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Junio - 2008


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Santidad para todos

Jaime Garzón


Hablando de… Moral

Llevo mucho tiempo con el sufrimiento de no tener una vocación: ni la consagración religiosa, ni el matrimonio. ¿Tengo que considerarme una cristiana de serie B, o también estoy llamada a la santidad? ¿Dónde está mi sitio en la pastoral de la Iglesia? G. N. R. Intuyo, por lo maduro e hilvanado de su pregunta, que me encuentro ante una mujer todavía joven y preocupada por su compromiso cristiano. Puedo anticipar que la respuesta estará llena de consuelo y esperanza. En la constitución dogmática sobre la Iglesia, los padres del Concilio Vaticano II incluyeron un capítulo, el quinto, sobre la “vocación universal a la santidad en la Iglesia”. La Iglesia nos enseña que por el hecho mismo de ser cristiano, cualquiera que sea nuestra edad, condición o estado, estamos llamados a la plenitud de la vida cristiana, que consiste en la perfección de la caridad, y por ello invitados a promover en la sociedad un tenor de vida que sea más conforme, en justicia y solidaridad, con la dignidad del hombre. Por tanto, cada hombre y cada mujer, según sus dones y deberes, ha de avanzar por el camino de una fe viva, que aviva la esperanza y obra por medio de la caridad. También sabrá que, para vivir este plan de Dios, a usted se le ha hecho partícipe de los sacramentos de Cristo: bautismo, confirmación, penitencia y sobre todo la eucaristía, fuente y vértice de todos los sacramentos, síntesis completa de la oración, de la vida y de la misión de la Iglesia. Por tanto es usted cristiana a título pleno, está llamada a una vida santa y como tal es miembro e hija de la Iglesia. Todos debemos sentirnos cristianos de seria A, porque Cristo murió por cada uno de nosotros, resucitó y nos dio su Espíritu de verdad y de amor. Con el misterio pascual, Jesús le asegura a cada persona dos cosas básicas: que es infinitamente amada y que puede amar sin límites. Santa Teresa de Lisieux, un año antes de morir, aunque en una situación espiritual ciertamente diferente a la de usted, tuvo una crisis que le provocó gran sufrimiento: aun siendo religiosa, reflexionaba sobre el cuerpo místico de la Iglesia y no se reconocía en ninguno de los miembros que san Pablo había descrito. O mejor, quería reconocerse en todos. Recobró la paz y descubrió su vocación cuando comprendió, ciertamente por gracia de Dios, que el Amor comprende todas las vocaciones, que lo es todo, que en todo tiempo y lugar abraza a todos. En suma, que el Amor es eterno. Entonces, extasiada y con gran alegría, exclamó: «Por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el Amor (...) En el corazón de la Iglesia, que para mí es madre (...) yo seré el Amor (...) Así seré todo y mi sueño se habrá realizado». Siga usted con sus deberes cotidianos, dondequiera que se encuentre: en la familia, en el trabajo, en la parroquia, y vea a Jesús en cada prójimo. Sírvalo y ámelo. Entonces, gradualmente, se irá sintiendo realizada como cristiana e hija de la Iglesia. Se dará cuenta de que esta forma de vivir es el camino mejor para discernir otras llamadas que Dios quiera manifestarle; al matrimonio, o a la vida consagrada, o en cualquier movimiento o asociación de voluntariado, que hoy son tan numerosos en la Iglesia y en la sociedad. ¿Acaso no dijo Jesús: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él» (Jn 14,21)? Cuando sienta que una llamada particular ha madurado dentro de usted, entonces podrá confirmarla con el sacerdote que la acompaña, o con los responsables de la asociación en la que usted haya querido comprometerse. Quizás la Iglesia, en su pastoral vocacional, debería tener en cuenta la existencia de personas que, por diversos motivos, transitan por vías distintas a las dos o tres principales que se indican siempre; y sobre todo no debería dejar de decir lo que san Pablo enseñaba: «Aspirad a los carismas superiores. Y aún os voy a mostrar un camino más excelente». Y aquí canta el himno a la caridad de Cristo, como la expresión más necesaria y grande que nunca fenecerá en la vida cristiana: «Si no tengo caridad, nada soy; si no tengo caridad, nada me aprovecha». Y concluye con esta exhortación: «Buscad la caridad» (Cf. 1 Co 12, 31; 14,1).


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