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Julio - 2008


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Abrán, el pionero

Miguel Galván


Un mismo origen Las grandes religiones han irrumpido en el escenario político mundial. Parece como si Dios fuera un estandarte que hay que defender en lugar de un puente entre los seres humanos.

Nuestra historia empezó con el viaje del pastor Abrán. Sí, porque a su clan pertenecemos de una u otra forma todos los que estamos en esta parte del globo: judíos, cristianos y musulmanes de las más variadas denominaciones y herejías. Abrán, hijo de un tal Téraj, vivía en Ur de los Caldeos, una localidad que hoy se encuentra en Irak. O sea, este muchacho despierto y emprendedor hoy habría sido iraquí. Poseían piaras y rebaños y vivían en las benévolas orillas del río Éufrates, a la sombra de unos imponentes zigurats. En un momento dado de la historia –estamos en el año 2000 a. C. más o menos– esta familia “ampliada”, como solía ser entonces, se puso en marcha hacia la tierra de Canaán. ¿Para qué? Probablemente en busca de pastos, o quizás por motivos políticos. Y aquel grupo de hombres, mujeres y animales se detuvo a mitad de camino en la alta Mesopotamia, en una localidad llamada Jarán, que hoy está en Siria. Allí fue donde le ocurrió a Abrán un hecho extraordinario. Nadie sabe lo que ocurrió con precisión, pero seguramente el pastor de Ur tuvo una profunda experiencia de Dios, un encuentro personal con el Eterno que la Biblia condensa en palabras lapidarias: «El Señor dijo a Abrán: “Vete de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré”». Es decir, para llamarlo a una experiencia nueva, Dios le pide que cambie de país y deje a un lado sus costumbres. La Biblia se refiere a Abrán con el término “hebreo”, Abrán el hebreo, y es el primer hombre denominado con este término, que significa “el que está al otro lado”. De hecho, Abrán está al otro lado de todo lo que le es familiar: abandona la seguridad de su tierra para ponerse en camino hacia un destino desconocido, y abandona la idolatría, común entre su gente, para seguir al único Dios. Es un verdadero pionero. Abrán, su familia, sus esclavos, sus piaras y sus rebaños (¡desde luego no era un pobretón!) se pusieron en camino hacia el país donde vivían los cananeos. Dos palabra sobre Saray, su mujer. Dice la Biblia que era “una mujer hermosa”, tanto que, cuando Abrán se halla en territorio extranjero, al menos en dos ocasiones le pide a Saray que diga que es su hermana, y hasta se la entrega temporalmente como mujer al rey del lugar con el fin de salvar su vida. Más o menos razonó de esta forma: si digo que es mi mujer, con tal de poseerla me matarán, porque es muy hermosa. La maniobra de Abrán no le gustó a Dios: el truquito (que luego repetirá su hijo Isaac con Rebeca) se descubre y la familia se recompone. Aunque el comportamiento de Abrán en estas circunstancias no parece de lo más edificante, no podemos juzgarlo con nuestros parámetros morales, sino que hay que situarlo en su época. A lo largo de la historia, Dios se ha ido revelando a hombres de su tiempo, con sus limitaciones personales y las limitaciones debidas a la cultura del momento. Se ha revelado a personas imperfectas, que no a ángeles, cuyo mérito ha sido querer seguirlo a pesar del pesado fardo de su propia humanidad. Por eso, a veces los personajes bíblicos resultan desconcertantes... y otras veces simpáticos. Otro hecho importante de Saray, que la hace semejante a otras mujeres de la Biblia: era estéril. Y esto es un misterio, porque Dios había prometido una gran descendencia, y con esto parece contradecirse. El Talmud lo explica, es más, deslumbra, con esta respuesta: «Los constructores de casas están rodeados de hijos». En otras palabras: las mujeres que tienen la función de fundar el pueblo elegido han de tener claro que Israel es una obra de Dios, no una obra humana. Las mujeres normalmente fecundas no aparecen en las páginas más significativas de la Biblia. A las fundadoras Dios les concede la maternidad con cuentagotas: las hace sufrir y luego se la concede. Para las mujeres de la época, ser estéril era una gran vergüenza. Y Saray, para evitar semejante humillación, recurre a los trucos de la época. Le pide a Abrán que se una a su esclava Agar para que ésta conciba y así ella pueda tener descendencia a través de la esclava. Así nació Ismael, que es un personaje muy importante en la tradición árabe e islámica. Un punto espinoso: Dios había prometido una tierra, sólo que en ella ya vivían otras gentes. Y el hecho no es secundario, pues a lo largo de la historia ha tenido consecuencia trágicas. Todavía hoy lo estamos viendo. Parecería que los conflictos entre árabes y judíos tuvieron su origen en aquellos tiempos. Ahora bien, sin detenernos en la complejidad del asunto, desde el punto de vista religioso es interesante señalar que Dios le promete a Abrán una tierra y se la concede. Pero esa tierra no es para él en exclusiva, sino que la tiene que compartir con otros. Lo mismo ocurre con todos los dones de Dios, que no los otorga para beneficio exclusivo de quien los recibe, sino para que sean compartidos con los demás. Abrán y su clan se topan con estas primeras dificultades cuando empiezan a echar raíces en tierras de Canaán. Y resuelven el problema mediante alianzas y escaramuzas con la gente del lugar, gracias a sabios compromisos y también comprando honestamente terreno. En definitiva, la historia de Abrán están punteada de encuentros fulgurantes con el Dios vivo. Esos encuentros son los hitos de un pacto entre Dios y el hombre de Ur, una alianza entre el cielo y la tierra. Fueron encuentros tan determinantes que transformaron al pastor Abrán en un hombre nuevo. Y esa novedad la reconoce Dios mismo y le cambia el nombre: «Ya no te llamarás Abrán, sino que tu nombre será Abrahán, pues te he constituido padre de muchedumbre de pueblos». También la experiencia de Dios que hace Saray queda simbolizada con su cambio de nombre: «A Saray, tu mujer, ya no la llamarás Saray, sino que su nombre será Sara. Yo la bendeciré y de ella te daré también un hijo. La bendeciré y se convertirá en naciones...» Cuando parece que todo está perdido, sucede lo imposible; y sucede de la manera más improbable, como todas las manifestaciones de Dios. Abrahán y Sara ya eran viejecillos. Él «estaba sentado a la entrada de su tienda en lo más caluroso del día». A lo mejor estaba medio dormido, haciendo la digestión. Ella estaba dentro de la tienda;?probablemente descansaba o lavaba los cacharros. Llegaron tres desconocidos y Abrahán, que ya estaba acostumbrado a las manifestaciones divinas, enseguida intuyó que se trataba de mensajeros del Eterno y «se postró a tierra» como gesto de saludo. Les pidió que se acomodaran a la sombra de un árbol y les llevó agua fresca. Luego comieron, y el menú era el de las fiestas: tortas, carne de ternera, cuajada y leche fresca. Luego se pusieron a hablar, al mismo tiempo que tomaban vino seguramente, bajo el increíble cielo azul de Palestina que se iba punteando de estrellas. Durante la conversación le anunciaron a Abrahán que al año siguiente iba a tener un hijo de Sara. Ésta, curiosa como era, estaba escuchando detrás de la cortina, y cuando oyó semejante despropósito seguro que pensó que habían bebido demasiado, y se rió. Pero no a carcajadas, sino interiormente: «Ahora que estoy pasada, ¿voy a sentir el placer, y además con mi marido viejo?». Los tres extranjeros se dieron cuenta y se lo dijeron. Y ella mintió algo empachada: «No me he reído». Pero al año siguiente, como habían dicho, nació Isaac. Dios había mantenido su promesa. Y no acabaron ahí las sorpresas...


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