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Mayo - 2008


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Me abrieron expediente

Javier Rubio


De la vida misma. En situaciones difíciles, como la de quedarse sin trabajo, es cuando los miembros de una familia tienen que demostrar que son una piña.

Lo que no se comunica no existe. Así se podría resumir las filosofía que sustenta la sociedad de la información en medio de la cual vivimos. Por eso mismo Angelines y Francisco se han decidido a contarnos algunos retazos de su vida, cosas sencillas que hace tiempo vivieron juntos con toda la familia. Hoy nuestros personajes ya están jubilados, aunque no paran. Tienen siete hijos y un puñado de nietos. Dicen que, cuando conocieron el Movimiento de los Focolares, una de las ideas que más les entró, quizás porque su propia experiencia lo corroboraba, es que la vida tiene dos caras: «Nos dimos cuenta de que nuestra vida debería ser como una moneda, que por una cara tiene el Amor de Dios y por la otra hágase tu voluntad». Amor y dolor. Así lo entendían y con esa clave trataban de interpretar todo lo que les ocurría. «Unas veces lo conseguíamos; otras lo dejábamos para otra ocasión –dicen–, pero en el fondo eso era lo que queríamos vivir a título personal y en el conjunto de la familia”. En cierta ocasión, una circunstancia laboral de Francisco, que trabajaba en una empresa del medio audiovisual de ámbito nacional, provocó un pequeño terremoto familiar. «Me ordenaron la realización de un montaje cinematográfico –cuenta Francisco– para una campaña política que, entre otras cosas, defendía el aborto. Como yo no estaba de acuerdo, en principio manifesté mi negativa a participar en ese trabajo». «Cuando llegó a casa esa tarde –añade Angelines– nos contó a mí y a los chicos lo que le habían pedido en el trabajo, y dijo que, si quería vivir el Amor de Dios, no podía participar en el montaje de ese espacio político». Pero además, Francisco, que le gusta coger el toro por los cuernos, anunció que, si se mantenía en sus trece, la cosa podría llegar a tener consecuencias no deseadas. Quizás no pasase nada, pero también podría currir que le abriesen un expediente disciplinario, e incluso despedirlo. En situaciones como ésta es cuando los miembros de una familia tienen que demostrar que son una piña. Recuerda Angelines: «Nuestros seis hijos tenían entonces entre 10 y 19 años. El séptimo aún no había nacido. Como queríamos vivir todos juntos el ideal de Dios Amor, lo animamos a que siguiera adelante”. Al día siguiente, en el trabajo, Francisco comunicó que él, en conciencia, no podía realizar ese montaje: «Me llamaron de la Dirección y me anunciaron las posibles medidas que se podrían tomar contra mí; que lo pensara muy bien». En aquel entonces no existía el recurso tan habitual hoy de la objeción de conciencia, de modo que no se podía alegar ese motivo para negarse a realizar un trabajo. De todas formas, para Francisco y su familia el asunto no era una mera objeción de conciencia; para ellos era ir contra Dios. Decididamente no podía hacer ese montaje. «Me preguntaron, ya que yo era el responsable de la sala de montaje, que si también me negaba a que otro compañero lo hiciera, y dije que yo no podía negarme por ellos... Me abrieron expediente». Fue el inicio de una serie de dificultades que paulatinamente se plantearon con el puesto de trabajo de Francisco, empezando por que lo postergaron de sus funciones profesionales, lo cual le hizo estar varios años dando paseos por los pasillos. Al final el problema terminó en el juzgado de lo social y la sentencia fue favorable para él: admisión o indemnización. La empresa optó por la indemnización. Al quedarse sin trabajo, después de haber estado tantos años en el mismo, «no fue sencillo salir adelante –recuerda Angelines–, a pesar de que yo también trabajaba. Mi sueldo no daba para cubrir las necesidades de la familia. Él buscaba trabajo, pero a su edad no le era fácil encontrarlo; además, de su profesión no existía otra empresa en la provincia donde vivíamos entonces». Pero, insistimos, en situaciones así es cuando la familia se vuelve una piña: «Todos juntos veíamos las necesidades prioritarias –cuenta Angelines–. Los chicos reducían al máximo sus gastos en los estudios. Él, como estaba en casa, se recorría los mercados y supermercados buscando los artículos más baratos. Al final se ahorraban unas cuantas pesetas que venían de maravilla a fin de mes». Una vez estaba Francisco en la oficina de su mujer esperando a que ella acabara su jornada laboral: «Me encontré un folleto de la Seguridad Social que informaba sobre los trámites y condiciones para obtener una pensión no contributiva por minusvalía. Pensé en nuestro hijo mayor. La solicitamos y al cabo de dos años nos la concedieron con efecto retroactivo a la fecha de solicitud. Fue otro respiro para todos y una seguridad para nuestro hijo». También otro de los muchachos obtuvo una pequeña beca que les supo a gloria. Por otra parte, la gente de los Focolares, conocedores de su situación económica, les hacían llegar de vez en cuando las cosas que necesitaban: ropa de abrigo, alimentos… y sobre todo su unidad. «Eso nos permitía sentir el amor de Dios de una forma muy concreta», dicen. Pues sí, así es cómo se percibe el amor de Dios, gracias al prójimo, que te reubica en el momento presente, el único donde se puede vivir la voluntad de Dios.


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