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Julio - 2015


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En camino, en diálogo

Iñaki Guerrero


¿Por qué resulta tan difícil dialogar con quienes no piensan como nosotros?



En el intercambio de opiniones sobre temas políticos, éticos o religiosos, nos encontramos con frecuencia con actitudes tremendamente cerradas; las personas se suelen alterar, se salen del tema, discuten todo, muy a menudo sin dar explicaciones muy lógicas y desatendiendo las que se les dan a ellos. No se escuchan entre sí, y no es raro que una discusión de este tipo termine en un fuerte enfrentamiento en el que se puede llegar al insulto, a enfadarse de verdad; a veces pueden hacer que alguien se sienta herido y llegar a distanciar a las personas. Hay grupos de amigos en los que está prohibido hablar de temas políticos o religiosos para evitar disgustos y malos ratos.

Prejuicios

Una vez le oí decir a un profesor de Psicología que la diferencia entre una convicción y un prejuicio es que la primera puede defenderse sin alterarse. En efecto, los prejuicios son pensamientos inconscientes que la persona no cuestiona; necesita defenderlos para no sentirse mal, de modo que será inútil todo argumento que se le dé. Por muy claro y racional que sea el razonamiento, no podrá aceptarlo, y buscará argumentos cogidos incluso por los pelos para intentar defender su posición, aunque para todos sea evidente lo contrario.

En otros casos puede tratarse de una idea con la que la persona se identifica emocionalmente: el reconocerse equivocado puede significar que se hunden sus convicciones, las bases en las que siempre ha apoyado su vida, a las que se ha aferrado irracionalmente para sentirse seguro. Siente que las necesita para mantener un mínimo de serenidad interior, pues esas ideas le sirven para justificar actuaciones personales, familiares, de partido, nacionales, etc. Suele ser en personas con estos prejuicios en las que se dan los fanatismos, los fundamentalismos y las posturas más radicales e intransigentes. En estas categorías entran frecuentemente ideologías políticas o religiosas.

Por supuesto, esto no quiere decir –como afirmaba Freud con respecto a la religión– que las ideas políticas o religiosas sean siempre prejuicios; ¡en absoluto! Pero es importante que la persona sea capaz de madurar los valores recibidos en su infancia para convertirlos en convicciones a través de la reflexión y la experiencia, de manera que pueda entablar un diálogo sereno y abierto, sin miedo de que ningún razonamiento haga tambalear sus convicciones.

Aprender a dialogar

Todo esto nos hace ver lo apremiante que es aprender a dialogar serenamente para evitar los conflictos a todos los niveles. Es cierto que puede haber impulsos egoístas e intereses particulares para mantener los conflictos, pero en mi opinión esas actitudes aparentemente egoístas e interesadas son movidas muchas veces por miedos e inseguridades. Si fuese posible un diálogo abierto y sereno, esos miedos irracionales se disiparían y harían más fácil el entendimiento entre las personas y los colectivos.

Un gran psicólogo humanista, Karl Rogers, proponía un método para dialogar serenamente, sin discutir. Éste consistía en que cuando una persona quería intervenir para argumentar en contra de algo que otra había dicho, antes de dar su idea debía repetir lo dicho por la otra persona y recibir su aprobación, confirmando que efectivamente eso era lo que ella había querido decir; y sólo entonces podía dar su aportación. La constatación fue que cuando se hacía así, las discusiones se serenaban y los acuerdos llegaban mucho más rápido, haciendo que los diálogos fuesen más fructíferos.

¿Por qué sucedía esto? Sencillamente porque este sistema obligaba a cada uno a escuchar con atención los argumentos del otro, y de esa forma llegaba a

comprenderlos correctamente, sin malentendidos o interpretaciones erróneas. Y esto le obligaba a su vez a centrarse en los razonamientos que el otro había dado, evitando divagar o cambiar de tema.

En un bellísimo libro titulado Comunicación no violenta, Marshall B. Rosenberg da pautas para dialogar en todos los ámbitos poniendo de relieve la importancia de la empatía, que consiste en una actitud de acogida plena de la otra persona y en saber ponerse en su lugar, tratando de comprender y de sentir lo que el otro siente.

La actitud del cristiano

Sin ser psicóloga, Chiara Lubich, que recibió en 1999 un doctorado honoris causa en Psicología por la Universidad de Malta, basándose en el principio evangélico del amor y avalado por su experiencia de muchos años poniéndolo en práctica en el diálogo intereclesial, interreligioso, con no creyentes, etc., expresa cuál debe ser la actitud del cristiano en el diálogo, que confirma (y yo añadiría que incluso supera) cualquier modelo psicológico:

–El punto de partida es amar a la persona que tenemos delante, sin excepciones. Hemos de acoger a todos sean quienes sean, incluso a los enemigos reales o potenciales, y dirigirnos a ellos con el respeto y la delicadeza con que nos dirigiríamos a la persona más querida para nosotros, manifestándoles, por tanto, nuestra aceptación y aprecio.

–Esto implica hacer el vacío de nosotros mismos. Hemos de olvidar nuestras ideas y prejuicios para poder escuchar con profundidad a quien tenemos delante.

Escuchar con gran atención sin estar elaborando la respuesta mientras el otro habla. Cuando alguien defiende una idea con ira o con mucha vehemencia, tenga o no razón, necesita sentirse profundamente escuchado, comprendido y acogido; sólo así podrá aceptar otras posibilidades.

–El amor debe llevarnos a hacernos uno. Eso significa que hemos de tratar de sentir lo que el otro siente –llorar con él, reír con él, como diría san Pablo–, tenemos que ponernos en el lugar del otro, esforzarnos por ver las cosas desde su punto de vista, desde su experiencia.

–No sentirnos atacados. Presuponer la buena voluntad en los demás, aunque no

resulte evidente; mirarlo con misericordia tratando de entender el porqué de una actitud que puede no ser justa.

–Una vez que hemos escuchado a fondo y que la otra persona se ha sentido comprendida y acogida, decir lo que pensamos pero estando muy atentos para no herir al otro, poniéndonos en su lugar para poder entender cómo recibirá las palabras que yo le diga. No hemos de olvidar que, al igual que yo, el otro tiene sus prejuicios y sus pensamientos inconscientes, que pueden dispararse si mi forma de expresarme no es la adecuada, dificultando así que me escuche y me entienda.

Si las dos partes actúan así, sin ninguna duda el diálogo será muy fructífero y no resultará difícil llegar a un acuerdo.

La meta del diálogo

El fin del diálogo es llegar a un entendimiento entre las personas, a un acuerdo que nos permita colaborar en la acción y sentirnos unidos; es decir, la meta es la armonía social en todos los ámbitos, el amor universal entre todas las personas.

Es evidente que para llegar a ser una persona empática, con talante abierto, respetuoso, flexible y dialogante, el mejor método es intentarlo ya desde ahora en mi entorno. Para conseguirlo tendré que desactivar mis prejuicios y pensamientos inconscientes llevando a la práctica los puntos que hemos expuesto, sin desanimarme por los fracasos.



Decálogo para el diálogo

1. Tener una actitud de aceptación y de acogida plena ha- cia la otra persona. Mirarlo con benevolencia.

2. Presuponer la buena voluntad en el otro. No juzgarlo.

3. Tratar de ponerse en el lugar del otro, procurando enten- der cómo se siente y por qué.

4. Escuchar con gran atención e interés, haciendo que sien- ta que lo comprendemos, asintiendo, haciendo comen- tarios, preguntando.

5. Evitar pensar en la respuesta mientras la otra persona habla.

6. Hacer el vacío en nuestro interior, controlando los pensa- mientos inconscientes y los prejuicios.

7. Evitar sentirnos heridos si la otra persona se dirige a nosotros con acusaciones o descalificaciones; procurar más bien entender qué es lo que lo mueve a manifestarse así.

8. Al dar mis opiniones, empezar poniendo de relieve todo lo positivo que he visto en la exposición del otro.

9. Evitar divagar en aspectos no esenciales.

10. Hablar serenamente, con un lenguaje no hiriente, tenien- do en cuenta que también el otro tiene pensamientos negativos y prejuicios.


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