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Junio - 2008


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Madrid, 2 de mayo de 1808

Clara Arahuetes


Exposición

Al amanecer del día 2 de mayo de 1808, los madrileños se concentraron alrededor del Palacio Real dispuestos a impedir que se llevaran al infante Francisco de Paula. Era uno de los pocos miembros de la familia real que aún permanecían en España; el resto estaba ya en Francia con Napoleón. Las tropas francesas pretendían sustituir a los Borbones por una nueva dinastía vinculada a los intereses de Francia, encabezada por José Bonaparte. Éste fue el inicio de una guerra que se extendió por el resto del territorio español en contra de la invasión francesa. Celebramos este año el bicentenario del levantamiento del pueblo de Madrid contra las tropas napoleónicas en ese día histórico. Con este motivo se han organizado, entre otras actividades culturales, distintas exposiciones en la comunidad madrileña. En el Centro de Arte Canal, hasta el 29 de septiembre, el escritor Arturo Pérez Reverte narra de forma visual los acontecimientos que sucedieron desde el amanecer del día 2 de mayo hasta la madrugada del día 3. Se trata de una exposición didáctica, con un recorrido cronológico por esta jornada trágica, inmortalizada años después por Goya en las famosas pinturas de La carga de los Mamelucos y Los fusilamientos de la montaña del Príncipe Pío. A través de la exposición somos testigos de estos hechos. Como si hiciéramos un viaje al pasado, recorremos los escenarios principales en las calles de Madrid y revivimos los acontecimientos que sucedieron ese día. La muestra se inicia en el exterior del centro de exposiciones y entramos en un “cubo” donde una proyección audiovisual nos envuelve con sonidos e imágenes del levantamiento del pueblo en el parque de Monteleón, en la actual plaza del Dos de Mayo. Después recorremos siete espacios: los antecedentes, la insurrección, la ofensiva francesa, la guerrilla urbana, el último reducto, el paisaje después de la batalla y la memoria. Aunque hay algunas piezas originales, armas, uniformes, grabados… de distintos museos españoles y franceses, la intención no es mostrar objetos históricos, sino un relato didáctico de los hechos. Para ello la luz y el color crean la atmósfera que evoca la evolución de aquel día, desde los primeros rayos del sol a la oscuridad de la noche. Para completar la visión de esta jornada, tenemos que acercarnos al Museo del Prado. Allí veremos de cerca las obras de Goya, El dos y El tres de mayo de 1808, y los grabados del pintor aragonés dedicados a los Desastres de la guerra. Los dos grandes lienzos han sido restaurados recientemente y muestran toda la riqueza original de la paleta del pintor. El artista vivió de cerca la inestabilidad de la época y la caída del Antiguo Régimen. Fue testigo de la invasión francesa, de la salida del rey, del alzamiento popular del 2 de mayo y la represión posterior contra los madrileños por el general francés Murat. Asistió al triunfo del gobierno francés y a la entrada de José Bonaparte y a los vaivenes y sobresaltos que continuaron hasta el fin de la guerra. Goya fue llamado a Zaragoza por Palafox, para que pintase las hazañas de los que defendían la ciudad. En lo que allí vio están inspirados los Desastres de la guerra, que inciden en la crueldad de los seres humanos, como dice expresamente una de estas escenas: “Y son fieras”, mientras que en otro grabado, “Yo lo vi”, muestra a Agustina de Aragón disparando el cañón, subida encima de los muertos. Concluida la Guerra de la Independencia a finales de 1813, Goya destacó dos hechos de aquel día: la lucha del pueblo contra las tropas francesas y la consiguiente represión con el fusilamiento de las víctimas. En El dos de mayo elige la luz del día, reflejada en los tonos rosados de los edificios, que indica que era por la mañana cuando se produjeron los primeros enfrentamientos cerca del Palacio Real. El edificio de la derecha está cubierto por la humareda de la contienda; ante él están situados los jinetes franceses. Todo el grupo es el protagonista de la escena, sus actitudes y el color de sus trajes nos dirigen al caballo blanco y al mameluco muerto vestido de rojo. El hombre que lo ataca, ataviado con pantalón amarillo, camisa blanca y chaleco verde, tiene el mismo atuendo que la persona que aparece con los brazos abiertos en El tres de mayo. Esto nos indica la unidad de las dos composiciones, pensadas para ser vistas juntas como en una secuencia temporal, donde las dos escenas se suceden. Los caballos son los únicos que miran al espectador; con su mirada inteligente transmiten lo que Goya quería decirnos: la irracionalidad de la violencia. Goya representó en El dos de mayo a todas las fuerzas francesas que intervinieron aquel día: mamelucos, dragones, marineros y granaderos de la Guardia Imperial. Y en los españoles muestra la diversidad de tipos y regiones, expresando así la variedad del pueblo que se alzó contra los franceses. En algunas obras anteriores, como Ataque a un campamento militar (1808-1810), comprobamos que los militares franceses que van a disparar a la mujer aterrada están en la misma disposición que los que aparecen en los Fusilamientos del 3 de mayo. En los dos casos se trata de una escena nocturna, lo que acentúa la violencia de los atacantes. En el centro una mujer joven, vestida con tonos blancos y amarillos, huye asustada con un niño en brazos. Se trata de una imagen universal que describe el horror de la guerra. En El tres de mayo de 1808, el artista presenta la escena de noche, lo que hace que sea aún más angustiosa. El espacio está perfectamente pensado para transmitir lo inexorable de la muerte de los condenados. En primer término aparecen los que ya han sido ejecutados, detrás los que van a recibir los disparos y tras ellos otro grupo sube una cuesta que los lleva a la muerte. En el grupo que está a punto de ser ajusticiado, Goya describe las expresiones de cada uno, incluso sabemos quiénes eran. El que sube la cuesta con las manos juntas se llamaba Juan Suárez y fue el único superviviente de los 44 fusilados de la montaña Príncipe Pío. Logró escapar echándose por un terraplén y refugiándose en la Iglesia de San Antonio de la Florida. Situado a la derecha del personaje principal, vestido con pantalón amarillo y camisa blanca, está Manuel García. Era un soldado del Regimiento de Infantería de Voluntarios del Estado, fusilado por combatir en el parque de Monteleón. Fue el único militar castigado en las represalias. El personaje que aparece arrodillado en primer término era Francisco Gallego Dávila, capellán del Real Monasterio de la Encarnación. Las expresiones de furia de la mañana han dado paso al miedo. Los franceses, en perfecta formación, apuntan a los condenados sin dejar ver su rostro. Estas dos composiciones de Goya son totalmente novedosas y están muy lejos de la pintura épica del pasado. Goya subraya la violencia irracional que enfrenta a los seres humanos.


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