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Marzo - 2015


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Siglo XXI: la fraternidad, base del desarrollo

Francesc Brunés




La globalización nos hace más cercanos, pero no más hermanos». Esta frase, que posiblemente muchos de nosotros suscribiríamos, es del papa emérito Benedicto XVI (Caritas in Veritate 19). El mundo se ha convertido en una aldea global, ciertamente. Tan pronto como sucede algo en cualquier rincón del planeta, todos nos enteramos al momento. Lo que ocurre a miles de kilómetros de distancia, tarde o temprano nos acaba afectando más de lo que creíamos. No obstante, con todas las redes de interconexión que se quiera, con toda la interdependencia que las problemáticas globales provocan, no vivimos juntos, por así decirlo, sino unos al lado de otros. No nos sentimos miembros de la familia humana. El desarrollo humano del que hablé en el artículo anterior, un desarrollo integral y solidario, exige poner la fraternidad como base de la convivencia.

Una economía mundial cada vez más dominada por el utilitarismo, el materialismo y la debilidad estructural de las instituciones políticas nos incapacita para entender lo «humano». La complejidad y la gravedad de la situación actual exigen una profunda renovación cultural y nos obliga a revisar el camino, establecer nuevas reglas, encontrar nuevos compromisos. Las desigualdades crecientes dentro de un mismo país y entre poblaciones de países diversos tienden a empeorar la cohesión social y democrática, y solo se puede superar con «imaginación social» –como decía Pablo VI–, que favorezca la creatividad humana y aproveche la crisis como una gran ocasión de discernimiento.

El neoliberalismo ha dado un valor absoluto al beneficio empresarial en perjuicio del trabajo; se ha dado prioridad a la economía financiera sobre la economía real. Darle la vuelta a esta situación no implica solo tener buenos modelos económicos, sino también buscar la justicia. Pero no hay justicia si no hay personas justas. Es necesario, pues, un compromiso decidido de estas personas justas, sin diferencias de credos o ideologías, para construir la familia humana. Sería conveniente regenerar las relaciones sociales y gobernar la economía y el desarrollo desde la acción política y la vida civil.

En el siglo pasado, Jacques Maritain decía en su libro Humanismo integral: «…la amistad fraterna es la condición de la obra común de la ciudad, construida a partir de la dignidad de la persona, de su vocación espiritual y del amor». La introducción del círculo virtuoso de la amistad fraterna aparece como un elemento esencial para movilizar los corazones hacia una humanización solidaria y hacia formas concretas de democracia económica. Parece necesario reinventar el concepto de solidaridad hacia un modelo de sociedad en la que todos nos sintamos responsables de todos. Esto no puede dejarse solo en manos del Estado. En la sociedad actual resuena con demasiada frecuencia la respuesta de Caín: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (cf. Gn 4, 9-10).

También la canción de Raimon Diguem NO (Digamos NO) o el alegato de Stéphane Hessel Indignaos son gritos que incitan a no conformarnos con una sociedad poco humana, con una convivencia de plástico. Invitaciones a una cierta insurrección pacífica, al estilo de Gandhi, Mandela o Martin Luther King. Intentos, quizás incipientes, de empezar a dar la palabra a la fraternidad y a los principios de cooperación y reciprocidad propios de una sociedad civil a medida del ser humano. Es necesario que el siglo XXI sea el siglo de la fraternidad, de una sociedad civil mundialmente emergente, una sociedad de redes de iguales que cooperan. El economista Luigino Bruni trabaja en profundidad la necesidad de la reciprocidad y de la gratuidad en los mercados. Demasiado a menudo se ha confundido la felicidad con el bienestar material, que provoca sentimiento de autosuficiencia y acaba en una concepción egoísta de la vida y de las relaciones. Frente a esta concepción, es necesario reivindicar el valor de la gratuidad como condición necesaria para la existencia de una comunidad fraterna. En su libro El principio olvidado, el profesor de Ética Moral y Filosofía Política Antonio María Baggio reivindica la fraternidad como categoría política, junto a la libertad y la igualdad. Sin este tercer principio, la lógica del mercado (dar para tener) y la lógica del Estado (dar por obligación) acaban debilitando la solidaridad hasta el punto de hacer inviable una verdadera igualdad e imposible la libertad de personas y pueblos.
Se hace muy difícil poder pensar seriamente en avanzar hacia una sociedad en la que la fraternidad tenga una relevancia económica, social, cultural y política significativa sin un ingrediente imprescindible: el amor. «Sin el saber, el hacer es ciego, y el saber es estéril sin el amor», escribe también Benedicto XVI.
La misma naturaleza humana lleva implícita una vocación al amor substancial en todos los seres humanos. Es este un excelente campo de encuentro para el compromiso en la construcción de la familia humana. En el terreno del amor, pierden relevancia las pertenencias a diversas ideologías, credos o culturas. Y el mismo pontífice dice también: «No existe la inteligencia y después el amor, sino el amor rico en inteligencia y la inteligencia llena de amor».
Francesc Torralba, catedrático de Ética de la Universidad Ramón Llull de Barcelona, coincide con Luigino Bruni en la tesis de que es necesario trascender la lógica del mercado en la construcción de una nueva síntesis humanista. La fraternidad es una dimensión esencial de la justicia social entendida como un desarrollo humano integral y solidario. Todo ello contribuye a la fraternidad y sirve de fundamento para un verdadero desarrollo.



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