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Noviembre - 2014


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Nobel de la paz 2014 o los derechos de la infancia

Roberto Catalano


Kailash Satyarthi, indio, y Malala Yousafzay, pakistaní, comparten el Nobel de la Paz 2014.

Un premio Nobel de la Paz ciertamente único el otorgado a Kailash Satyarthi y Malala Yousafzay. Satyarthi, un juvenil abuelo de 60 años, es hindú, mientras que la jovencísima Malala (17 años) es musulmana. Dos generaciones y también dos países cuya historia se ha caracterizado desde siempre por su antagonismo: India y Pakistán. India ha sido, y en cierta medida lo sigue siendo, protagonista de un desarrollo económico desconcertante, que, entre otros motivos, la ha convertido en una potencia mundial, si bien sigue padeciendo grandes contradicciones, como un sistema de castas que discrimina especialmente a los dalit (parias, intocables), la brutal violencia contra la mujer o la explotación indiscriminada de los menores como fuerza laboral. Pakistán, por su parte, desde hace años es uno de los símbolos del fundamentalismo islámico, identificado con el movimiento talibán y con el terrorismo internacional de Al Qaeda. No obstante los intentos de acercamiento periódicos, como el que protagonizó recientemente el nuevo primer ministro indio, Narendra Modi, ambos países viven desde su independencia en 1947 en una continua tensión que da lugar a enfrentamientos, actualmente limitados a la frontera en la zona del Himalaya. Si bien el premio se les ha otorgado por su compromiso «contra la opresión de niños y jóvenes y por el derecho de éstos a ser instruidos», no cabe duda de que la elección de exponentes de estas dos nacionalidades para recibir conjuntamente tan prestigioso premio es aún más significativa. Kailash Satyarthi Kailash Satyarthi fundó y lleva más de treinta años al frente de Bachpan Bacha Andolan (BBA), una organización comprometida en liberar a los niños de la esclavitud del trabajo y de la explotación infantil. Gracias a su esfuerzo y al de su organización, Satyarthi ha conseguido liberar a unos ochenta mil niños, ofreciéndoles además una posibilidad de integración y rehabilitación social mediante su escolarización. Pero también ha conseguido atraer la atención de su país y de la opinión pública internacional sobre la cuestión de los derechos del niño, sensibilizando sobre todo a los consumidores de Occidente acerca de las condiciones de vida de los niños que trabajan en distintos sectores de la producción. El gigante asiático tiene casi cinco millones de menores empleados en unas condiciones de trabajo a menudo inhumanas. Cuando tenía veintiséis años, Satyarthi, un prometedor ingeniero eléctrico, renunció a su carrera y se dedicó por completo a la causa de los menores, criticando abiertamente su explotación y oponiéndose valientemente a los productores que habitualmente usan mano de obra infantil: la industria de alfombras o la de bidhi, los típicos cigarrillos indios que fuman los pobres y que se elaboran enrollando una simple hoja de tabaco seca. Satyarthi ha puesto en marcha también organizaciones internacionales como el «Centro Internacional sobre Trabajo Infantil y Educación» o la «Marcha Global contra el Trabajo Infantil», unas redes de organizaciones no gubernamentales que agrupan a docentes, operadores y activistas comprometidos en garantizar la formación escolar de los niños liberados de la explotación. Uno de los ejemplos más emblemáticos del compromiso de este Nobel de la Paz es el Rugmark o Goodweave, un sistema de control y etiquetado de alfombras que garantiza que han sido producidas sin la intervención de mano de obra infantil; iniciativa de mucho éxito en los mercados europeo y norteamericano, pues propicia un comercio y un consumo socialmente responsable. Malala La joven pakistaní Malala Yousafzay, por su parte, es protagonista de una dramática historia. Sus vicisitudes, por muchos conocidas, provocan desconcierto y admiración. Cuando a los 11 años empezó a escribir bajo pseudónimo un blog para la BBC en el cual contaba su vida en el norte de Pakistán bajo un régimen fundamentalista islámico afín a los talibanes y opuesto a la escolarización de las niñas, Malala se convirtió en blanco de éstos. Abordada en 2012 junto a dos compañeras en el autobús escolar, le dispararon en repetidas ocasiones con una pistola y quedó gravemente herida en el cráneo y en el cuello, por lo que tuvo que ser intervenida quirúrgicamente en Inglaterra, lo que le permitió sobrevivir, convirtiéndose en un símbolo de la capacidad para reaccionar ante la adversidad y de compromiso por la causa de la instrucción de los niños y niñas del mundo, un derecho inalienable. Malala no ha podido regresar a su país, donde está amenazada de muerte, pero ha seguido trabajando por la causa de la escolarización infantil. Su intervención en la ONU el año pasado a este respecto fue conmovedora. Esta muchacha pakistaní es hoy la ganadora más joven de un premio Nobel, superando el récord que estableció hace un siglo, en 1915, Lawrence Bragg, que obtuvo el premio Nobel de Física cuando tenía 25 años. Muy significativas son las palabras que explican la motivación del premio: «No obstante su joven edad, Malala Yousafzay ya ha combatido durante varios años por el derecho de las niñas a la enseñanza, y ha mostrado con su ejemplo que los niños y los jóvenes pueden ayudar a cambiar su situación, cosa que ha realizado en las circunstancias más peligrosas». «Con su lucha heroica se ha convertido en una importante portavoz del derecho de las niñas a ser instruidas». La ganadora más joven de la historia de un premio Nobel recibió la noticia cuando estaba, como todas las mañanas, en una escuela de Birmingham (Inglaterra), ciudad en la que reside desde su operación. Esta adolescente pakistaní se ha convertido en una activista reconocida a nivel internacional, que ya ha recibido decenas de premios y reconocimientos, entre ellos el Premio Sajarov para la Libertad de Conciencia 2013, que otorga el Parlamento Europeo, y ahora el Nobel, que Malala asegura «no merecer, pues aún no he hecho bastante».


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