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Marzo - 2015


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Nacer mujer en Afganistán

Ana Moreno Marín


El 8 de marzo se celebra el Día Internacional de la Mujer. La situación que viven las mujeres en Afganistán demuestra que aún queda mucho por hacer.

Cuesta describir con palabras la crudeza de la vida de las mujeres afganas. Su historia habla de matrimonios forzosos, embarazos prematuros, analfabetismo, violencia, sumisión y desesperación. Una desesperación que les lleva incluso a quemarse a lo bonzo. Es el caso de Fátima, cuyas quemaduras de tercer grado en el 72% de su cuerpo la dejaron agonizando un mes. Se quemó en protesta por el trato que le dispensaba su suegra, dejando tres hijos pequeños.
Esta es una de las duras historias que recoge el libro y la exposición itinerante Mujeres. Afganistán del fotoperiodista Gervasio Sánchez y Mónica Bernabé, la única periodista española que vive allí permanentemente. Mónica, además, es fundadora de la Asociación para los Derechos Humanos en Afganistán (ASDHA), que coordina este proyecto y que desarrolla otros de salud, educación y apoyo a las mujeres afganas in situ.
El trabajo comenzó en el 2009 gracias al Ayuntamiento de Barcelona y ha durado seis años. El proyecto recoge 200 historias de mujeres, niñas y adultas. Se ha fraguado entre la capital Kabul, Herat, Mazar-e-Sharif al noroeste y Kandahar, al sur.
Dificultades no les han faltado, empezando porque fotografiar a una mujer se considera una ofensa; pero es que, además, no salen burkas: «Queríamos desmontar esa visión superficial y exótica de que el problema de la mujer es que lleva burka», afirma Gervasio. En algunos casos, han tenido que esperar hasta tres años para fotografiar a una niña de 12 años casada con un hombre de 50 o para poder hacer fotos dentro del correccional de Herat.
Han recogido historias de todo tipo, pero quizás las de suicidio son las que más han impactado a Mónica Berbabé. «Son las más duras porque se queman esperando que sea algo inmediato, pero quedan muy malheridas y acaban muriendo. Ver cómo se van apagando es tremendamente duro», afirma. Para que se hagan una idea del calvario que viven las mujeres basta con decir que Afganistán es el único país del mundo donde el suicidio femenino es superior al masculino. Sólo en 2012 se suicidaron 2.500 mujeres, el 95% de los casos que registró el país.

Matrimonios forzosos

Partimos de la base de que en Afganistán una mujer no es nada sin un hombre, sea su padre, marido o hermano. Según la ley islámica y el código penal afgano, un matrimonio no es válido si no hay consentimiento de ambos cónyuges. Pero la realidad es otra; manda la tradición. Según un informe de la ONU del 2010, casi la mitad de las jóvenes afganas se casan antes de los 15 años. Y eso que el código civil afgano no lo permite hasta los 16 o 15 si tiene el permiso paterno. Son madres muy jóvenes, con los riesgos que eso comporta; tienen una media de seis hijos y la mayoría dan a luz solas. Un informe de la Organización Mundial de la Salud califica Afganistán como «el peor lugar del mundo para ser madre».
A esto hay que añadir que un 36% de la población afgana vive en la pobreza más absoluta, según el Banco Mundial. Y precisamente esa pobreza junto a la falta de formación –el 80% de las afganas son analfabetas– son el campo de cultivo perfecto para la violencia que se ejerce contra ellas con total impunidad. «Si la mujer abandona a su marido y tiene la suerte de que en esa ciudad haya una casa de acogida, puede acabar allí; si no, en la cárcel. Si huye y su familia no la acepta de vuelta, difícilmente podrá encontrar una salida a la casa de acogida; algunas llevan 7 años», relata Mónica.
Mujeres como Zar Gul, de tan solo 20 años, que ya tiene una hija de 5 años y un hijo de 2. Su padre la casó a la fuerza con un hombre treinta años mayor que ya tenía una primera esposa. Huyó del hogar conyugal, vive en una casa de acogida y quiere divorciarse. O como Masuma, que tiene 18 años y está casada desde hace seis meses. En su rostro no hay un atisbo de felicidad. A los siete años la comprometieron con un hombre casado de 30 que pagó 1.350 euros y entregó a su hija de 2 años para que la casaran con el hermano de Masuma, de 10, cuando ambos crecieran. También quiere divorciarse.

La indiferencia que hace cómplice

Sin embargo, se da la paradoja de que el 28% de los parlamentarios afganos son mujeres, la nueva constitución recoge la igualdad entre sexos y hay una ley para erradicar la violencia hacia las mujeres. Entonces, ¿qué impide que cambie su situación? Según explica Mónica Bernabé, cuando la comunidad internacional intervino en el país a finales del 2001 para cercar al gobierno talibán, recurrió a una serie de facciones fundamentalistas que habían arrasado el país a principios de los 90. «Una vez que los talibanes cayeron, estos fundamentalistas reclamaron como compensación estar en las estructuras de poder, es decir, pusieron a criminales de guerra a reconstruir el país», explica.
El nuevo presidente afgano, Ashraf Ghani, que sustituye a Hamid Karzai después de trece años, no ha estado implicado en la guerra pero, según cuenta Mónica, se ha aliado con algunos de los fundamentalistas para llegar al poder y eso puede hipotecar su acción de gobierno.
«Todo esto vicia e hipoteca toda la estructura de poder y a estas personas no es que no les preocupen las mujeres, es que no les preocupa nadie», concluye Mónica. Por eso, aunque haya mujeres parlamentarias, su acción por el momento se ve muy limitada. Y se da la circunstancia de que aunque defiendan su causa en el parlamento, en casa les sigue esperando la violencia y la sumisión, añade Gervasio.

Mujeres contracorriente, mujeres para la esperanza

Ante tanta desolación cabe preguntarse si hay lugar para la esperanza. Mónica afirma que sí y apunta a las nuevas generaciones. Por ejemplo, en el Estadio de Deportes de Kabul donde antes los talibanes mataban, hoy entrenan algunas mujeres afganas. La mayoría de las jugadoras de fútbol son estudiantes de secundaria o universitarias y pertenecen a familias de clase social media y alta. En Kabul existen 16 equipos de fútbol y en 2013 se celebró el primer campeonato femenino. Sólo se permitió la entrada a los familiares.
Su futuro puede cambiar si hay paz, porque –como explican Mónica y Gervasio– la guerra lo corrompe todo; y si la comunidad internacional supedita su ayuda económica al gobierno afgano, de la que depende al 100%, a que se cumplan los derechos humanos y de la mujer.
Mientras tanto, quedan estas imágenes que se pueden ver en la exposición itinerante que en marzo llegará a Vitoria, o comprando el libro de la editorial Blume. Un trabajo duro y excepcional que nos recuerda que el silencio y la indiferencia nos hacen cómplices.



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