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Junio - 2008


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El tiempo se acorta

Pascual Foresi


Celibato y virginidad/7 Con esta entrega termina el estudio sobre el significado de la donación a Dios según el Nuevo Testamento.

El capítulo 7 de la Primera Carta a los Corintios prosigue así a partir del versículo 32: «Yo os quisiera libres de preocupaciones. El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer; está por tanto dividido. La mujer no casada, lo mismo que la doncella, se preocupa de las cosas del Señor, de ser santa en el cuerpo y en el espíritu. Mas la casada se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido. Os digo esto para vuestro bien, no para tenderos un lazo, sino para moveros a lo más digno y al trato asiduo con el Señor, sin distracciones». «Libres de preocupaciones». Hay un claro paralelismo entre las «preocupaciones» de este versículo y la «angustia presente» del versículo 26 y la «tribulación en la carne» del versículo 28. Y del mismo modo que estas preocupaciones no tienen sentido escatológico, también en los versículos anteriores se trataba de problemas contingentes y no de la futura venida del Señor. «El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor». Así es como indica Pablo el verdadero motivo de la superioridad del celibato. Es un motivo cristológico y no humano. Implícitamente afirma con esto que el celibato es superior al matrimonio sólo por motivos sobrenaturales. Si fuese por razones sólo naturales, quizás el matrimonio sería superior a la virginidad. «Cómo agradar al Señor». Con esto no quiere significar una actitud exterior meramente superficial, sino adecuar la existencia al Evangelio de Cristo negándose uno a sí mismo. «El casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer». Aquí Pablo deja ver los profundo lazos que unen a los cónyuges. En la idea de “agradar” está contenido todo lo que exige el matrimonio: amor, donación continua de sí mismo con el cuerpo, tiempo, compromiso en todo lo que depende del matrimonio. «El casado no puede dejar de servir a dos patrones, por así decirlo. No sería necesario hablar de dos patrones siempre que ambos cónyuges quisieran pertenecer juntos al Señor. Pero para llegar a esto se requieren muchas cosas. Normalmente no se da que ambos cónyuges pongan atención sólo a lo que respecta a Dios, ni que se preparen juntos por él, ni que se consideren mutuamente como feudo del Señor y actúen en consecuencia. Con todo, aquí Pablo no está considerando este caso»1. Pero a mí me parece sin embargo que no es que Pablo no prevea que los cónyuges puedan ser santos. Lo serán aquellos que, aprovechando la estructura matrimonial, pero «en el Señor», consigan vivir con el corazón indiviso. La Iglesia ha conocido cónyuges santos y cónyuges mártires. Esto no quita nada a la doctrina del apóstol de que el celibato, considerado desde el punto de vista de la perfección personal, es mejor que el matrimonio. «De ser santa en el cuerpo y en el espíritu». Algunas traducciones de la Biblia señalan que no se trata directamente de una santidad moral, sino de una consagración de toda la persona, en cuerpo y espíritu, al servicio del Señor. Tras estos versículos sobre la clara motivación del celibato, vienen a la mente de nuevo «las preocupaciones» a las que Pablo se refiere en el versículo 32. Él no quiere quitarles todas las preocupaciones, pues en sus cartas reconoce que los vírgenes también las tienen2. Las preocupaciones que quiere quitarles son las que derivan de la estructura matrimonial, las preocupaciones por las cosas del mundo, que ahogan la vida en la mediocridad, cuando no en el mal. «Os digo esto para vuestro bien, no para tenderos un lazo». De nuevo Pablo vuelve a subrayar la libertad de elegir, y que por tanto el matrimonio es un bien. Es sólo un consejo que quiere dar a quienes tienen la posibilidad y la gracia para poder seguirlo. «Pero si alguno teme faltar a la conveniencia respecto de su doncella, por estar en la flor de la edad, y conviene actuar en consecuencia, haga lo que quiera; no peca, cásense. Mas el que ha tomado una firme decisión en su corazón, y sin presión alguna, y en pleno uso de su libertad está resuelto en su interior a respetar a su doncella, hará bien. Y el que no se casa, obra mejor» (36-38). Ésta es una de las traducciones de este párrafo. Otras prefieren “virgen” o “novia” en lugar de “doncella”. El párrafo se presta a cuatro posibles interpretaciones: 1) un padre o un tutor indeciso en dar a su hija por esposa. Contra esta interpretación está el hecho de que Pablo, más arriba, ya había dicho que es mejor que la virgen no se case. Pero ahí está la palabra «cásense», que lleva a pensar en la relación entre dos que quieren contraer matrimonio. 2) matrimonio espiritual, o sea, personas consagradas en el celibato que conviven en la misma casa. Contra esta interpretación está el hecho de que tal costumbre sólo aparecerá más tarde y encontrará obstáculos por parte de la Iglesia misma. Luego es difícil pensar que Pablo ya la aprobara. 3) dos jóvenes prometidos recién convertidos. Esta interpretación me parece bastante más probable, si bien es cierto que algunos objetan que los agamoi (no casados) del versículo 8 incluiría a los prometidos, de manera que estarían entre los que son invitados a quedarse como están. ¿Sería entonces ésta una repetición inútil? 4) esposos judíos que aún no cohabitaban y que se habían convertido al cristianismo. Esta última solución también parece probable, ya que en tales casos el contrato matrimonial era previo a la consumación del matrimonio. ¿Tenían que dar preferencia entonces a la continencia, o pasar a la cohabitación? Pablo no aconseja la separación porque supondría autorizar el divorcio, ni tampoco incita al matrimonio completo. Luego no le queda más que la solución intermedia, el statu quo, al que luego se aplica el principio de que pueden casarse antes que abrasarse, o pueden no consumar el matrimonio y quedar vírgenes, lo cual es mejor. «La mujer esta obligada a su marido mientras él viva; mas, una vez muerto el marido, queda libre para casarse con quien quiera, pero sólo en el Señor. Sin embargo, será más feliz si permanece así según mi consejo; que también yo creo tener el Espíritu de Dios» (39-40). Aquí se afirma claramente la indisolubilidad del matrimonio durante la vida de los cónyuges, pero la muerte de uno de ellos deja libertad para volver a casarse. Y el consejo de Pablo es que la viuda viva sola su viudedad, pero si se casa, que se case «en el Señor», o sea, con un cristiano. Hay una diferencia entre estas indicaciones y las que da Pablo en 1 Tm 5, 11-12 («Descarta, en cambio, a las viudas jóvenes, porque cuando les asaltan los placeres contrarios a Cristo, quieren casarse e incurren en condenación por haber faltado a su compromiso anterior»), pero no hay contradicción. El capitulo 7, tan rico en enseñanzas, concluye con una frase cuajada de significado: «también yo creo tener el Espíritu de Dios». Refleja humildad y al mismo tiempo la conciencia de ser el doctor de las gentes. Para resumir, me parece que el elemento que domina y explica toda la problemática teológica de la virginidad y el matrimonio del capítulo 7 viene dado por las palabras «el tiempo apremia», o sea, se ha contraído. No obstante las dificultades de interpretación, se revela una gran verdad: después de Cristo, toda nuestra vida ha cambiado. Los valores del mundo saltan por los aires y se recomponen de una manera distinta. Aunque el mundo y sus estructuras siguen estando, ya late la nueva vida, la vida futura. Y entonces se establece una dialéctica entre la mentalidad humana y la lógica de lo eterno que ha entrado en el mundo. Por este motivo el celibato adquiere un sentido distinto. En la vida patriarcal judía, que también estaba impregnada de divinidad, el matrimonio era el valor dominante. Ahora, con el mismo sentido divino pero presente de otra forma en el mundo, también la familia resulta revitalizada, pero no en el sentido de la cantidad de individuos que encuentren en ella su vocación, sino cualitativamente, de la misma forma que el tiempo cualitativamente ha cambiado, ha plegado las velas, como dice san Pablo, y se ha vuelto más corto porque también éste sigue las suerte de este mundo. Por eso la virginidad, aparentemente solitaria, adquiere valor, ya que conecta más y mejor con lo eterno, que es Cristo presente en el cosmos. 1) E. Walter, 1ª Lettera ai Corinti, vers. italaina, Roma 1970, p.140. 2) Cf. 2 Co 11, 28.


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