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Julio - 2015


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La sonrisa de Frère Roger

Miguel Galván


Hace diez años moría Roger Schutz, fundador de la Comunidad de Taizé, la «pequeña primavera».



De niño, Roger Schutz sentía debilidad por su abuela Marie-Louise. Así se lo confesó en cierta ocasión a Juan Pablo II: «Puedo decirle que, siguiendo los pasos de mi abuela, encontré mi identidad cristiana, reconciliando dentro de mí la corriente de fe de mis orígenes evangélicos con la fe de la Iglesia Católica, sin romper la comunión con nadie».

Y es que la abuela tenía un particular sueño que no se cansaba de repetir a su nieto: la unidad de los cristianos. Había vivido los horrores de la guerra y estaba convencida de que la reconciliación de los cristianos sería la única posibilidad de evitar nuevos desastres en Europa. Por eso, aunque era protestante, iba a las iglesias católicas, y no porque pensara en convertirse, sino por poner en práctica su sueño.

En su juventud, Roger pudo empaparse de teología y música. Le gustaba escribir, pero ese no era su camino. En cambio, poco a poco fue entendiendo que quería realizar el sueño de su abuela, o sea, fundar una comunidad en la que poder vivir la reconciliación entre fieles de distintas denominaciones. Así que a los 25 años se montó en su bicicleta para recorrer Francia en busca de un lugar donde realizar ese sueño. Y a golpe de pedal llegó a un pueblecito sobre una colina, muy cerca del lugar que en la Edad Media había sido un faro para la cristiandad: la abadía de Cluny. El pueblo se llama Taizé.

Una mujer lo invitó a comer: «Quédese aquí. Estamos tan solos».

Estas palabras fueron como un fogonazo para el joven Roger, que intuyó que Jesús mismo se lo pedía: ¡quédate aquí! No se lo pensó dos veces. Encontró una casa en venta. Era la semilla de la comunidad de Taizé.

Corría el año 1940, en plena Segunda Guerra Mundial. Roger se dedicó a auxiliar a los más necesitados, es decir, a los judíos que intentaban esconderse o huir. Algunas personas se unieron a él. Al terminar la guerra, en 1945, le pidieron que se ocupara de los huérfanos, y Roger llamó a su hermana Geneviève para que le echase una mano. También atendían a prisioneros de guerra alemanes de un campo de concentración cercano. Poco a poco se les unieron otros jóvenes y el Domingo de Resurrección de 1949, los miembros de la pequeña comunidad optaron por el celibato y una sencilla vida comunitaria. Cuando el hermano Roger y su pequeño grupo fueron a ver a Juan XXIII, este exclamó: «¡Ah, Taizé, esa pequeña primavera!».

Taizé se desarrolló. Allí acudían muchos jóvenes y se convirtió en lugar de oración y música, un baluarte del ecumenismo. Durante la preparación del Concilio Vaticano II, allí se albergaron durante tres días obispos católicos y pastores protestantes. Era la primera vez que ocurría algo así desde los tiempos de la Reforma en el siglo XVI. El hermano Roger era el alma de todo. Su mirada y su sonrisa reflejaban su secreto. «El hermano Roger era un inocente –escribe el hermano François–, no en el sentido de que no tuviera culpas, sino inocente como quien ve las cosas con una evidencia y una inmediatez que los demás no tienen. Para un inocente la verdad es evidente; no depende de razonamientos. Él la “ve”».

Veía la posibilidad de la unidad y la reconciliación por encima de la mezquindad de los hombres y de las elucubraciones teológicas. Muchas gente quedaba fascinada por Taizé porque transmitía confianza y concedía una posibilidad a la misericordia. Como

afirma Paul Ricoeur, el hermano Roger quería «liberar el fondo de bondad de los hombres, buscándola allí donde está totalmente sepultada».

Hace diez años, el 16 de agosto de 2005, una mujer con problemas mentales lo mató con un cuchillo durante la oración vespertina. Pero la luz del hermano Roger continúa, así como esa mirada inocente suya que lee los corazones y su sonrisa. Y continúa también su «pequeña primavera», que sigue floreciendo.



buscándola allí donde está totalmente sepultada.

A lo largo de 2015 la Comunidad de Taizé conmemora tres aniversarios: el centenario del nacimiento del hermano Roger Schutz, que vio la luz el 12 de mayo de 1915 en Provence (Suiza), el 75 aniversario de la fundación de la comunidad, pues fue en agosto de 1940 cuando llegó a Taizé, y el décimo de su muerte, acaecida el 16 de agosto de 2005.

A lo largo de su vida Roger Schutz recibió muchas distinciones, entre las cuales el Premio Templeton (1974), el Premio UNESCO de Educación por la Paz (1988) y el Premio Carlomagno de Aquisgrán (1989), y doctorados honoris causa por la Universidad de Varsovia (1986) y la Universidad de Lovaina (1990).

Más información en www.taize.fr/es


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