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Julio - 2008


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Qué es orar

Pascual Foresi


Espiritualidad Apuntes para entender esas prácticas que nacen de una sencilla y profunda convicción: Dios me ama y me llama.

Orar no consiste, propiamente, en dedicar algún rato durante el día a la meditación, en leer algún pasaje de la Sagrada Escritura o de textos de santos o en tratar de pensar en Dios o en uno mismo para una renovación interior. Esto no es la esencia de la oración. Como tampoco lo es recitar el rosario o las oraciones de la mañana o de la noche. Una persona puede hacer estas cosas durante todo el día y no haber orado ni un minuto. Para que la oración sea verdadera exige ante todo una relación con Jesús: ir con el espíritu más allá de nuestra condición humana, de nuestras ocupaciones, de nuestras oraciones –que son bellas y necesarias– y establecer una relación íntima y personal con Él. Es indispensable que hagamos el extraordinario descubrimiento de que Jesús nos ama y nos llama. En el fondo ¿qué es la «vocación»? En el encuentro de Jesús con el joven rico se describe claramente en su forma más bella. Dice el Evangelio de Marcos: «Jesús, fijando en él su mirada, lo amó y le dijo: anda, cuanto tienes véndelo... ven y sígueme» (10, 21). Jesús nos mira así a cada uno de nosotros y nos ama, y nosotros sentimos ese amor suyo y podemos decidirnos a seguirlo. La vida de oración consiste, en esencia, en mantener una relación filial y fraterna con Jesús todo el día, todos los días. La oración es relacionarnos con Él y escuchar en silencio lo que nos dice. La forma sustancial Esta relación entre Jesús y nosotros se instaura si somos capaces de hacer «la elección de Dios», que consiste en ponerlo a Él en el primer lugar de toda nuestra existencia, en todas nuestras acciones. Entonces las oraciones pueden convertirse en «oración», en la forma sustancial de oración, ya que en ella se expresa profundamente el ser humano en su relación con Jesús. Puede haber muchos modos. Un tipo de «oración mental» es la meditación, que se hace siguiendo distintos métodos. Uno de los más sencillos es la lectura lenta y meditativa de la Sagrada Escritura o de escritos de santos. Pero por encima del método que se utilice, la meditación debe ser una ocasión para encontrar un momento de quietud, de tranquilidad con Jesús. Puede suceder que durante ese rato se nos vengan a la mente preocupaciones. En ese caso se lo confiamos a Jesús diciéndole: «Ocúpate tú, yo no puedo hacer nada, sólo puedo hablar contigo de ello». Y a ésta podríamos llamarla «oración de petición». Pero en esencia, aunque sea «de petición», la oración es siempre de abandono: incluso cuando pedimos algo, nos abandonamos a lo que Jesús quiere. Si hay experiencias dolorosas en nuestra vida o en la de las personas que queremos, se lo decimos a Él con toda tranquilidad, porque sabemos que nos ama y ama a todas las personas mucho más que nosotros. Ciertamente la oración más bella es cuando uno sabe que Jesús conoce nuestros problemas, nuestras dificultades, lo que necesitamos –dice el Evangelio: «vuestro Padre sabe lo que necesitáis» (Mt 6, 8)–, y se abandona y habla con Jesús en un estado de donación, de total entrega, de alegría por el encuentro que podemos tener con Él. Es un decir a Jesús –y en Él a la Santísima Trinidad–: «Tú sabes todos los problemas que tengo, conoces mis miserias, mi poca fe, mis faltas, los dolores y dificultades que encuentro en la vida; ahora quiero estar contigo y contemplarte». Volver a casa Es el momento en el cual salimos de toda realidad contingente, que nos agota y nos hace sufrir, para estar en contacto con Él, para encontrarlo a Él, para vivir en nuestra casa. En efecto, la casa de cada uno de nosotros es la Trinidad, el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo y, en ellos, María y todos los santos. Y nosotros, que vivimos inmersos en un mundo que nos parece real, pero que es aparente, volvemos por fin a casa, a nuestro verdadero mundo, el mundo de la Trinidad. La oración es el momento más bello de nuestra vida terrena porque en ese momento vivimos junto al Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y con María, de modo consciente. Esta contemplación no quiere decir evadirnos de la vida concreta, sino que es la verdadera vida, por la cual podemos afrontar cristianamente la realidad concreta de todos los días con sus reveses, sus tribulaciones, el cansancio físico o nervioso, con todos los problemas, que puedo y sé afrontar precisamente porque por fin he vivido durante un rato, durante la media hora de meditación, mi verdadera vida: el diálogo con Jesús. Silencio interior En este encuentro Él me habla; y a menudo es difícil saberlo escuchar porque estamos aturdidos por el ruido de las cosas de todos los días, que intentan infiltrarse incluso en este rato dedicado a la contemplación. Pero tenemos que acostumbrarnos a escucharlo, porque Él nos habla siempre. No se trata de hacer silencio exterior, sino de tener silencio interior, es decir, de dominar (en la medida de nuestra condición humana) todas nuestras pasiones (no sólo en el sentido negativo del término), todas nuestras inquietudes, todas las presiones psicológicas internas: es ir más allá de todo esto para escuchar a Jesús que nos habla. Su voz es de lo más sutil. Hace falta un silencio interior auténtico para captarla (y la meditación nos ofrece la ocasión de hacer silencio exterior, que es símbolo del silencio interior necesario para escuchar a Jesús). Él nos dice siempre cosas fundamentales. Cuando estamos turbados o preocupados por los problemas de la vida, nos dice: «No temáis, soy yo» (Mc 6, 50; Mt 14, 27; Jn 6, 20). Nos dice: «Ánimo, yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). Nos dice: «Yo estoy con vosotros» (Mt 28, 20). Jesús se presenta a sí mismo como modelo, presenta su vida como modelo para la nuestra. Una vida con muchos logros humanos, milagros, pero concluida con un aparente fracaso total en la cruz. Los romanos ni siquiera sabían quién era; de entre sus correligionarios los israelitas, unos creían que era Elías u otro profeta... Y cuando nosotros le decimos: «Jesús, me ha salido mal esto, me va mal lo otro», Él nos responde: «Yo he gritado “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34; Mt 27, 46). Ésta es la meta que te presento. De lo demás me ocupo yo; no importa el éxito o el fracaso, lo que importa es que te mantengas en relación conmigo». Éstos son sólo ejemplos de lo que el Señor nos dice para llevarnos más allá de las cosas cotidianas de nuestra existencia, para hacer que vivamos en el mundo eterno. Y a veces también hace milagros en este coloquio que podemos tener con Él. A propósito de esto, ¿quién no recuerda el episodio de la mujer que perdía sangre y estaba en medio de una muchedumbre que no le dejaba llegar hasta Jesús para pedirle que la curase? Esta mujer pensaba: «Si al menos pudiese tocar el borde de su manto, me curaría». Se adelanta y consigue tocarlo con fe, con amor, y queda curada. Y Jesús siente que ha salido de Él una fuerza y les dice a los apóstoles: «¿Quién me ha tocado?». Los apóstoles le responden: «Señor, estás viendo cómo la gente te oprime y preguntas: “¿quién me ha tocado?” (cf. Mc 5, 25-31). Muchos le habían «rezado», pero sólo ella había encontrado el modo de hablarle, había encontrado la «oración», y Jesús había sentido que salía una fuerza de Él por aquella oración humilde, silenciosa, llena de fe y de abandono. La oración que nos transforma Si oramos con una fe así, los demás nos verán serenos, con una paz que va más allá de los sufrimientos, aunque suframos como todas las personas de este mundo. Y sentirán alegría de estar con nosotros –una alegría que Jesús dice que el mundo no sabe dar– porque llevamos en el corazón un pedacito del Cielo en el que hemos vivido durante el rato de oración. Todo el mundo está sediento de Dios, y si nosotros no conseguimos saciarlos es porque sólo les damos palabras nuestras, que «hablan» de Dios; cuando lo que el mundo necesita es Dios, aunque sea sin nuestras palabras y sin que hablemos de Él. Esto lo conseguimos si al escuchar la llamada de Jesús permanecemos en un continuo coloquio con Él. Actualmente se desprecia a veces la «oración vocal» porque se cree que es más importante la «mental». Sin embargo, lo que importa es la relación con Dios, que puedo alcanzar tanto en la oración mental como en la vocal, o en las jaculatorias, el rosario y todas las formas de piedad más populares y sencillas. Demasiado sencillas para nuestra soberbia, pero que en realidad son todas ocasiones de entrar en contacto con Dios. Por supuesto, esta relación no nace en la oración si no nace en la vida. Es decir, no se puede «orar» si no se tiene una vida completamente asentada en Dios. La realidad más bella Si tenemos esta relación auténtica con Jesús, la oración se convierte en la cosa más bonita y viva de la jornada. Se convierte para nosotros en una fuente de agua viva, como dice Jesús: «el que crea en mí... de su seno correrán ríos de agua viva» (Jn 7, 38). Nuestra actitud debe ser de paz radical y total: tenemos que alcanzar esa plenitud humana que sólo Dios nos puede dar y que irradia paz y serenidad a nuestro alrededor. Por eso –repito– la oración es el momento más bello del día, porque es el único momento en el que volvemos a casa, en que salimos lentamente del mundo que nos rodea –aunque sigamos inmersos en el mundo–; es el momento en el que hablamos con Jesús y tenemos relación con Él. Un hablar que no está hecho de palabras, como Él dice: «Cuando oréis, no digáis muchas palabras» (Mt 6, 7). Es una relación de amor profundo, de petición profunda, de abandono profundo en el Padre, a través del Hijo, en el Espíritu Santo, con la ayuda de María, que –igual que en las bodas de Caná– habla en nuestro lugar cuando nosotros no sabemos hacerlo. Ésta es nuestra verdadera vida. Hemos sido llamados a vivir en el seno del Padre. Nuestra verdadera llamada es seguir a Jesús y vivir en esta familia divina. La oración no es otra cosa que hablar en casa, en nuestra verdadera casa. Así pretende ser y debe llegar a ser nuestra oración. Y lo será con seguridad si vivimos en nuestra vida totalmente para Dios.


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