi (Living City)


Experiencias de paternidad Los matices de un amor que hay que valorar y apoyar para preservar el equilibrio de la vida humana.

Soltero y padre de un quinceañero En el curso de los años, varias veces le pedí a la madre de Paul que se casara conmigo. Cuando parecía que todo estaba a punto, compré una casa para que vinieran a vivir ella y nuestro hijo. Pero enseguida nos volvimos a separar. Estaba claro que nunca conseguiríamos construir una familia estable. Mi hijo y su madre siguieron en aquella casa y todo el mundo me decía que se estaba aprovechando de mí; pero yo tenía otra perspectiva de las cosas: aquélla era la casa de Paul y él necesitaba a su madre. Para mí era un enorme sufrimiento que no pudiésemos vivir juntos, como una familia, especialmente en detalles como poder arropar por las noches a mi hijo o desayunar juntos por las mañanas. Pero lo que más me costaba aceptar era el dolor que todo esto podía causarle a él. A medida que Paul crecía, más le afectaba el hecho de que, después de estar juntos, me tuviese que ir de casa, en vez de seguir allí con él. Tuve que aceptar que aquello era una cruz que él debía soportar y que yo no podía hacer nada por quitársela. Hace poco me preguntó sobre la relación que había entre su madre y yo, en especial sobre cómo se quedó embarazada. Le conté cómo nos conocimos y que nuestra relación fue algo tormentosa durante tres años; y que un día ella me dijo que estaba embarazada. «Para mí fue un golpe –le dije–, pero enseguida me di cuenta de que ese hijo sería la cosa más importante de mi vida. Empecé a imaginar cómo sería mi vida contigo y que desde ese momento habías entrado en mi vida para siempre como el don más grande de Dios». Cuando nació Paul, fue bautizado, pero después no volvió a recibir ninguna formación religiosa, pues su madre (que no es católica) y yo no conseguíamos ponernos de acuerdo en cómo debía ser. Mi único consuelo era que Dios tiene todo en sus manos y un día le daría el don de la fe. Es algo que continuamente me ha venido a la mente durante estos años, pues tenía un deseo enorme de compartir mi fe con él. Desde que nació, Paul me ha acompañado siempre a las grandes reuniones de los Focolares; y eso, junto al testimonio personal que siempre he procurado darle con mi vida, incluyendo mis muchos fallos, además de la voluntad de volver a empezar a amar, ha sido su oportunidad de encontrarse con la fe cristiana. Me acompañaba incluso a misa todos los domingos, aunque él siempre se quedaba sentado, algo aburrido, pues no creía en Dios. Yo le hablaba de él siempre que me lo pedía. Hace dos años empezó a decirme con insistencia que quería vivir conmigo. Al principio le respondí que él tenía que estar con su madre, aunque tal vez a los 13 o 14 años a quien necesitaba era a mí. Ésa era también mi voluntad, pero significaba tener que pedirle a su madre que dejara la casa. Primero se negó, pero luego entendió lo que Paul le pedía y no le resultó tan difícil dejar la casa. Además, poco tiempo antes había conocido a un hombre del que se había enamorado. Actualmente están casados, viven en otra ciudad y ella espera un hijo. Y tanto Paul como yo hemos mantenido una buena relación con ella y su marido. Ahora vivo con mi hijo y nuestra relación es buena y sincera. Desde el principio estábamos de acuerdo en todo, menos en la existencia de Dios. Mi hijo es un pensador muy lógico y su asignatura preferida son las matemáticas. Un día, en una revista cultural de los Focolares, leyó un artículo titulado “El concepto matemático del infinito en el pensamiento de Chiara Lubich”. En un primer momento no parecía que le hubiese impresionado, pero luego, en un momento de confidencia y con lágrimas en los ojos, me confesó que le había impresionado mucho esa comprensión del infinito absoluto y la relación que tiene con Dios. «Sé que Cristo sufrió. Él me ha enseñado el camino –dijo–, él se vació, se anuló para generar vida en todos nosotros. Su muerte y resurrección han hecho posible cualquier otra transformación, cualquier cambio». Parecía como si su incredulidad nunca hubiese existido. Yo siempre lo había dejado libre, convencido de que la fe es realmente un don que yo no podía darle. En ese momento sentí el amor personal de Dios por ambos. Después de esto me contó que un año antes le había hecho a su madre la misma pregunta que me había hecho a mí sobre cómo se había quedado embarazada de él. Y su respuesta había sido: «Éramos muy jóvenes, fue todo un error». Y a él le había hecho daño, mucho daño, sentirse como “un error”, aunque no podía negar el amor que había recibido. Y terminó diciendo: «Ahora sé que no soy un error. Dios siempre ha estado ahí, y tiene pensado que yo realice algo grande en mi vida». B. D. (Nuevo Méjico) Ser, no hacer: mi padre y yo Mi padre y yo nunca estuvimos muy cerca. Él nunca entendió todo lo que yo hacía para procurar acortar la distancia entre nosotros dos. Cuando los médicos le diagnosticaron un cáncer, me propuse como nunca resolver esta situación. Quería decirle que lo quería y deseaba oír lo mismo de él. Convencido de que sería así, me fui a Florida, adonde se habían mudado mis padres, y así pude estar con ellos. Pero cuanto más trataba de ayudarlo y hacer cualquier cosa por él, más se apartaba. Me decía: “vete con tu madre”, y eso me hacía cada vez más daño. Un día estaba sentado en la terraza con él y entonces me di cuenta de que no tenía que pensar en hacer cosas por él, sino simplemente acompañarlo y ser una presencia a su lado. Al cabo de un rato me pidió que le fuese a buscar el periódico. Se trataba de un acto de amor minúsculo, pero simplemente el hecho de poder hacerlo me dio mucha alegría. Los siguientes días fueron especialmente armoniosos con él y cada cosa parecía desarrollarse en la paz. Poco después mi padre fue ingresado y estuvo en coma durante unas semanas. Mi mujer y yo íbamos a visitarlo y le hablábamos, convencidos de que de alguna forma él podía oírnos. De repente, haciendo un esfuerzo enorme, se despertó y quiso hablarnos, pero no conseguía explicarse. Le cogí la mano y le susurré: «Sé lo que intentas decirme, pero no debes preocuparte. Cuidaré de mamá». Apenas oyó estas palabras se puso a llorar. Y sin una palabra, sentí todo su amor por mí. Mi padre murió esa misma noche y yo conservo una enorme gratitud en el corazón. L. D. M. (Nueva York)


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