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Cultura de la Unidad
Mayo - 2015


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Derribar prejuicios

N. C.


Valor a la hora de proponer una visión distinta de la relación entre cristianos y musulmanes.

Los días de los atentados terroristas de París y de la enésima matanza en Nigeria estaba de paso en una ciudad que no es la mía. El domingo asistí a misa en una parroquia en la que nunca había estado. En mitad de la homilía sentí una desazón enorme cuando oí al párroco decir que, a diferencia de los cristianos, los musulmanes no pueden dejar de imponer su fe, pues son fundamentalistas por motivos… «coránicos». Temía que quienes estaban escuchando esa homilía difundieran su error.

Es cierto que en ningún momento pronunció la fórmula: musulmán es igual a terrorista, pero esos días en que aún estábamos bajo los efectos de los atentados, con los medios de comunicación haciendo simplificaciones que para nada se acercan a la verdad, lo último que hacía falta era echar más leña al fuego. Además, sus palabras no hacían referencia alguna a los comunicados de los líderes religiosos y civiles musulmanes, de los fieles musulmanes, de los encuentros interreligiosos que, con claridad y en repetidas ocasiones, habían expresado que esa fórmula es peligrosa, aparte de inaceptable histórica y culturalmente.

Dentro de mí comencé a hablar con Jesús: «¿Cómo puedo amar a este sacerdote? ¿Debo esperar a que acabe la homilía y rogarte que quienes están escuchando anden completamente distraídos de manera que esas palabras no siembren más cerrazón ni división? ¿Quieres que, no obstante mi timidez, me levante y diga desde el banco que lo que acaba de decir un ministro tuyo no es cierto? ¿Cómo puedo ser ahora constructor de paz?». Pedí ayuda al Espíritu Santo. Entre las soluciones que se me cruzan por la cabeza, incluida la tentación de dejar pasar el incidente, me pareció que Él me estaba recordando la relación personal que se debe establecer con un hermano cuando se equivoca. Así que decidí hablar con el sacerdote cuando acabase la misa.
Al pasar ante el altar, hice una breve oración para que el «consejero» me sugiriera las palabras oportunas y el sacerdote se diera cuenta de que mi única intención era la de ser, junto con él, constructores de paz. Lo busqué en la sacristía y, tras presentarme, traté de explicarle lo que conozco del islam, sobre todo la experiencia de auténtico diálogo que, dentro del Movimiento de los Focolares, he tenido con fieles musulmanes. Había vivido durante un año en un país de Oriente Próximo y podía contar episodios que echan por tierra la opinión unilateral que los medios de comunicación suelen dar sobre el mundo árabe: ellos, los malos y terroristas; nosotros, los buenos. Hablamos durante más de diez minutos, pero él tenía otros compromisos y tuvimos que despedirnos. Se lo encomendé al Corazón de Jesús, y también sus feligreses.

Al día siguiente me encontré al mismo sacerdote celebrando misa en una capilla. Al acabar, me hizo un gesto para que lo esperase. Me invitó a la reunión que esa misma tarde tenían los jóvenes de su parroquia. Se me vino a la mente el título de una película: Cuando naces… ya no puedes esconderte, así que ¿cómo iba a decir que no? Unas horas después estábamos con unos quince jóvenes y se entabló un diálogo con muchos frentes: diferentes posiciones sobre lo ocurrido, miedo, las causas de las guerras, el poder de los medios de comunicación, la libertad de expresión, los valores europeos, la inmigración…
El párroco me dio la palabra. Precisamente, unos días antes una amiga mía que vive en Siria había venido a verme. Les dije lo que ella me había contado sobre cómo es su vida bajo las bombas. Argumentos nuevos y más amplios de los que suscita mirar las cosas desde nuestro punto de vista, a menudo tan estrecho, hicieron que se plantearan muchos interrogantes: «¿Podemos hacer algo nosotros?». «Vivir el Evangelio en serio, vernos sobre todo como seres humanos y hermanos, practicar la cultura del encuentro y no la de la indiferencia, que genera discriminaciones y guetos, buscar una información más cercana a la realidad…». Se hizo tarde y la reunión tenía que acabar. Fuera de la sala aún me quedé un rato con algunos que querían saber más. Hablamos del diálogo interreligioso y sus frutos, de la unidad en la diversidad… Les conté la experiencia de un monje budista que, gracias a la atención concreta que le dispensaron sus amigos cristianos, vio el Evangelio vivido y ahora tiene un conocimiento distinto del cristianismo, que comparte con otros budistas.
Por la atención que me prestaban, noté que era la primera vez que veían la posibilidad de un diálogo auténtico, basado en la escucha y estima recíproca, capaz de derribar prejuicios y falsedades. No se trata de sincretismo, sino de un camino que nos permite encontrar lo que nos une y conocer las semillas del Verbo que hay en todas las culturas. Este descubrimiento abre un modo nuevo de ver las cosas.




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