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Mayo - 2015


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Una fraternidad libre y gratuita

Francesc Brunés


Seguimos desgranando conceptos interrelacionados que se enmarcan en el pensamiento social.

Seguimos desgranando conceptos interrelacionados que se enmarcan en el pensamiento social. En mi artículo anterior proponía el siglo XXI como el de la fraternidad.
Reflexionemos un poco más sobre ello. Las leyes y las normas ayudan a regular la convivencia, debatiéndose continuamente en la dicotomía seguridad-libertad. Cuando se produce un hecho que sacude la convivencia, a veces con violencia, se cuestiona más que nunca la necesidad de regular la libertad. ¿Pero acaso el ser humano no ha nacido libre? ¿Por qué es necesario coartar ese rasgo constitutivo de la naturaleza humana? Probablemente, desde que Caín mató a su hermano Abel se esfumaron las dudas sobre la necesidad de que el derecho positivo eche una mano al derecho natural.

No obstante todo el conjunto de normas que desde la antigua Roma hasta nuestros días han ido configurando las legislaciones de pueblos y países, los conflictos y las dificultades de convivencia no han desaparecido. En el fondo, el ser humano continúa haciendo uso de su libertad y, al margen de lo que disponga el artículo tal del código que sea, una persona es libre tanto de dedicar su vida al servicio de los demás como de empuñar un arma y disparar contra sus conciudadanos, o incluso contra él mismo. La libertad es esa piedra preciosa de la naturaleza humana que puede llevar a la persona a realizar las acciones más sublimes o a cometer los actos más execrables.
Ahora bien, la libertad nunca es absoluta; siempre tiene condicionantes internos y externos. Algunos los señaló el filósofo y teólogo luterano Paul Tillich, a caballo entre los siglos XIX y XX: «las comunidades a las que pertenezco, el paisaje que recuerdo y el que no recuerdo, el medio ambiente que me ha modelado y el mundo que me ha configurado». Admitiendo, pues, condicionantes intrínsecos de la libertad, esta se experimenta y realiza a través de un proceso de deliberación, decisión y responsabilidad. Todo ser humano realiza su opción fundamental de vida, decide qué tipo de persona quiere ser. Cada cual da una respuesta distinta a su tendencia natural a la felicidad.

Solo desde la libertad puede alcanzarse la fraternidad. No son las leyes las que pueden imponer o regular la fraternidad, vía boletín oficial. Desde la óptica cristiana, la libertad va unida a la fraternidad, en el sentido de que comporta el desprendimiento de uno mismo y la búsqueda del bien del otro. San Pablo dice en su primera carta a los Corintios: «Todo está permitido, pero no todo edifica. Que nadie busque su propio interés, sino el de los demás» (1 Co 10, 23). En un sentido parecido, en 2013, el papa Francisco dijo en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium: «El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que nace del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de los placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se cierra en los propios intereses, ya no queda espacio para los demás, ya no pueden entrar los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza de la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien» (EG 2).

La libertad es la que puede llevar al ser humano a optar por la gratuidad para alcanzar la fraternidad. Solo cuando las relaciones están basadas en la gratuidad es posible la construcción de un orden social justo y respetuoso de la dignidad de toda persona. La gratuidad es el elemento imprescindible para librarnos de falsos ídolos, superar el individualismo y construir un mundo más humano.
La gratuidad es una exigencia que se deriva de la necesaria interdependencia que existe entre los seres humanos, una respuesta a la reciprocidad que configura toda existencia. En estos momentos, ya en pleno siglo XXI, es muy urgente recuperar el valor de la gratuidad, dado que la fractura social aumenta y las desigualdades son cada vez mayores. La gratuidad no es, pues, una virtud, sino la actitud que configura una determinada manera de ejercer la libertad.

¿Pero quién osa hablar de gratuidad en un mundo en el que predomina la lógica del cálculo? La gratuidad es el fundamento de un orden social justo, mientras que el cálculo nos ha llevado a situaciones como la crisis actual en la que no se han conjugado adecuadamente lo individual y lo social. En palabras del profesor Stefano Zamagni, «se ha producido una escisión entre finanzas y producción, eficiencia y ética, libertad y bien común»1. De hecho, se ha puesto de relieve que no es suficiente dar para tener (concepción liberal-individualista) ni tampoco dar por obligación (visión socialista).
Comentando la encíclica Caritas in Veritate del papa emérito Benedicto XVI, el mismo profesor Zamagni dice: «El mensaje que nos deja Caritas in Veritate es concebir la gratuidad (y por tanto la fraternidad) como la clave de la condición humana, y el hecho de ejercer la donación, como un presupuesto indispensable para que el Estado y el mercado puedan funcionar con la mirada puesta en el bien común. Si no se practica el dar con amplitud suficiente, podremos llegar a tener un mercado eficiente y un Estado con autoridad (incluso justo), pero no ayudaremos a las personas a hacer realidad la alegría de vivir. Porque la eficiencia y la justicia, incluso cuando van juntas, no son suficientes para asegurar la felicidad de las personas».2

Esta reflexión posiblemente nos sugiera preguntas difíciles a las cuales debemos buscar nuestra respuesta. Es aquí precisamente donde la libertad y el discernimiento de cada uno pueden dar también su aportación.

1) Stefano Zamagni, Por una economia del bien común, Ciudad Nueva, Madrid 2012, pp. 273-327.
2) Ibid.



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