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Junio - 2015


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Por qué volví a Siria

Redacción web


Ghada, focolarina libanesa árabe-cristiana, lleva toda su vida dedicada a su gente de Oriente Próximo. Desde hace un año y medio ha vuelto a Siria.



Mirada limpia, sonrisa dulce y cierto aire de tristeza que se acentúa cuando habla de los trágicos acontecimientos en el país que se ha convertido en su patria por propia decisión. 

 
–Ghada, ¿qué te ha hecho volver a Siria?
–A los veinte años dejé a mi familia y mi patria por seguir a Dios. En septiembre de 2013, cuando decidí volver a Siria, tenía el mismo entusiasmo. No me asustaba la idea de que podría morir. Me atraía mucho más el deseo de vivir al lado de las personas que había ido conociendo; quería que sintieran que no se les había abandonado. Me impulsó el deseo de compartir su vida, sus temores, su precario modo de vivir cotidiano. Aquí las bombas estallan cuando menos te lo esperas.
 
–¿No suenan antes las alarmas para poder ponerse a cubierto?
–No hay sirenas que anuncien los ataques ni te puede fiar de una estrategia que te indique cuándo y dónde caerán las bombas. Por otro lado, llevamos ya cinco años de guerra y no podemos seguir atrincherados siempre. Puedes pararte un día, un mes, pero luego, aunque truenen los morteros, la vida debe continuar. Los niños van a la escuela y sus padres a trabajar para mantener la familia. Todo sigue adelante en medio de la precariedad y el riesgo más completo. Viví el mismo drama cuando la guerra en Líbano, pero aquí todo es peor, más difícil. Se respira terror y violencia en cada rincón.
 
–Ya habías vivido en Siria anteriormente. ¿Qué cambios has notado?
–Cuando estaba en Líbano, viajaba a Alepo, a Homs y a Damasco porque había muchas personas que deseaban mantenerse en contacto con los Focolares. Dada la sensibilidad del pueblo sirio, resultaba fácil estrechar vínculos significativos. No obstante la pluralidad de las Iglesias y ritos, propia de esta región, había y hay una gran armonía entre todos. En 1994 me mudé Alepo junto con otras dos focolarinas. Estuve allí 9 años. Eran tiempos de prosperidad en Siria. El país no tenía deuda pública y el PIB iba en constante incremento. De noche las mujeres podíamos salir sin miedo. Ahora es una auténtica catástrofe. Y lo peor es la falta de perspectiva de que esta guerra acabe.
He vuelto para decir, junto con los demás focolarinos que hay en Siria, que no los hemos olvidado, que Jesús nos ha hecho una única familia y por eso queremos correr sus mismos riesgos. Nosotros, como todos, también vamos al trabajo, a la iglesia o al mercado sin saber si volveremos a casa. Estamos allí por el amor que nos une, y la comunidad sabe que estamos dispuestos a dar la vida por ellos. Y ellos también están dispuestos a darla por nosotros. Esta reciprocidad es de verdad excepcional. Compiten para que nos sintamos bien y compartir con nosotros lo que tienen.
 
–Las focolarinas estáis en Damasco, una ciudad fascinante, rica en arte e historia, una famosa meta turística. ¿Cómo se vive hoy allí?
–En la ciudad, y también en los pueblos, cada día retas a la muerte. A menudo no hay transporte por la falta de gasoil. Sabes cuándo sales de casa pero no cuándo vuelves. Faltan la electricidad y el agua durante horas. Hay un continuo éxodo de personas que dejan el país; una emigración que no está exenta de enormes riesgos. Se calcula que ha superado los seis millones de personas. 
La religiosidad es muy fuerte. El Viernes Santo, aun conscientes de que las bombas podían estallar en cualquier momento, los cristianos hicieron el vía crucis por la calle y llevaron también a los niños. Recientemente unos adolescentes que conocemos hablaron por Skype con un grupo de coetáneos portugueses que querían mandar ayuda. Preguntaban qué era lo que más precisaban y estos, aun teniendo necesidad de muchas cosas materiales, decían: «Rezad por nosotros, rezad por la paz, para que termine esta espiral de odio».
–La decisión de quedarse en Siria es una opción valiente…
–No nos sentimos héroes. Tampoco estamos aquí a título personal. Antes de venir pude saludar al papa Francisco y sus palabras de aliento contenían todo el amor de la Iglesia que se acerca a este pueblo tan martirizado. Sentimos el apoyo y el amor de todo el Movimiento de los Focolares en el mundo. Nos hace falta este amor para seguir teniendo esperanza, impotentes como estamos ante el dominio de los intereses económicos y el mercado internacional de armas. Nuestra misión es compartir los dolores cotidianos de la gente. Celebramos los cumpleaños y aniversarios, tenemos momentos de distensión con adultos y niños para tratar de aliviar el estrés. Organizamos momentos de espiritualidad; rezamos juntos por la paz. En Navidad nuestros jóvenes organizaron un concierto al que asistieron 300 personas, entre ellas algunos amigos musulmanes. Recientemente tuvimos una boda. En esa familia habían muerto dos hijos y a causa del luto, la chica no podía salir de su casa vestida de novia; así que salió del focolar. 
Procuramos integrarnos en las iniciativas de la Iglesia local y con otras expresiones eclesiales. Ayudamos a aliviar el sufrimiento y las privaciones de la gente manteniendo la esperanza hasta que llegue la paz.



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