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Julio - 2008


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Natalia, la primera después de Chiara

Catalina Ruiz


En la aventura de la unidad La primera que siguió a la fundadora de los Focolares ha sido también la primera en alcanzarla en la otra vida. Su papel en la difusión del ideal de la unidad al otro lado del Telón de Acero y en el diálogo interreligioso fue determinante.

Eran tiempos de guerra en Trento. Natalia, reunida con otras chicas en la sala Massaia, está escuchado las palabras nuevas de un ideal “que ninguna bomba puede derrumbar”. Quizás no se daba cuenta de la enorme repercusión que tendrían esas palabras. «Fijar la mirada en el único Padre de muchos hijos –decía Chiara– y ver a todas las criaturas como hijos del único Padre. Ir con el pensamiento y el afecto más allá de los límites que impone la naturaleza humana y tender constantemente, y por convicción, a la fraternidad universal en un solo Padre, Dios». Son palabras sacadas de aquel pequeño tratado que alguien definió como “inocuo”. ¡Quién sabe! El caso es que fue esa “mirada” la que guió sus pasos durante los años que vivió tras el Telón de Acero; y más tarde la guiaría por el camino del diálogo interreligioso, que empezó en los Focolares de forma oficial el año 1977. Natalia tenía 19 años cuando se cruzó en su camino una joven de 23, Chiara Lubich. Fue en Trento, en junio de 1943. Por motivos de trabajo comercial de su padre, su familia se había mudado desde Fornace, el pueblecito de montaña donde había nacido. La adolescencia fue tranquila hasta que su padre murió a causa de una grave enfermedad, con tan sólo 47 años. Ella y su hermano mayor tuvieron que ponerse a trabajar, aunque seguían yendo al colegio, pues tenían tres hermanas más pequeñas. En casa no faltó nunca lo necesario, pero ella sufría mucho por la ausencia de su padre, a quien siempre se había sentido muy unida. Lo recordaba como un tipo «alegre, vivaz, amante de la vida y del trabajo», y con una particular predilección por esta hija tan serena, a la que le gustaba la música y la pintura. Natalia atravesaba un momento crítico de su vida. El sufrimiento había purificado su corazón y le había dilatado el alma. De hecho, Chiara encontró en ella un cáliz vacío que acogió sin reservas las primeras intuiciones del carisma de la unidad. Y esa capacidad suya de escuchar sería lo que más tarde animó a Chiara a confiarle el aspecto de la oración y de la vida espiritual de todo el Movimiento. Natalia misma cuenta que «un día, acercándome al sacramento de la confesión, el sacerdote me propuso participar en una jornada de retiro espiritual. Venga –me dijo–, vendrá una joven a hablar. Esa joven, Chiara, habló del amor. “Hay muchas cosas hermosas en la vida –empezó diciendo–: las flores, las estrellas, los niños… pero lo más hermoso de todo es el amor”. Describió el amor materno, el paterno, el filial, el de los esposos; y continuó diciendo: “y si el amor es lo más hermoso que existe en la tierra, ¿cómo será Dios, que lo creó?”». La idea de un Dios que, además de bondad y misericordia, también es belleza, sació su sed de “cosas bellas”. Y desde ese momento no quiso perder de vista a aquella joven. Las circunstancias provocaron el inicio del primer focolar. La casa de Chiara quedó gravemente dañada tras el bombardeo del 13 de mayo de 1944. Su familia se refugió en las montañas pero ella se quedó en la ciudad. En septiembre de ese mismo año encontró un pequeño apartamento en el número 2 de Piazza Cappuccini, y Natalia estaba con ella; fue la primera que compartió la aventura de la nueva vida. Al otro lado Desde entonces, Natalia estuvo junto a Chiara. Compartió el dolor íntimo por una obra que aún se estaba gestando, aunque también compartió la alegría por la difusión de la pequeña semilla que iba germinando por encima de cualquier expectativa y en los lugares más insospechados. Era una humilde semilla que allí donde caía parecía llegar al corazón de la gente. Pero había un límite que parecía imposible sobrepasar. Era el del Telón de Acero, en plena guerra fría, que dividía Europa en dos y también el mundo entero. En aquellos años Chiara visitó varias veces Berlín occidental. En 1960, en la sala de un edificio de Cáritas, habló ante unas doscientas personas sobre el misterioso grito de Cristo (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”). Había sacerdotes, familias, seminaristas y jóvenes de distintas localidades de la RDA, y se habían reunido tomando mil precauciones. En ese grito se reflejaba la Iglesia del silencio; y para ponerse al servicio de estos cristianos, la fundadora de los Focolares abrió un focolar en Berlín occidental, con el fin de mantener las relaciones con las personas de la RDA. Esa delicada tarea se la encomendó a Natalia. Así recordaba ésta aquel periodo en 1991, después de la caída del muro, cuando por fin se podía hablar: «Venía a visitarnos gente del Este continuamente. Había un enorme ir y venir por la casa, además no podían avisarnos y llegaban siempre de forma inesperada. No eran nunca grupos numerosos, como es lógico, pues hubiese supuesto un peligro». El 13 de agosto de 1961 la situación política empeoró y el muro entre las dos mitades de Berlín, hasta entonces invisible, se hizo real, de piedra, impidiendo la fuga hacia el Oeste, hacia la libertad. Pero hubo quien, extrañamente, solicitó ir al Este. No era gente pobre o unos ilusos que buscaban una sociedad sin clases. Eran dos médicos italianos, un cirujano y un anestesista, Enzo Fondi y Giseppe Santanché, que eran focolarinos y tenían trabajo en un hospital de Leipzig. Y un poco más tarde, el día de Reyes del 62, llegaron la doctora Margreth Frish y su asistente Elisabeth, que solicitaron poder abrir un ambulatorio en esta ciudad. Las acompañaba una amiga que se iba a ocupar de… de la casa. Era Natalia. La Stasi La doctora y la asistente, al ser alemanas, no encontraron muchos obstáculos burocráticos, pero no tuvo la misma suerte la italiana, que tuvo que pasar dos semanas en un centro de retención de presos de Berlín. Natalia se había impuesto el lema “Mi prudencia es el amor hacia todos” y pronto se ganó el respeto de todos e incluso la estima de los carceleros. «Me hice amiga de mucha gente –cuenta–, sobre todo de una mujer joven que estaba embarazada. Recuerdo que al verla bastante débil, me ofrecí para sustituirla en la limpieza. Al cabo de diez días me dejaron marchar». Cuando salió del centro, también esa mujer fue al ambulatorio. Allí dio a luz a su pequeña, pero tras el parto enfermó de leucemia y murió. Natalia y las demás se encargaron del bebé, que no tenía a nadie. Y durante unos años vivió con ellas en el focolar, hasta que se la encomendaron a una familia. Fue el asunto de Mercedes (mejor dicho, del padre de Mercedes, que estaba en la cárcel por motivos políticos) lo que indujo a la policía a interrogar de nuevo a Natalia. Leamos el informe de aquel interrogatorio: «La persona más importante que me han presentado es una mujer llamada Natalia. Todo el grupo la trata con enorme respeto. Es muy inteligente y se comporta de forma muy educada. (…) Entró en la RDA de manera muy original. Llegó con la doctora Frisch, vive con ella y vino con la excusa de ser una empleada del servicio, pero no es así. Prácticamente es responsable del focolar femenino y tal vez incluso de toda la RDA y Checoslovaquia, teniendo en cuenta que la Lubich fundó todo el movimiento de los Focolares». El ambulatorio «se había transformado –dice Natalia– en un centro de amor». Y desde allí, lenta pero inexorablemente, la pequeña semilla voló hacia el resto de los países del Este. Fijar la mirada En el año 1976 Natalia volvió a Roma, al Centro del Movimiento. Su salud se había debilitado, pues ciertas emociones y ciertas presiones hacen mella. Pero al cabo de sólo un año ya estaba en activo. El Movimiento iniciaba el diálogo con las grandes religiones, y el hecho determinante es bien conocido: el premio Templeton por el progreso de las religiones, otorgado a Chiara en Londres en 1977. «Cuando volvió a Rocca di Papa –recuerda Natalia–, Chiara se reunió con algunos colaboradores para sacar conclusiones y ver qué hacer concretamente. Como primera medida, era necesario poner en marcha un pequeño centro, una oficina para recoger todas las noticias de los contactos existentes con personas de otras religiones, que llegaban cada día de todo el mundo. Y Chiara me encargó a mí dicho cometido. Tan sólo me dijo: “¡Ámalos!”». Y así, durante treinta años, Natalia fue fiel al encargo. El pasado 1 de abril Christina Lee y Stella Chiu, sus colaboradoras, fueron a verla para presentarle el programa del simposio cristiano-budista que se estaba preparando para el 27-30 de abril. Natalia, como siempre, las escuchó con enorme afecto. «Nos atendió con mucho interés –recuerda Christina–, y nos ofreció bombones». A las nueve de la noche de ese mismo día Natalia pasó a la otra vida rodeada por Graziella De Luca, Doriana Zamboni, Aletta Salizzoni y Valeria Ronchetti, sus queridas amigas de los primeros años y con las cuales vivía. Y entonces se acordaron de que Natalia les había confesado que, mientras la salud de Chiara se agravaba, le había pedido a Jesús que no se la llevara antes que a ella «para evitarle ese pesar». Y fue escuchada. MENSAJES DE ADHESIÓN Desde Tokio: «Natalia trabajó para realizar el ideal del amor y de la unidad. No me es fácil aceptar ahora tener que decirle “hasta la vista” a nuestra queridísima Natalia. Me la imagino con Chiara, rezando y charlando juntas. Ahora nosotros seguiremos trabajando, junto a todos los del Movimiento de los Focolares, por la realización de nuestros ideales comunes» (Nichiko Niwano, presidente de Rissho Kosei-kai). Desde Jerusalén: «Podríamos repetir, tanto de Chiara como de Natalia, las mismas palabras que usó David en el segundo libro de Samuel, 1, 23: “Personas amables y encantadoras que no han estado separadas ni en la vida ni en la muerte”. Entre Natalia y yo había un lazo muy profundo. Custodiaré para siempre su espíritu amable y noble como si fuese un tesoro. Con profundo amor por todos vosotros» (Rabino David Rosen). Desde la India: «La noticia de la partida de Natalia de esta tierra, para unirse a Chiara en Dios, nos ha hecho pensar profundamente en sus misteriosos caminos. Recordamos con especial respeto la visita de Natalia a nuestro instituto y su forma silenciosa, pero enormemente eficaz, de conducir nuestras reuniones de diálogo» (Shantilal Somaiya, Kala Acharya y Lalita Namjoshi, del Instituto Somaiya Bharatya). Desde Macedonia: «¡Gracias por haber tenido siempre tu mano tendida! Te lo ruego, dime si ha sido Chiara la que te ha buscado tan pronto. Como estabas siempre tan cerca de ella, te ha atraído. Creo que habéis sido envueltas por el gran amor de Dios. Recuerdo la humildad con que nos ofrecías tu amor en nuestros encuentros. Hemos acogido plenamente tu invitación: que todos sean uno. La voz de Dios por medio de ti ha sido la llamada de amor y confianza por la que los musulmanes nos sentimos honrados de poder caminar hacia un mundo unido. ¡Bendito sea tu amor!» (Azir Semani, en nombre de los amigos musulmanes de Macedonia).


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