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Palabra y vida
Junio - 2008


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Permanecer siempre en el amor

Chiara Lubich


Palabra de vida - junio del 2008 “Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él” (Jn 3, 24).

“Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él” (Jn 3, 24). Cuando uno ama, quiere estar siempre con la persona amada. Éste es también el deseo de Dios, que es Amor. Nos creó para que podamos encontrarnos con Él, y no tendremos la alegría plena hasta que lleguemos a la íntima unión con Él, pues es el único que puede colmar nuestro corazón. Bajó del cielo para estar junto a nosotros e introducirnos en su comunión. Juan, en su carta, habla de “permanecer” el uno en el otro: Dios en nosotros y nosotros en Él, recordando la exigencia más profunda que había manifestado Jesús en la última cena. “Permaneced en mí y yo en vosotros”, había dicho el Maestro, explicando con la alegoría de la vid y los sarmientos lo fuerte y vital que es el vínculo que nos une a Él. Pero ¿cómo alcanzar la unión con Dios? Juan no tiene dudas, basta guardar sus mandamientos: “Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él” ¿Son muchos los mandamientos que hay que guardar para llegar a esta unidad? No, desde el momento en que Jesús los condensó en un solo mandamiento. Poco antes de enunciar la Palabra de vida elegida para este mes, recuerda Juan: “Éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó”. Creer en Jesús y amarnos como Él nos amó: ése es el único precepto. Si la existencia humana tiene su plenitud en que Dios more entre nosotros, hay un solo modo de ser completamente nosotros mismos: ¡amar! Juan está tan convencido de ello que sigue repitiéndolo a lo largo de la carta: “Quien está en el amor permanece en Dios y Dios permanece en Él” ; “Si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros...” . A propósito de esto, cuenta la tradición que, cuando ya anciano, le preguntaban por las enseñanzas del Señor, siempre repetía las palabras del mandamiento nuevo. Y si le preguntaban por qué no hablaba de otra cosa, respondía: “¡Porque es el mandamiento del Señor! Si se pone en practica, basta”. Así que cada Palabra de vida lleva indefectiblemente a amar. No puede ser de otra manera porque Dios es Amor y cada palabra suya contiene el amor, lo expresa y, si la vives, te transforma en amor. “Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él” La palabra de este mes nos invita a creer en Jesús, a adherirnos con todo nuestro ser a su persona y a su enseñanza: creer que Él es el amor de Dios, como nos enseña de nuevo Juan en esta carta, y que dio la vida por nosotros por amor ; creer también cuando parece que está lejos, cuando no lo sentimos, cuando llegan las dificultades o llega el dolor... Fortificados por esta fe, sabremos vivir según su ejemplo y, obedeciendo su mandamiento, amaremos como Él nos amó. Amar incluso cuando el otro ya no nos parece amable, cuando tenemos la impresión de que nuestro amor es inapropiado, inútil o no correspondido. Si hacemos así, revitalizaremos las relaciones entre nosotros, serán cada vez más sinceras, más profundas y nuestra unidad atraerá a Dios para morar entre nosotros. “Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él” “Mi marido y yo estábamos enamorados y era fácil la relación entre nosotros los primeros años de matrimonio. En este último período, él estaba muy cansado y estresado. En Japón, el trabajo pesa sobre los hombros de un hombre como una losa. Una noche, al volver del trabajo, se sentó a cenar. Me iba a sentar a su lado pero me gritó que me fuera: “¡No tienes derecho a comer porque no trabajas!” Me pasé la noche llorando, dándole vueltas a irme de casa y separarme. Al día siguiente mil pensamientos seguían agobiándome: “Me equivoqué al casarme con él, no puedo seguir viviendo con él”. Por la tarde hablé con las amigas con las que comparto mi vida cristiana. Me escucharon con amor y gracias a la comunión con ellas volví a encontrar la fuerza y el valor necesarios para seguir adelante. Logré prepararle de nuevo la cena a mi marido. A medida que se acercaba la hora de su vuelta aumentaba el temor: ¿Cómo reaccionaría? Pero era como si una voz por dentro me dijera: “Acoge este dolor, no aflojes. Sigue amando” Y entonces apareció por la puerta. Traía una tarta para mí. “Perdóname -dijo- por lo que pasó ayer”.


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