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Mayo - 2014


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El pintor de lo invisible

Clara Arahuetes


El griego de Toledo Museo de Santa Cruz - Toledo Hasta el 14 de junio

Recorriendo los distintos lugares donde trabajó El Greco, podemos seguir sus pasos y admirar la obra del cretense que todavía hoy sigue fascinándonos con su pintura. Este año celebramos el IV centenario de su muerte y Toledo es el centro de la conmemoración. Entre las muchas actividades dedicadas al pintor, destaca la exposición «El griego de Toledo. Pintor de lo visible y lo invisible», en el Museo de Santa Cruz, que se completa con los cinco «Espacios Greco»: la sacristía de la Catedral, la Iglesia de Santo Tomé, la Capilla de San José, el Convento de Santo Domingo el Antiguo y el Hospital Tavera; además del Santuario de la Caridad, en Illescas. Hoy se conocen más de 500 documentos, además de unas 20.000 palabras escritas por El Greco en los márgenes de sus libros y en cartas. Tenía una personalidad muy fuerte y aunque de algún modo se adaptó a la tradición española, nunca habló bien el castellano y firmó siempre sus obras en griego. En lo artístico, impuso un lenguaje único en su manera de pintar. Doménikos Theotokópoulos nació en 1541 en Candía, Creta. Se formó como pintor en la tradición de los iconos bizantinos y a la vez fue asimilando, a través de los grabados italianos, algunas fórmulas del Renacimiento italiano. Siguió su formación en Venecia en 1566 y allí inició la transformación de su pintura, experimentando con la perspectiva, los fondos arquitectónicos y el color que aprendió de los pintores venecianos. Viajó a Roma en 1570 recomendado al Cardenal Farnesio por Giulio Clovio. Por las anotaciones que hizo el Greco en un libro de Vasari, conocemos sus opiniones sobre los artistas del Renacimiento. Admiraba a Miguel Ángel como arquitecto, escultor y dibujante, pero decía que su pintura al fresco no podía alcanzar los grados de naturalismo, las luces y sombras que se conseguían con el óleo. Quizás por esta opinión fue expulsado del palacio del cardenal, a quién escribió exigiendo ser admitido de nuevo. Sus amigos españoles le aconsejaron ofrecer sus servicios a Felipe II para trabajar en El Escorial y realizó el Martirio de San Mauricio, que no gustó al rey. En 1577 El Greco llegó a Toledo. El deán Diego de Castilla le encargó tres retablos para Santo Domingo el Antiguo, donde por primera vez pudo aunar sus habilidades como pintor, arquitecto y escultor. A la vez realizó El Expolio para la catedral. En Toledo se aleja del naturalismo para construir sus propias realidades pictóricas. El artista era un humanista y conocemos su pensamiento teórico por las anotaciones que hizo a los libros de Vasari y Vitruvio. En el diseño de retablos para sus lienzos, como los de la capilla de San José y el Hospital Tavera, participaron además carpinteros, arquitectos, doradores, escultores. Aún podemos contemplar su capacidad de crear en estos espacios, que muestran la importancia que el artista daba a la unidad de las artes. A partir de 1590 el pintor transmite en sus obras la interacción entre el mundo real y el espiritual creando una estética que transforma lo visible a través de formas estilizadas, de la falta de perspectiva y de la relación entre luz y sombra. Decía que «lo importante son las sombras que descubren el todo». En sus obras aparece la presencia de lo divino, de lo invisible en lo visible. Sus figuras a veces muestran escorzos inverosímiles, para los que utilizaba, como los venecianos, figuritas de cera o arcilla que le permitían estudiar la forma y las luces y sombras. En los retratos, no sólo las asimetrías contribuyen a la sensación de realidad y movimiento, sino que sus pinceladas consiguen crear la impresión de vida. Al final de su vida El Greco pinta la Adoración de los Pastores para su propia tumba en Santo Domingo el Antiguo, y se retrata en uno de los pastores. El artista murió el 7 de abril de 1614. Paravicino, su amigo teólogo, no se equivocaba al afirmar: «Generaciones futuras admirarán su genio, pero nadie lo igualará». Clara Arahuetes clara.arahuetes@telefonica.net


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