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Mayo - 2014


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Dos caricias de Dios para el siglo XX

Manuel Mª Bru Alonso


Dos personalidades distintas, dos hombres excepcionales que cambiaron la Iglesia y el mundo.

Tanto en la historia humana como en la de la Iglesia, la providencia divina de vez en cuando manda a este mundo ángeles y profetas. Los primeros parecen bendecidos por una bondad natural absolutamente sorprendente, y aunque no lleven alas, son verdaderos mensajeros de Dios que le devuelven al mundo la fe en el hombre, y lo hacen renacer. Los segundos son valientes, personalidades hechas a base de golpes, y en ellos parece que el mensaje que Dios nos manda es que en medio del sufrimiento y de la dificultad, el hombre puede cambiar el mundo. Dos caminos convergentes hacia un mismo fin: devolverle al mundo la esperanza. Así fueron María y Pedro, Juan Evangelista y Juan Bautista, Francisco de Asís e Ignacio de Loyola. Y Juan XXIII y Juan Pablo II. Un ángel el primero, un profeta el segundo, dos caricias de Dios para el siglo XX. El párroco del mundo Decía el escritor Jesús Iribarren que si Pío XII era «un hombre moderno», Juan XIII fue «un hombre»: «A Pío XII le miraban los cultos con los ojos abiertos; a Juan XXIII le escuchaban los sencillos con los ojos húmedos». Apenas tres meses después de su elección, en 1959, Juan XXIII anunció la convocatoria de un concilio ecuménico pastoral y la reforma del Derecho Canónico. Cabe destacar tres de sus ocho encíclicas: Mater et magistra, sobre los problemas sociales, Paenitentiam agere, sobre la preparación al Concilio Vaticano II, y Pacem in Terris, sobre la paz. Juan XXIII pasó a la historia como todos lo consideraban ya en vida: «el Papa bueno». Más allá de habernos librado de una posible III Guerra Mundial convirtiéndose en el verdadero freno a la Crisis de los Misiles en Cuba o de habernos regalado la doctrina más sublime sobre la paz entre los hombres y los pueblos, Juan XXIII fue un «niño evangélico», que no hizo caso de los consejos llenos de prudentes cálculos humanos de tantos y convocó el Concilio Vaticano II, porque en la Iglesia hacía falta que entrase aire fresco. Hizo falta alguien como él, que veía a Dios en los ojos de cualquier ser humano, para que la Iglesia, tras él, diera el gran salto de reconocer que, precisamente en Cristo y por Cristo, el hombre es su norte, a quien servir hasta desvanecerse. El obispo más joven de Polonia Karol Wojtyla aprendió desde niño a abrazar el dolor. A los 9 años murió su madre al dar a luz a una niña que murió antes de nacer. Años más tarde fallecieron su hermano y su padre. Descubrió en un primer momento su vocación como literato y dramaturgo, pero pronto entendió que Dios lo llamaba al sacerdocio. Poco antes de decidir su ingreso al seminario trabajó duramente como obrero en una cantera. Él mismo decía que esta experiencia le ayudó a conocer de cerca el cansancio físico, así como la sencillez, sensatez y fervor de los trabajadores. Durante los años de la II Guerra Mundial tuvo que vivir oculto junto con otros seminaristas, y con 26 años fue ordenado sacerdote. Se doctoró en Teología con una tesis sobre San Juan de la Cruz y en Filosofía con una tesis sobre la ética de los valores. Con 38 años se convirtió en el obispo más joven de Polonia. En el Concilio Vaticano II participó activamente en la elaboración de las constituciones sobre la Iglesia Lumen Gentium y Gaudium et Spes, en las que dejo su huella inconfundible. Promovió el apostolado juvenil, construyó templos a pesar de la fuerte oposición del régimen comunista, y se volcó en la promoción humana y religiosa de los obreros. Juan Pablo II, el magno Si al morir en 1978 Pablo VI, que lo había creado cardenal, fue elegido papa Albino Luciani con el nombre de Juan Pablo I, al morir éste a los 15 días, sería elegido el cardenal de Cracovia, rompiendo con la tradición de más de 400 años de elegir Papas de origen italiano. En su primera audiencia, Juan Pablo II reconoció que no le preocupaban ni la prensa, ni los idiomas ni los grandes problemas internacionales: «He visto que un Papa no es bastante para abrazar a cada uno. Sin embargo, no puede haber más que un Papa y no sé cómo multiplicarlo». Ése fue su único “problema” durante veintisiete años de pontificado, aunque cambió la historia del mundo al propiciar la caída del muro de Berlín que dividía el mundo en tres, y aunque intentaron matarlo varias veces por ello. Juan Pablo II podría aparecer en el libro Guinness de los récords: casi un centenar de viajes fuera de Italia, muchos de ellos a más de cinco países a la vez, con un recorrido equivalente a treinta veces la vuelta a la tierra. Nadie como él ha realizado en la historia de la Iglesia tantas canonizaciones. Y su magisterio también marca récords: trece encíclicas, más de ochenta exhortaciones y cartas apostólicas, miles de mensajes. Siguió muy personalmente a los nuevos movimientos y comunidades eclesiales, y se convirtió en el hombre que más personas ha congregado de la historia con sus jornadas mundiales de la juventud. Cuatro grandes pilares Un magisterio el de Juan Pablo II sustentado en cuatro grandes pilares –dignidad humana, verdad, solidaridad y nueva evangelización–, que podemos vincular a cuatro grandes encíclicas: Redemptor hominis, Veritatis splendor, Centesimus annus, y Redemptoris missio. Decía Chiara Lubich que Juan Pablo II amaba porque era libre: «Libre de esquemas preestablecidos, libre de abrazar a todos los hombres, libre al mismo tiempo de dirigirse con firmeza a un solo joven como a grupos o pueblos de cada raza y religión, tanto a los pobres como a los ricos, para indicarles el camino evangélico que realice en toda la humanidad la civilización del amor». El escritor chileno Joaquín Alliende, por su parte, afirmaba que si todos los papas son providenciales, algunos, como Juan Pablo II, además son excepcionales. Y tanto el sabio y humilde papa Benedicto XVI como Francisco, el papa de la «Iglesia en salida» (EG 20-24), han bebido de un ángel llamado Angelo y un profeta llamado Karol, testigos antes que maestros, así como de Pablo VI, a quien no tardaremos en ver subir a los altares.


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