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Mayo - 2015


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Óscar Romero

Carlos Cerezo




Óscar Romero, hombre manso, obispo defensor de los oprimidos, fue asesinado el 24 de marzo de 1980 mientras celebraba misa. El día anterior había invitado públicamente a los soldados a desobedecer las órdenes injustas de las autoridades. La historia es conocida. En internet podemos oír el audio de esa última homilía que pronunció en la catedral y ver las fotos de su rostro ensangrentado mientras yace en el suelo, en medio de las hermanas que atendían la residencia para enfermos terminales en la que el obispo había decidido vivir. Un testimonio de santidad tan evidente como el martirio que compartió con su pueblo. Y la violencia no se detuvo ni siquiera el día de su funeral, ya que unos soldados convenientemente seleccionados mataron a cincuenta fieles, sembrando el pánico entre la multitud. 

 

Víctima de un sistema oligárquico

 

En aquellos años El Salvador era un país sometido al poder de unos pocos ricos apoyados por Estados Unidos, que mantenía en Panamá una escuela para adiestrar en la represión a los militares latinoamericanos. De aquella «Escuela de las Américas» salió el que ordenó el asesinato de Romero, Roberto D’Aubuisson, jefe de uno grupos paramilitares que sembraban el terror y fundador del partido Arena, que ha estado en el poder en El Salvador hasta 2009. Según monseñor Vincenzo Paglia, postulador de la causa de beatificación, Romero, «al igual que otros sacerdotes de América Latina en aquellos años, fue víctima de un sistema oligárquico formado por personas que se profesaban católicas, pero que veían en él a un enemigo del orden social occidental y de esa “dictadura económica” que ya Pío XI había señalado en la Quadragesimo anno».
El arzobispo de San Salvador, la capital del país, de formación tradicional y muy unido a Roma, no podía dejar de ser, pues, un signo de contradicción, hasta el punto de granjearse juicios negativos por parte de algunos compañeros suyos, incluso tras su asesinato. Pero su vida no se entiende si no atendemos a la narración coral de miles de catequistas a los que se hizo desaparecer porque el Evangelio era considerado un texto subversivo, madres y padres de familia eliminados porque estaban comprometidos, como creyentes que eran, en promover la justicia social. 


Liberación íntegra


La decisión de que Romero fuese beatificado se pudo captar en el gesto del papa Francisco, cuando, recién elegido, se inclinó para pedir la bendición del pueblo. E igualmente clara fue la intención de Francisco cuando, en octubre de 2014, habló así a los representantes de los movimientos populares: «Tenéis los pies en el barro y las manos en la carne. ¡Tenéis olor a barrio, a pueblo, a lucha! Queremos que se oiga vuestra voz».
Esta instancia de redención no ha de ser entendida en sentido reductivo. Tal y como subrayaba Ignacio Ellacuría, «Romero no se cansó de repetir que los procesos políticos, aun cuando sean puros y sumamente idealistas, no son suficientes para conducir al hombre a su liberación íntegra. Para él, una historia que se presentase solo como humana, que pretendiese ser solo humana, pronto acabaría por no serlo. Ni el hombre ni la historia se bastan a sí mismos. Es la palabra de Dios, la acción de Dios, la que rompe los límites de lo humano» para ir más allá, y no como fuga de la realidad. 


La fuerza del amor


También el jesuita Ellacuría, rector de la Universidad Católica de El Salvador, sería asesinado en 1989 por integrantes del ejército junto a otros cinco compañeros suyos y dos mujeres que trabajaban en la institución. Ante semejante violencia brutal, queda abierta la cuestión de la legitimidad de la insurrección revolucionaria que, según la clásica cita de la encíclica Populorum progressio de Pablo VI (1967), es considerada negativamente, porque está destinada a promover más injusticias, «salvo en caso de tiranía evidente y prolongada, que atentase gravemente a los derechos fundamentales de la persona y dañase peligrosamente el bien común del país».
Militar en el Frente de Liberación Nacional «Farabundo Martí» fue la opción de muchos creyentes. Pero para entender bien la opción no violenta de Romero («la fuerza del amor», como la definía en sus conversaciones con los guerrilleros) hay que meterse en una historia colectiva y hallar historias como la de Marianella García Villas, presidenta de la Comisión de Derechos Humanos y alma de la asistencia jurídica de la diócesis de San Salvador, asesinada en 1983 tras ser torturada. Su fe se transparentaba en su vida como un fuego que la consumía por dentro. La iconografía nunca nos muestra a Romero solo, sino siempre rodeado de un batallón de rostros que tienen nombre y apellido, y mucho que decirle a nuestro tiempo. 




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