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Abril - 2014


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Etapa “franciscana” para la Iglesia española

Manuel María Bru Alonso


El mes pasado se renovó la Conferencia Episcopal Española.

El pasado 12 de marzo fue elegido presidente de la Conferencia Episcopal Española monseñor Ricardo Blázquez, arzobispo de Valladolid. Se abre un nuevo camino para esta importante «estructura de comunión» que tienen las iglesias particulares que peregrinan en España. Recordaba el Papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii gaudium que «el Concilio Vaticano II expresó que, de modo análogo a las antiguas Iglesias patriarcales, las conferencias episcopales pueden “desarrollar una obra múltiple y fecunda, a fin de que el afecto colegial tenga una aplicación concreta”. Pero este deseo no se realizó plenamente, por cuanto todavía no se ha explicitado suficientemente un estatuto de las conferencias episcopales que las conciba como sujetos de atribuciones concretas, incluyendo también alguna auténtica autoridad doctrinal. Una excesiva centralización, más que ayudar, complica la vida de la Iglesia y su dinámica misionera» (EG 32). Un encargo para la comunión La Iglesia le encomienda a cada obispo, como sucesor de los apóstoles, que sea pastor, y por tanto garante y difusor de la fe, promotor de la esperanza e impulsor de la caridad en la comunidad cristiana a él encomendada. También se le pide que no ejerza esta misión como “francotirador” ni sólo en comunión efectiva y afectiva con el sucesor de Pedro, sino también con sus hermanos en el episcopado. A tal respecto, el Papa Francisco esta convencido de que hay mucho que aprender de los hermanos ortodoxos y que la colegialidad es aún una asignatura pendiente 50 años después del Concilio que más la promovió (Evangelii gaudium, 246). Ahora que se quiere fortalecer las competencias de las conferencias episcopales, no por centralizar sino para que se dé una mayor colegialidad, conviene recordar que su presidente no es una especie de “gobernador” que pone el Papa para dirigir en su nombre la Iglesia de un país. Cuando un obispo es elegido para presidir una conferencia episcopal (ya sea regional, nacional o supranacional), no se le pide que ejerza este gobierno, de por sí muy diferente al modo de gobernar de este mundo, sobre todas las diócesis participantes en esa conferencia, sino sólo presidir y coordinar en comunión con los demás obispos sus reuniones y asambleas, alentar una pastoral de conjunto para discernir los desafíos comunes de todas las diócesis, y alentar esa comunión en el funcionamiento cotidiano de los diversos órganos, oficinas y comisiones que ejercen ese discernimiento área por área. Por tanto, sin entrometerse en cada iglesia particular –igual que el presidente de una comunidad de vecinos no se entromete en la vida de los hogares vecinales–, su labor consiste en animar la colegialidad de los obispos dentro del conjunto de diócesis que comparten rasgos identitarios comunes en lo geográfico, social, político y cultural. Otra cosa es que, ante la sociedad, y sobre todo ante la opinión pública, el presidente de la conferencia episcopal ejerza una forma de representatividad y liderazgo que permite ponerle rostro y voz a la Iglesia en ese país, tarea que comparte con el secretario portavoz de la conferencia. Y otra cosa es que, a partir de esta imagen pública, él mismo ejerza y los demás obispos le otorguen una autoridad referencial más allá de la estrictamente encomendada. Nuevo estilo, nuevas prioridades «Para presidente de la Conferencia Episcopal –dijo monseñor Blázquez el día en que fue elegido– no hay ni candidatos ni programas. De modo que yo no tengo programa. Sí que deseamos convertir en tema de reflexión para la [próxima] asamblea plenaria las insistencias y las prioridades evangélicas, apostólicas, de cara a los necesitados, que el Papa nos viene mostrando. Lo diseñaremos para entre todos recorrerlo». Si interpretamos estas palabras a la luz de la personalidad y trayectoria del arzobispo de Valladolid, podemos entender que su mandato al frente de la CEE en este trienio estará marcado por su estilo personal y por algunas prioridades. En primer lugar, nos adentramos en una etapa que podríamos llamar “franciscana”, así querida por el conjunto de los obispos y así expresada por esta elección. Tal vez don Ricardo sea el obispo que por su manera de ser más se parece al Papa Francisco. Es todo humildad, mansedumbre, un hombre que escucha más que habla, que siempre da paz. En segundo lugar, se abre una etapa seguramente de menor liderazgo público del presidente de la conferencia –que previsiblemente delegará más en el secretario general y portavoz–, y de mayor iniciativa de sus órganos colegiados y del trabajo de las comisiones, que partirá de una mayor confianza mutua y a la vez redundará en una mayor comunión efectiva. Y sin duda limará las lógicas diferencias de acentos, estilos e ideas del conjunto de los obispos en tantos asuntos que no comprometen la fe. Providencial presidente no para hacer encaje de bolillos, pero sí para crecer en unidad desde la diversidad, por ejemplo en relación con las distintas maneras de entender la unidad y la solidaridad entre los pueblos de España. Y en tercer lugar, por su manera de ser, no le costará nada alentar y mostrar una Iglesia más preocupada por la cercanía pastoral a las personas que por entrar en el debate público en cuestiones morales –sin desdeñar su importancia–, sino, como hace el Papa Francisco, acentuando la esencia y la coherencia de su mensaje profético. Decía monseñor Blázquez el día después de su elección que la Iglesia no va a cambiar su postura en la defensa de la vida, por ejemplo, pero no sólo del no nacido y del enfermo terminal, sino también de las víctimas de la pobreza extrema o de las diversas formas de explotación social. En este sentido, ni buscará titulares ni aprobará una política comunicativa de la Iglesia que acentúe la crispación social y parezca que obedece a compromisos políticos, como gran parte de los obispos que lo eligieron han pedido. Me consta que a don Ricardo no le importa tener un perfil mediático más bajo si es por centrar el mensaje de la Iglesia en lo esencial, que es la fe como servicio a la sociedad: «No es lo mismo la fe que la increencia. Al hombre la fe le hace bien».


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