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Cultura de la Unidad
Mayo - 2014


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No cansarse de volver a empezar

Javier Rubio


Donarse a Dios y esperar a que te sorprenda. Un episodio en la vida de Vicente Correa.

A 4.300 metros de altitud la temperatura por la noche puede bajar incluso hasta 20º bajo cero. Cinco mantas no son suficientes; además, una hay que ponerla encima del colchón para amortiguar el frío que llega por debajo. Y por supuesto, aquí no hay ni calefacción ni agua caliente. Estamos en Caylloma, una pequeña localidad del Departamento de Arequipa, en el sur de Perú, que debe su existencia a unas minas descubiertas a mediados del siglo XVI. Encaramada en la cordillera andina, la población de Caylloma es en parte de habla hispana y en parte de habla quechua o aimara. Llegar hasta aquí no es fácil. La carretera desde Arequipa hasta Chivay, unos 160 kilómetros, está asfaltada, aunque es generosa en curvas. Pero luego ya no hay carretera, sino otros 100 kilómetros de pista que en época de lluvias y con las nevadas se torna intransitable. En total, unas seis horas en autobús. ¿Qué hace aquí Vicente? Este canario, que ahora vive en Granada, se había unido a otros tres miembros de los Focolares, uno llegado desde Italia, otro de Bogotá y otro de Lima, para echar una mano en varias Mariápolis que se llevarían a cabo en Perú. En la que se realizó en Arequipa conocieron a tres jóvenes, dos chicos y una chica, que habían ido precisamente de Caylloma. «Tal fue la confianza que depositaron en nosotros –dice Vicente– que se hizo necesario ir a visitarlos, estar unos días con ellos y aprender de ellos». Apenas fueron tres días, peros cargados de contenido. Justo eran las fiestas del pueblo y durante toda la semana en el colegio llevan a cabo actividades asociadas a las fiestas. Y allí se van los visitantes acompañados por Severo, el padre de uno de los chicos que había participado en la Mariápolis. Todos los alumnos están tomando parte en una especie de competición de gastronomía, así que se unen a ellos y quedan admirados por su capacidad de trabajo en equipo. Cada clase prepara de una manera muy artística los platos a degustar. Vicente, que precisamente se dedica a la docencia, ve en todo esto «algo muy educativo». Al día siguiente vuelven al colegio; tocaba decorar las aulas, también en plan concurso y también en equipo. Por último, el viernes se levantan a las cinco de la madrugada para ir al campo a recoger leña en un camión que costean entre todos los alumnos. La leña serviría para hacer la hoguera la víspera de la fiesta. ¿Mero turismo? ¿Sólo folclore? En realidad se trata de entrar en la piel del otro, de «hacerse uno», y esperar la ocasión para presentarse. Y la ocasión se dio: «Tuvimos dos momentos –cuenta Vicente– para tratar algunos temas que les podían interesar, como el Proyecto DAR y el Arte de Amar, tal y como lo presenta Chiara Lubich: amar a todos, ser el primero en amar, amar al enemigo, ver a Jesús en cada uno, etc.». La última tarde acudieron unos veinte alumnos interesados en la iniciativa «Colorear la ciudad». Se trata de una propuesta de los chicos de los Focolares consistente en identificar los «rincones oscuros» de la ciudad y hacer algo para «darles color». O sea, actividades de carácter social. Aquí, en Caylloma, este puñado de muchachos está dispuesto a poner manos a la obra. «Si tienen continuidad, puede ser una forma de resolver algunos problemas en el pueblo», dice Vicente. Y añade con satisfacción: «Fuimos con la idea de llevar la novedad del Evangelio y nos encontramos a hermanos y hermanas que ya lo ponían en práctica. Así que aprendimos también nosotros: su forma concreta de amar a los demás, de trabajar en equipo, de esforzarse en vivir por el grupo... Sí, era preciso hacer este intercambio y aprender unos de otros». Cabe hacer un apunte sobre las motivaciones que impulsaron a estas cuatro personas y a muchos otros miembros de los Focolares que realizan experiencias similares a desplazarse por un tiempo a miles de kilómetros de distancia. Cada uno de ellos vive la espiritualidad de la unidad en sus respectivos lugares de residencia, pero están dispuestos a ofrecer el tiempo de sus vacaciones con el fin de formar «focolares temporales» en lugares donde no los hay, siempre con la finalidad de difundir la espiritualidad de la unidad y de echar una mano en las actividades que hayan sido programadas. «Hace ya 41 años –explica Vicente– dejé mi familia, lo dejé todo porque comprendí que me sentía llamado, que Jesús me invitaba a facilitar su presencia en medio del mundo. Es como darle la posibilidad de ser Él mismo quien llegue al corazón de cada persona». ¿Cómo? Lo dice el Evangelio: «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20). «Todos los cristianos estamos llamados a tener a Jesús en medio de nosotros –concluye Vicente–, pero a mí me lo pedía de forma especial. El reto es conseguir mantener esa llama encendida durante las veinticuatro horas del día. Es verdad que todos tenemos muchos fallos, pero lo importante es no cansarse de volver a empezar cada vez».


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