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Mayo - 2014


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Europa en la encrucijada

Salvador Morillas Gómez


El próximo 25 de mayo se celebrarán en España las elecciones al Parlamento Europeo.

«Europa no es el problema, Europa es la solución». Hasta hace bien poco, nuestros políticos sacaban a relucir esta frase, de indudables reminiscencias orteguianas, que ponía de relieve el grado de europeísmo del que hacían gala no sólo los partidos políticos más representativos, sino la sociedad española en general. El prestigio de Europa y el consiguiente nivel de satisfacción que revelaban las encuestas desde nuestra lejana incorporación a la Unión Europea (UE) el 1 de enero de 1986 –¡hace ya casi 30 años!– era constante. A pesar de algunas voces contrarias, las menos, en España existía un acuerdo generalizado en considerar que la integración dentro de la UE había supuesto más ventajas que inconvenientes y que, en general, dicha incorporación había contribuido a la mejora de nuestra situación económica, política y social. La crisis económica actual, sin embargo, parece haber cambiado esa percepción. El recelo o la indiferencia, cuando no la abierta hostilidad, están generando un crescendo de enfriamiento y hasta insatisfacción que va penetrando ostensiblemente en nuestro tejido social, tan dado a veces a buscar culpas ajenas. Muchos parecen haber olvidado que la integración económica y política que ha supuesto el proceso de unión europea ha sido, sin duda, la mayor conquista política de finales del siglo pasado y comienzos del presente en nuestro continente. El lema oficial de la UE, «unidad en la diversidad», es claramente evidente si lo cotejamos con la realidad de los hechos: 500 millones de personas, 28 estados miembros, una enorme pluralidad de lenguas y culturas confluyen en un destino común que afecta perceptiblemente a cada uno de nosotros en nuestra vida cotidiana. Son innumerables las normas y actos de las instituciones comunitarias que nos afectan directamente: reglamentos de aplicación directa, directivas que orientan nuestra legislación, políticas comunes que afectan a nuestra situación concreta… Se puede decir que la unidad europea es ya un camino seriamente puesto en marcha y transitado, y de muy difícil marcha atrás, ruta hacia una Europa más unida y, esperémoslo también, hacia un mundo más unido. Europa en la encrucijada Del 22 al 25 de mayo próximo están convocadas en toda la UE elecciones al Parlamento Europeo. No parece, sin embargo, que el eco suscitado por las mismas en la sociedad española denote una gran expectación, consecuencia probablemente del enfriamiento al que aludíamos anteriormente provocado por la crisis actual, en la que los ciudadanos habríamos esperado una mayor implicación de las autoridades de Bruselas. El hecho de que muchas de nuestras “apreturas de cinturón” hayan sido motivadas en gran parte por directrices emanadas de la UE han originado que muchos europeístas convencidos tuerzan el gesto, y que hayan evaluado el comportamiento de las instituciones comunitarias no muy benévolamente, teniendo en cuenta que no es el mismo trato el que ha recibido el ciudadano corriente que otras entidades, como las instituciones financieras, por poner un ejemplo. Sea como fuere, Europa se encuentra en estos momentos en una encrucijada. La fuerte crisis social y económica golpea sin piedad a amplias capas de nuestra población, y los ciudadanos exigen a sus políticos, incluidos los comunitarios, soluciones valientes y eficaces. Y que no olviden, añadiría yo, a las clases más desfavorecidas y débiles que sufren con más virulencia los efectos de la crisis actual. En este punto hay que reconocer que no siempre los políticos comunitarios han estado a la altura de las circunstancias. Pero la lectura del vaso «medio vacío» es claramente injusta frente a la del vaso «medio lleno», aun cuando ambas tengan su parte de razón. Si examinamos los logros y el nivel de integración conseguido hasta la fecha, hay más motivos para la satisfacción que para la crítica, al menos en la opinión de quien esto escribe. ¿Cementerio de elefantes? Algunos periodistas parecen empeñados en transmitir la idea del Parlamento Europeo como una especie de «cementerio de elefantes»: diputados bien remunerados pero que cumplen una labor escasamente eficiente o meramente retórica, a los que sus respectivos partidos “aparcan” en Europa para que no estorben. Nada más lejos de la realidad. Las últimas reformas del derecho comunitario europeo, encaminadas a reforzar el poder de co-decisión del Parlamento junto con la Comisión europea, ponen de relieve el cada vez más importante papel de esta institución comunitaria. Basta revisar por encima el elenco de variadísimos temas afrontados por el Parlamento Europeo a 100 días de las próximas elecciones, asuntos de incidencia relevante en nuestra vida cotidiana, para darse cuenta de la importancia de esta institución: aspectos clave de la unión bancaria y de regulación del sector financiero, investigación sobre los esfuerzos de la Troika (Comisión Europea-Banco Central Europeo-Fondo Monetario Internacional) por rescatar a los Estados miembros de la actual crisis económica, legislación sobre el desplazamiento de los trabajadores (ahora tan importante, por ejemplo, para nuestros jóvenes en búsqueda de empleo), normativa sobre seguridad alimentaria, protección de datos, telecomunicaciones, blanqueo de dinero, etc. Por no hablar de actuaciones de amplia incidencia en políticas sociales (piénsese en la votación final pendiente sobre el Fondo para los más necesitados) o incluso la elaboración de declaraciones que, aun no teniendo incidencia directa en las legislaciones estatales, sí contribuyen, sin embargo, a su implementación posterior en las mismas. Es paradigmático a este respecto por su negativa incidencia en la familia el reciente «Informe Lunacek», lamentablemente aprobado, promovido por lobbies que están claramente inspirados en la ideología de género y que se parapetan detrás de la igualdad y no discriminación (ambas categorías políticas ampliamente deseables) para introducir perspectivas que inciden de forma muy negativa en la institución familiar. Participación y voto responsable Por eso el voto informado, consciente y responsable en las próximas elecciones europeas es una obligación moral de coherencia para todos los ciudadanos llamados a las urnas. Más aún para quienes pensamos que el ejemplo europeísta es un botón de muestra de la edificación política de un mundo más unido. Es el momento de poner en acto ese elemento de participación en el que tantas veces se insiste en orden a la construcción europea. El desinterés o la abstención no son buenas respuestas. No hace mucho escribía en estas páginas el destacado europeísta Carlos María Bru pidiendo una mayor implicación en la construcción de la unidad europea, especialmente en los momentos actuales. «La actual crisis económica de origen sistémico –decía– pone al descubierto sus carencias [las de la UE] e incluso el riesgo, si no de ruptura, sí de inanidad. Ahora bien, el lema de la UE es “unidad en la diversidad”, y el deber de los europeos consiste en no desunirnos en la adversidad». Son palabras muy acertadas. Cuando nos preguntamos qué podemos hacer en situaciones como la actual, no quepa duda de que la participación consciente y responsable en este tipo de comicios aporta un grano de arena que contribuye a la construcción de la unidad europea. Novedad importante En estas elecciones se producirá además una novedad importante. El partido o grupo político que gane podrá presidir la Comisión Europea, que es el más alto órgano ejecutivo de gobierno de la Unión. Por eso los partidos “preparan sus armas”, desde los más tradicionalmente europeístas, como democristianos, liberales y socialistas, hasta los más críticos, como Izquierda Unitaria o incluso claramente euroescépticos. No es muy acertado, pues, considerar estas elecciones como algo sin importancia y quedarse en casa, como suele suceder muy a menudo en estos comicios, en los que el grado de abstención suele ser bastante elevado. Tampoco es muy procedente considerarlos como un test interno. El voto de castigo en las urnas, inevitable en épocas de crisis, y por tanto previsible, lleva a veces a soluciones más populistas y callejones sin salida de lo que uno se pueda imaginar. En este punto es importante una buena labor pedagógica de nuestros políticos, y una seria reflexión encaminada a reforzar una institución, la del Parlamento Europeo, que se configura cada vez más como un mecanismo necesario de participación ciudadana en el camino de la unidad de Europa y, por tanto, del mundo.


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