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Junio - 2008


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Años y años de generosidad

Rosario Granda


De la vida misma Marce y Paquita no habían ido a la escuela. Desde pequeñas trabajaron cuidando cabras o pidiendo limosna para dar de comer a una numerosa prole de hermanos. Cualquier trámite les resultaba muy difícil y se sentían cohibidas por no saber casi firmar.

Hace más de treinta años que conozco a una familia atípica. Son dos hermanas y un hombre afectado por una parálisis cerebral de nacimiento. Entre ellas y él existe un vínculo que ningún ordenamiento jurídico ha definido. La mayor de las hermanas entró a trabajar en la casa a los 16 años como criada, cuando él era un niño de 4 años, y llegó a Madrid rescatada de una vida de hambre y miseria. Ha pasado de niña a joven, adulta, madura y anciana con “su chico” en brazos, mientras pudo, y luego empujando una silla de ruedas. Y como vivían en un piso sin ascensor, primero tenía que bajar la silla y después a él en brazos. Siempre ha dormido en una cama junto a la de él y tenía que levantarse varias veces para cambiarlo de posición. Su sueño se interrumpía aún más si él estaba enfermo, inquieto, triste o malhumorado. Ella lo cogía en brazos para orinar o vomitar, tenía que darle de comer y beber de una manera que conocía a la perfección para evitar que se atragantase; lo afeitaba, le cortaba el pelo, las uñas... e incluso hizo de dentista. Cuando los padres de él enfermaron, ella se ocupó de atenderlos, consolarlos… hasta que, también ella, les cerró los ojos. Durante unos años la familia se redujo a esta señora, otra criada que llevaba en la casa desde que vivían los abuelos de mi amigo y él mismo. También la criada murió. Entonces se trasladó a vivir con ellos una hermana de la cuidadora, que hasta entonces había vivido realquilada. Trabajaba limpiando en un teatro y aportó a la vida familiar su trabajo, su sueldo, sus ahorros y una ayuda imprescindible, pues una sola persona no podía llevar la casa y atender al minusválido. Yo los conocí dos o tres años antes de esto, y lo que empezó siendo una labor de compañía en nombre de la parroquia, al cabo del tiempo se convirtió en verdadero cariño. Ni Marce ni Paquita habían ido a la escuela. Desde pequeñas trabajaron cuidando cabras, o pidiendo limosna para dar de comer a una numerosa prole de hermanos. Cualquier trámite les resultaba muy difícil y se sentían cohibidas por no saber casi firmar. Antes de morir, el padre de Víctor había designado a unos administradores para que velaran por los intereses de su hijo. La “fortuna” era casi anecdótica y en realidad su labor consistía más en buscar ayudas que en administrar bienes. Quiero pensar que aceptaron y ejercieron el cargo en la medida de su entendimiento y buena voluntad. Sin embargo, no siempre hacían los trámites necesarios. Víctor no quería contradecirlos o malhumorarlos; Marce y Paquita ni se planteaban poner en duda la gestión, pues sólo se veían capaces de obedecer y callar, aunque con una pensión de orfandad y un sueldo mínimo pasaban verdaderas penurias. Siempre hubo personas de buena voluntad, conocidos de la familia, o pacientes del padre de Víctor, que había sido pediatra y había sacado adelante casos como el de su hijo, que se hacían presentes con regalos y ayudas. Pero no era suficiente. Por entonces tenía yo 20 años, pero la juventud no era un obstáculo para ir y venir, entrevistarme con asistentes sociales, presentar solicitudes y marear a los amigos y conocidos que pudieran ponerme sobre la pista de cualquier posible ayuda. Al principio fueron unas ayudas anuales, no muy elevadas, que permitieron tener la primera lavadora y una picadora para preparar la comida, pues hasta entonces usaban una cuchilla de carnicero; y el cambio de tarifa de luz les permitió usar una plancha eléctrica en lugar de las de hierro que se calentaban en la cocina de carbón. A Paquita la despidieron sin ninguna indemnización. Según ella era mejor no presentar una demanda por despido improcedente, porque no entendía de eso. Me costó que cambiaran de opinión, pero finalmente accedieron y encontramos un abogado que cobraría sus honorarios sólo si ganaba el juicio. Mientras tanto, Paquita trabajaba como asistenta en las casas de la vecindad, y así podían ir tirando. Cuando llegó la indemnización y el subsidio de desempleo, todos respiramos. Algún tiempo después la Seguridad Social instituyó una ayuda específica para casos como el de Víctor. El administrador de turno no la tramitó. Justificaba su decisión diciendo que a Marce, que ya había cumplido 65 años, le quitarían la pequeña jubilación como empleada de hogar. Otra vez tuve que convencerlas de que no hacíamos daño a nadie intentándolo y que desde luego no había que temer perder la pensión. Los trámites no eran difíciles y un par de meses después les concedieron la ayuda, y con carácter retroactivo. Como durante toda la vida habían subsistido con lo mínimo, ahora los ahorros aumentaban y busqué la manera de asegurar un futuro para estas hermanas, que no tenían casa ni propiedad alguna. El piso donde vivían era una de esas viviendas antiguas con un contrato de alquiler que provenía de los abuelos de Víctor y que ellas no podrían subrogar si éste fallecía. Era una casa vieja, sin calefacción, con enormes ventanales por los que se colaba el frío, con el aseo dentro de la cocina, goteras, cañerías rotas y otros deterioros que el dueño no quería arreglar. Los gastos de mantenimiento convertían la “renta antigua” en una cifra realmente elevada y aquello era tirar el dinero. Después de unos años, gracias a su espíritu de ahorro y a la inestimable ayuda de amigos y conocidos, conseguimos reunir una cifra que permitió pensar en comprar una vivienda. Cuando el ayuntamiento obligó al dueño del edificio a hacer obras de mantenimiento y él llenó la casa de puntales, entonces ya habíamos encontrado un piso, modesto pero cómodo, en una zona bien comunicada, con jardines y comercios, cerca de la parroquia y del centro de salud, y sobre todo con calefacción y ascensor. Se trasladaron hace casi tres años. Víctor ha podido salir a la calle casi a diario, ir a misa los domingos, ver los mercados y las tiendas, hacer amistades, etc… El deterioro físico de Víctor ha sido progresivo, al igual que el envejecimiento de sus dos “ángeles de la guarda”. Él, un enfermo dependiente que ha llegado a los 67 años, cuando nadie pensaba que pasaría de los 40; y ellas, dos mujeres con 83 y 78 años que comparten su vida y sus dolencias. Desde hace cinco años reciben ayuda a domicilio para el aseo del enfermo, pero todo lo demás sigue en sus manos. Ellas tienen unos parientes que viven cerca y con los que cuentan para todo. Al principio de este año la situación de Víctor se hizo más precaria. Dormía poco y no las deja dormir; se acentuó su carácter egocéntrico, llegando a poner a prueba la resistencia de Marce y Paquita: hasta tuvieron que ir a urgencias con ataques de ansiedad. A una de ellas se le manifestó una anemia grave; a la otra una flebitis en un brazo… y Víctor con síntomas de enfriamiento. No dormía porque no podía respirar bien debido a las secreciones; perdía el apetito; postración con riesgo de formación de escaras... Lo ingresaron en el hospital con neumonía. Yo estaba de vacaciones y todos los días llamaba por teléfono. Al día siguiente de mi regreso, fui al hospital. Delante de aquella persona a la que durante tantos años había acompañado, con quien había reído y hablado tantas veces y que ahora era la estampa viva de la fragilidad, no sentí pena ni desconsuelo; sólo la certeza de que esa vida que muchos calificarían de inútil estaba empezando justo ahora que se acercaba a esa otra Vida (con mayúscula) que él y yo misma decimos esperar. Cuando de una manera dulce y silenciosa se fue, tuve la sensación de que no lo perdía, sino que lo llevaba conmigo a todas partes, sin las limitaciones de su silla de ruedas o de su lengua de trapo. Marce y Paquita tienen ahora que aprender a convivir con el espacio “de sobra”. Todos los que las queremos y valoramos su impagable labor tenemos el deber de hacer por ellas lo mismo que ellas han hecho durante tantos años: dar la vida sin poner límite a la generosidad.


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