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Mayo - 2008


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Modigliani y su tiempo

Clara Arahuetes


Exposición

El recuerdo de Modigliani ha llegado hasta nosotros envuelto en la leyenda; es el prototipo de artista bohemio y vida disipada que renunció a la comodidad para vivir pobremente en Montparnasse. París era el centro artístico de las primeras décadas del siglo XX, allí confluían todos los que se dedicaban a la creación: pintores, escultores y escritores buscaban la inspiración reveladora que les abriera las puertas a la eternidad en la memoria de los hombres. Modigliani llegó a la ciudad del Sena en 1906 buscando las novedades artísticas que allí se producían constantemente. Un año antes escribió a su amigo, el artista Oscar Ghiglia: «La Belleza exige dolorosos sacrificios que, en contrapartida, engendran las obras supremas del alma…». Estas palabras parecen una premonición de lo que sería su vida, marcada por la pobreza, la enfermedad, el alcohol y las drogas. Acabó deshaciéndose de sus obras y vendiendo sus dibujos al mejor postor para sobrevivir. El artista se empeñó en crear nuevas formas de belleza, un concepto tabú en la época que le tocó vivir. Modigliani busca su propio lenguaje y consigue un estilo inconfundible que construye con un conocimiento indiscutible de los maestros del Renacimiento, pero también del arte de las vanguardias de su tiempo. Admirado por el público, y no tanto por la historiografía académica del arte del siglo XX, su obra no se ajusta a los moldes que definen los ismos. Aunque estuvo en contacto con los movimientos de la vanguardia, no militó formalmente en ninguno. Y para los académicos, que valoraban la ruptura con lo establecido, Modigliani no fue suficientemente vanguardista. Se le puso la etiqueta de perteneciente a la “Escuela de París”, que engloba a los artistas que no encajan en ningún grupo. En los últimos años se han hecho nuevas lecturas del arte de las vanguardias, valorando a los creadores que no formaron parte de las tendencias de principios de siglo (impresionismo, cubismo, futurismo, fauvismo…). También la figura de Modigliani, con su radical independencia de las directrices de la época, ha sido objeto de estudio y de numerosas exposiciones en toda Europa. La muestra organizada por el museo Thyssen y por Cajamadrid, hasta el 18 de mayo, estudia la obra del pintor tras su llegada a París en 1906, a través del diálogo con los artistas de su entorno. En la Fundación Thyssen se profundiza en el vínculo del maestro italiano con sus maestros (Toulouse Lautrec, Gauguin, Cézanne, Picasso, Derain y Brancusi), mientras que en Cajamadrid se expone su obra junto a la de sus amigos (Chaïm Soutine, Jacques Lipchitz, Maurice Utrillo, Tsugouharu Forjita, Ossip Zadkine y Moïse Kisling). Modigliani nació en 1884 en Livorno (Italia) y estudió en Florencia y Venecia, donde conoce a los primitivos italianos y a los maestros del Renacimiento. Allí, el pintor chileno Manuel Ortiz de Zárate le habla de los artistas parisinos y lo anima a conocerlos. En París frecuenta a Picasso, André Derain, Apollinaire, Max Jacob, Vlaminck… Contemplar la obra de Modigliani junto a todos estos artistas, protagonistas del arte europeo del siglo XX, permite valorarlo en su justa medida. Las obras reunidas en el Museo Thyssen muestran la búsqueda de un estilo propio, siguiendo el ejemplo de los artistas que había conocido, sobre todo Cézanne. En él vio cómo se podía unir la admiración por los maestros antiguos y un lenguaje plástico plenamente moderno. En Mujer con sombrero, La judía, Retrato de mujer desnuda con sombrero, El violonchelista y Desnudo sentado se aprecian las influencias de Toulouse-Lautrec, Picasso, Cézanne y Ferdinand Holder. Conoce el cubismo de Picasso y descubre el arte africano, que será fundamental para Modigliani, así como también lo fue la amistad con el escultor Constantin Brancusi, que lo animó a practicar la escultura en piedra. En este campo realiza dos prototipos: cabezas y cariátides, inspirados en modelos africanos, asiáticos u oceánicos y también en el arte griego. Se conservan dibujos de esa época en los que se ve además su fascinación por el arte egipcio antiguo y de otras civilizaciones. De 1909 a 1915 se dedicó casi en exclusiva a la escultura, aunque sin dejar de pintar. Pero la tuberculosis le impidió seguir por este camino, debido a la irritación que el polvo de la piedra causaba en sus pulmones. Sin embargo su labor como escultor influye en su obra posterior y será definitiva en la formación de su estilo pictórico. La escultura y su fascinación por Cézanne, Gauguin y también por Ingres le enseñaron a utilizar la línea de forma radical. De esta experiencia surgen dos modelos característicos que lo han hecho famoso: el retrato y el desnudo. El retrato se convierte en su medio de subsistencia; con él se acerca a la realidad que le rodeaba. Pintaba a los clientes de los cafés de Montparnasse y vendía los dibujos para poder comer al día siguiente. Más adelante consigue la síntesis entre la línea y el volumen plástico; en el característico alargamiento de las figuras se puede ver la influencia del manierismo; Botticelli y Parmigiano fueron sus referentes. Destacan los retratos de Anna Zborowska, Diego Rivera, Juan Gris, el escultor Max Jacob, su compañera Jeanne Hébuterne y su propio retrato. En los desnudos femeninos sigue la tradición de las figuras recostadas que inició Giorgione en el siglo XVI, aunque utilizando un lenguaje moderno y empleando un punto de vista muy cercano, casi fotográfico. Utiliza la línea como elemento expresivo y la mirada con los ojos vacíos que aumenta el ensimismamiento de la mujer representada, dándole un aire ausente, a lo que contrapone las curvas ondulantes de la Venus clásica. Todas estas características convierten sus desnudos en iconos que identifican su obra. La única exposición monográfica del pintor en vida se realizó en 1917, en la Galerie Berthe Weill. El mismo día de la inauguración, la policía cerró la muestra porque uno de los desnudos expuesto en el escaparate era motivo de escándalo. Junto a Jeanne Hébuterne, una joven estudiante de pintura, se traslada a Niza en 1918 ante la amenaza de los alemanes en París; allí nace su hija Jeanne. En este lugar pinta algunos paisajes a la manera de Cézanne, Braque o Derain, dotados de un aire melancólico. Se expone al lado de Paisaje en Cannes, de Modigliani, obras de Soutine, las vistas urbanas de Maurice Utrillo, o las fantásticas y oníricas imágenes de Marc Chagall. Junto a sus pinturas vemos las de sus amigos, Moïse Kisling y Chaïm Soutine, Van Dongen, Suzanne Valadon, Marc Chagall, Moïse Kisling y al pintor japonés Tsugouharu Forjita. Los diferentes estilos muestran la rica variedad del arte parisiense de las dos primeras décadas del siglo XX. La exposición se cierra con una sala dedicada a las fotografías del artista y de los lugares en los que vivió. Modigliani muere el 24 de enero de 1920. Dos días después Jeanne se suicida.


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