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Junio - 2008


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El Papa y los americanos

Emilie Christy


Viaje a Estados Unidos Benedicto XVI visitó Estados Unidos en abril. En el centro de su agenda, una intervención ante la Asamblea General de La ONU.

La actitud de los americanos ante la visita del papa Benedicto XVI muy bien podría haberse definido como inquietud esperanzada. Y luego, lo que vieron fue a alguien que escuchaba con compasión y quería entender a fondo los problemas y necesidades del pueblo americano: sobre la educación, sobre el miedo al terrorismo, la pobreza, los jóvenes, las familias, el materialismo, el relativismo... En todas estas cuestiones ha podido entrar el Papa porque se ha reunido con pequeños grupos, incluso con las víctimas del escándalo de la pederastia y los familiares de las víctimas del 11 de septiembre. “Los americanos se han dado cuenta de que no es uno que les habla desde arriba, sino que los trata como adultos, porque entiende que el hombre de hoy debe afrontar planteamientos vitales muy duros y no tiene respuestas simples ni fáciles”, ha dicho Mary Ann Glendon, embajadora de Estados Unidos ante el Vaticano y profesora del la Universidad de Harvard. El Santo Padre se encontró a propósito con grupos pequeños para poder interactuar con cada persona: las miró a los ojos, estrechó sus manos, acarició sus rostros, sintió sus penas y sus alegrías. Alguien me llegó a decir: “el Papa ha mirado de frente el dolor cuando se ha reunido con las víctimas de los abusos sexuales”. Ahí surgieron relaciones personales, de corazón a corazón, de persona a persona. Otro comentario oí: “Cuando el Papa me ha mirado, me he sentido mirado por Jesús mismo y bendecido para toda la vida”. Creo que muchas personas han descubierto su identidad católica por el hecho de haberse sentido un “tú” en la relación con el vicario de Cristo. Tras el acto solemne de oración que tuvo lugar en la Zona Cero, donde ocurrió el desastre del 11 de septiembre, se podían oír comentarios de este tipo: “Mi hijo murió aquí y su cuerpo nunca fue hallado. Éste es su cementerio y hoy el Papa ha bendecido este camposanto”; “Aquí rezaremos por una conversión de amor, especialmente por aquellos que se consumen en el odio”; “Somos un pueblo de Pascua que vive en un mundo de Viernes Santo”. El papa Benedicto fue más allá de las tradiciones religiosas y culturales cuando hizo su invitación al diálogo. Con este gesto llegó al corazón de cada persona, tanto las que fueron a verlo de cerca como los que lo siguieron por televisión, radio, prensa o internet. Un personaje destacado, como es el gobernador de Nueva York, dijo al respecto: “Cuando estaba con él me sentía como si ya lo conociera (...) Existe una separación entre la Iglesia y el Estado, pero no puede haber una separación entre la Iglesia y el espíritu mientras cumplimos nuestros deberes”. Y es muy significativa la impresión de un joven anónimo que dice: “No hace falta acercarse al Papa para sentir que te toca”. Y otro: “Notas que emana de él una energía, una paz, una calma que alivia el mundo complicado en el que vivimos”. Otros jóvenes, desde en medio de la multitud, gritaban: “¡Somos operarios del mundo unido contigo!”. Y el Papa: “Sí, sí”. En medio de esa multitud los movimientos y comunidades eclesiales daban su propia aportación, y los Focolares se dejaron ver. Con un poco de nostalgia, la gente agitaba con energía las banderitas blancoamarillas mientras le cantaban un adiós a este padre tan amado que ha creado entre todos un cuerpo unido de creyentes, hermanos y hermanas en la única familia de Dios. RECUADRO Valiente, cercano, portador de esperanza Primero expectativa, luego entusiasmo y al final la fe renovada en Cristo. Ceo que ésos han sido los sentimientos de los católicos estadounidenses en la reciente visita de Benedicto XVI a EEUU. He podido vivirla de cerca, traduciendo al Papa para una televisión católica, lo cual me ha permitido participar desde dentro en el periplo papal. Y me resulta chocante cuán sesgada y aleatoria ha sido la información sobre el evento en distintos medios a lo largo de la semana del 15 al 20 de abril. Es verdad que todo se ve según el cristal con que se mira y también mi impresión será subjetiva, pero quisiera contarla. ¿Y qué he visto? Un papa valiente, que no ha tenido reparos en pedir perdón por unos pecados ajenos ni en condenar con firmeza, en toda ocasión que se terciaba, las faltas cometidas en nombre de la Iglesia. Y es que América tenía necesidad de esta sanación. El Papa ha llevado el evangelio de la esperanza al nuevo mundo, haciendo gala del lema de este viaje apostólico: “Cristo, nuestra esperanza”. Ha hecho historia con su cercanía, con su plegaria, con sus gestos agradecidos por el calor de la gente, católicos o no, y hasta sus silencios y sonrisas conmovidas eran elocuentes. Ha confirmado a todos en la fe para seguir siendo esa Iglesia vital, pulsante y libre de los condicionamientos de la vieja Europa, y que tanto bien ha hecho a este pastor universal. No sería capaz de señalar un discurso como el más destacado, pues en cada uno de ellos había una interpelación y un desafío para seguir adelante, para estrechar la unidad entre todos o para responder a los acuciantes problemas que vive el hombre de hoy. Pero si tuviese que elegir una alocución del Santo Padre, obviamente sería la que tuvo lugar ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, por el inigualable servicio a la paz, en el marco de la celebración del 60º aniversario de la Declaración de los Derechos del Hombre. Es un mensaje en el que ha evitado enumerar los padecimientos de muchos pueblos del planeta, que conocemos de memoria, prefiriendo poner el acento en la defensa del derecho natural de la persona. Ha subrayado por activa y por pasiva que las naciones tienen el deber de proteger y promover estos derechos, poniendo énfasis en la “regla de oro” de la convivencia de los pueblos: “No hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti”, una regla que en modo alguno varía por mucha que sea la diversidad entre las naciones, las culturas, las razas o las religiones, ha dicho el Papa. Pero lo que no ha expresado en sus quince homilías ni en las ruedas de prensa, lo han recogido las cámaras, como la imagen del pontificado del papa Ratzinger: la conmovedora plegaria en la “zona cero”. Digo conmovedora porque las cámaras grabaron a un papa arrodillado en profunda oración pidiendo por las víctimas y los familiares de aquel terrible 11-S e impetrando la paz para las naciones. Ciertamente, ha sido el viaje más importante de este corto pontificado. La elevada estatura espiritual de Benedicto XVI se ha agigantado y nos ha demostrado que, después de un papa arrollador, carismático y peregrino como fue Juan Pablo II, ha sabido tener imaginación, creatividad y cercanía, y sobre todo ha infundido esperanza, no sólo a EEUU sino a la humanidad entera. Ese “¡Dios bendiga a América!” que utilizó en dos ocasiones podría transformarse en “¡Dios bendiga a todos los pueblos!” porque en esos días todos hemos sido América. Beatriz Marchetti


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