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Julio - 2015


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La persona, principal capital de la humanidad

Francesc Brunés


La centralidad de la persona en el proceso de desarrollo y su inalienable dignidad.



PPor razones profesionales a menudo me he  humanos nacen libres e iguales en visto hablando de la importancia capital de los recursos humanos en cualquier empresa. Mucha gente tiende a pensar que las inversiones, la tecnología y las instalaciones son los activos principales de una empresa. Muy al contrario, el principal capital son las personas.

Esta idea también la considero válida para el conjunto de la humanidad. Podría esgrimir muchos argumentos a favor de esta tesis, pero hay uno que creo fundamental: la persona está dotada de una dignidad que no posee ningún otro ser vivo y, por descontado, ninguna otra cosa por valiosa que esta sea.

La dignidad es ese factor que compartimos todos los seres humanos, y defenderlo universalmente, para todo el mundo y sin discriminaciones, es el motor del verdadero desarrollo. Es significativo que el artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclame: «Todos los seres

dignidad y derechos. Están dotados de razón y de conciencia y han de comportarse fraternalmente los unos con los otros».

EL FILÓSOFO GRIEGO Aristóteles manifestó en el siglo IV antes de Cristo que «la dignidad no consiste en nuestros honores, sino en reconocer que merecemos aquello que tenemos». Posteriormente, el cristianismo fundamenta la dignidad en que la persona está creada a imagen y semejanza de Dios. Esto la desvincula de cualquier dependencia externa y la universaliza a la totalidad del género humano, sin distinción de ningún tipo. En el siglo XVIII, Immanuel Kant presenta al ser humano con una dignidad y un valor absoluto que no pueden ser sustituidos por ningún otro valor. En este sentido escribió: «La paz mundial perpetua nace de la dignidad humana».

Los horrores de las guerras y la barbarie de los sistemas totalitarios, especialmente durante el siglo XX, tuvieron un gran peso para incluir la dignidad humana como referencia principal para el reconocimiento de los derechos. En esta línea, el filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas llega a decir: «La dignidad humana configura el portal a través del cual el sustrato igualitario y universalista de la moral se traslada al ámbito del derecho», hasta el punto de que «la idea de dignidad humana es el eje conceptual que conecta la moral del respeto igualitario de toda persona con el derecho positivo y el proceso de legislación democrático, de tal manera que su interacción puede ser el origen de un orden político fundamentado en los derechos humanos».

Un gran valor que debemos custodiar y proteger entre todos. Así lo hace notar el misionero catalán Vicente Ferrer cuando afirma que «es tarea de todo hombre convertir en dignidad la crueldad y la injusticia». También la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), especialmente en épocas recientes, hace continuos llamamientos al reconocimiento jurídico de los derechos humanos. En una intervención en el Parlamento Europeo el 25 de noviembre de 2014, el Papa Francisco manifestaba que «promover la dignidad de la persona humana quiere decir reconocer que tiene derechos inalienables que nadie le puede quitar arbitrariamente y, aún menos, por intereses económicos».

PARECE URGENTE, pues, además de capital, poner de relieve más que nunca que, independientemente de nuestra condición social, capacidad intelectual, sexo, origen o color de la piel, las personas compartimos un valor: la dignidad. Una fuente de energía que brilla siempre. Incluso cuando alguien degrada o humilla a otro ser humano, aun atenuándosele, no se le apaga jamás. Es una fuerza interior de la persona que nos mantiene en pie a pesar de las adversidades. Respetar esta fuente de energía que compartimos es básico para generar una convivencia pacífica.

La violencia de género, los sin techo, la explotación laboral, las desigualdades... son agresiones contra la dignidad humana. Quizás es difícil explicar con palabras el concepto de dignidad humana, pero sí podemos señalar las condiciones necesarias para evitar que sea atacada: respeto, tolerancia, comprensión, paciencia... Nadie tiene derecho a considerar indigna a otra persona. Todo el mundo, incluso los que consideran que la han perdido, tiene su propia dignidad. En estos casos extremos, sólo queda una posibilidad: darles la mano y ayudarlos a levantarse.

ES POSIBLE que la dignidad y los derechos humanos nunca hayan sido vulnerados de forma tan sistemática como actualmente. La situación económica y moral que vivimos ayuda muy poco al objetivo de que los derechos humanos sean respetados de forma estructural. De hecho, algunos autores declaran que lo más universal de la Declaración de los Derechos Humanos es su negación. Son necesarias pues voces claras y potentes que impulsen la reconstrucción de esta degradación.

Precisamente esto es lo que hace la DSI cuando insiste en la necesidad de buscar un fundamento de los derechos que los independice del consenso político. Es cierto, sin embargo, que las dificultades para superar las diversidades culturales ponen más difícil la universalización de los derechos fundamentales. Son muy relevantes en este sentido las aportaciones de Raimon Panikkar quien, buscando analogías existenciales funcionales, aporta elementos interesantes para el diálogo intercultural en un mundo secularizado y plural, donde la ley natural –con una adecuada y humana perspectiva– puede ser una forma interesante de encontrar las bases prepolíticas que unan a los pueblos. Panikkar trata de sentar las bases que permitan reconocer la dignidad y los derechos humanos en cualquier época y situación.

Todos tenemos acciones de ese capital humano que es la dignidad y no podemos permitir que sea un valor que se siga cotizando a la baja.             




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