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Noviembre - 2014


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El valor del trabajo

Isaías Hernando


Muchas personas quieren trabajar y no pueden, mientras muchas otras se ven obligadas a trabajar cada vez más.

El trabajo en España presenta en estos tiempos su cara más dura y difícil. Se ha convertido en motivo de sufrimiento para millones de personas que, queriendo trabajar, no pueden hacerlo, y para millones de personas que ven cómo sus condiciones laborales se hacen más precarias. La experiencia del trabajo tiene por naturaleza, desde que el hombre es hombre, una dimensión de cansancio y esfuerzo –«Con el sudor de tu frente comerás el pan» (Gn 3, 19)–, pero hoy no es ésa la principal herida del trabajo, sino un sufrimiento añadido que se puede y se debe evitar. En muchos casos, el trabajo ha quedado reducido a mercancía al servicio de la obtención de rentas, y los trabajadores reducidos a “recursos humanos” que pueden ser manejados a base de palo y zanahoria (léase control e incentivos). Una visión triste, pobre y pesimista del trabajo y los trabajadores que, no nos engañemos, es la que se encuentra detrás de las sucesivas reformas del “mercado” laboral que hemos aplicado y que al menos deberían haber aumentado significativamente el número de puestos de trabajo. Pero no ha sido así. Formas más humanas y humanizadoras El mundo, más allá de la crisis, está viviendo un momento histórico de transformación profunda de las formas de producción de bienes y servicios. Para que estos cambios no deriven en una especie de neo-feudalismo con relaciones de dependencia casi servil, sino en formas más humanas y humanizadoras, son necesarias otro tipo de reformas, que partan de una reflexión profunda sobre la naturaleza del trabajo y, sobre todo, de una visión más positiva del trabajo y los trabajadores. Es necesario recuperar y reivindicar el valor del trabajo desde distintas perspectivas, como distintas son las dimensiones del ser humano. En primer lugar, lejos de cualquier visión romántica, hay que recuperar y reivindicar el valor del trabajo desde el punto de vista más material, como medio de subsistencia y sobre todo de libertad. No está mal recordar de vez en cuando que la riqueza verdaderamente fecunda y compartida, la que crea bienestar personal y social, es la que nace del trabajo y no de las rentas financieras. Pero además, el salario justo es un medio fundamental para evitar la dependencia y el asistencialismo, para no depender de ningún “señor”. Esto ya sería mucho, pero en el trabajo hay más. Es una de las experiencias humanas más profundas e intensas, a la que dedicamos buena parte de nuestra vida. Para algunos incluso es una vía privilegiada de acceso a la realidad. En su obra «A la espera de Dios», Simone Weil escribía: «El trabajo físico constituye un contacto específico con la belleza del mundo e incluso, en los mejores momentos, un contacto de tal plenitud que no puede encontrarse nada parecido en otro lugar». El trabajo bien hecho Sin necesidad de ponernos filosóficos, podemos recuperar también el valor del trabajo como expresión de una vocación civil. Hoy a nuestros jóvenes cada vez les cuesta más elegir los estudios previos al ejercicio de una profesión o de un oficio. Detrás de este hecho hay sin duda una excesiva influencia del “mercado” y también una excesiva lejanía entre el trabajo y la educación, dos mundos que deberían alimentarse recíprocamente. Es muy difícil acertar en la elección de una profesión que no se conoce o de la que se tiene un conocimiento muy superficial. Al mismo tiempo, el trabajo suele suponer el fin de la adquisición de nuevos conocimientos, más allá de la formación útil para el desempeño del propio trabajo, algo que no deja de ser una pérdida. Pero como en esta vida no siempre se puede hacer lo que a uno le gusta, es importante recuperar y reconocer también el valor intrínseco del trabajo bien hecho, aun en circunstancias negativas o difíciles y aunque sólo sea porque nuestro trabajo dice mucho de nosotros mismos a los demás. Sobre todo, esa parte fundamental del trabajo que va más allá del contrato (la libertad, la creatividad, el entusiasmo…) y que las empresas no pueden comprar, aunque lo intentan. Poner un límite al trabajo Otro aspecto a reivindicar es el valor de poner un límite al trabajo. El trabajo es una experiencia humana fundamental, pero si es la única, se convierte en esclavitud. Y ésta es una de las paradojas del mercado de trabajo actual, donde hay muchas personas que queriendo trabajar no pueden hacerlo, pero también hay muchas personas obligadas a trabajar cada vez más y sin horarios, sacrificando la vida familiar y personal. Y por supuesto, no se puede olvidar el valor del trabajo como piedra angular de la democracia, algo que se nos olvida con demasiada frecuencia. Podemos y debemos preguntarnos si una sociedad con una tasa de paro media del 24%, una tasa de paro juvenil superior al 50% y unos niveles altísimos de precariedad puede decir que tiene al trabajo como piedra angular; y si es sostenible a medio y largo plazo. La cuestión es importante, porque las comunidades humanas que no se basan en el trabajo, suelen hacerlo en rentas y privilegios, que no son precisamente muy democráticos. No hay muchas alternativas. Tal vez haya llegado la hora de inventar nuevas fórmulas de distribución del trabajo que lo sitúen de verdad como pilar de la vida social y reconozcan todo el valor (no sólo el económico) que tiene, incluso como expresión de amor social. Para que todas estas inquietudes, compartidas por muchos, no se queden en eso, en inquietudes, todas las personas interesadas en debatir estas cuestiones, a partir de la experiencia de la Economía de Comunión, tienen la posibilidad de hacerlo del 28 al 30 de Noviembre de 2014 en Las Matas (Madrid) en un congreso organizado conjuntamente por la Economía de Comunión, Humanidad Nueva, Movimiento Político por la Unidad y Fundación Igino Giordani . Para más información: www.economiadecomunion.org


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