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Cultura de la Unidad
Marzo - 2014


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Una familia para Olivia

Vicente Correa


Seis hijos parecen muchos, pero esta familia ha sabido hacerle un hueco a Olivia.

Sorprendí a Gabri preparando las maletas para irse a Brasil. Su marido, Diego, ya estaba allí colaborando en un proyecto de Salud Comunitaria del gobierno brasileño destinado a los pobres y Gabri, que es profesora, ha conseguido un permiso de unos meses y se ha ido con los niños a mediados de enero pasado. Me viene ahora a la mente aquella joven alegre y profunda que vino con su hermano a un encuentro de los Focolares. Poco después trajo a su novio, Diego. Ambos me dieron la impresión de ser personas de profundas convicciones. Su historia merece ser conocida. «Siempre hemos intentado poner a Dios en el centro de nuestro matrimonio –dice Gabri–. Una de las peticiones que hicimos el día de nuestra boda fue ésta: ”Te pedimos, Señor, que nuestra casa y nuestro corazón estén siempre abiertos a todos”». Esto ocurrió hace 23 años. Hoy su casa está siempre llena de niños, propios y ajenos. «Es que con mucha alegría hemos tenido seis hijos, a contracorriente y a veces soportando la incomprensión e incluso la crítica. Nos sentimos tan amados por Dios que hemos procurado corresponderle siendo generosos». Sus hijos –los conozco desde que eran pequeños– tienen mucha vida social y sus amigos van con frecuencia a jugar a su patio. Eso sí, después de hacer los deberes: «Nuestros hijos saben que los estudios son algo primordial. Para que tengan un ambiente de estudio, apenas vemos la tele; desde luego nunca entre semana. Esto sorprende mucho cuando lo dices, pero como estamos acostumbrados, no nos cuesta. Y lo recomiendo. Dormimos suficientes horas, leemos bastante y nos queda tiempo para muchas cosas. Y por lo que puedo ver a mi alrededor, creo que no nos perdemos mucho». En el año 2006 toda la familia se fue durante unos meses a Honduras, donde Diego colaboraba en un proyecto similar al que ahora se lleva a cabo en Brasil. Los niños tenía entonces entre 3 y 14 años. «Un día –recuerda Gabri– acompañé a Diego al dispensario de las Misioneras de la Caridad. Mientras lo esperaba, entré en el orfanato. Varios niños se me acercaron. Querían tocarme y que yo los tocara, los cogiera... Estaba claro que necesitaban una mamá, y eso es lo que veían en mí». ¿Te habías planteado alguna vez acoger a un niño? «¡Jamás! –exclama Gabri–, es más, no entendía a los que adoptan teniendo hijos. Pero en ese momento comprendí que no se trataba de que yo necesitara un niño, sino que tal vez un niño que me necesitara a mí». Gabri salió de aquel lugar conmovida y enseguida se lo contó a Diego. «Él se quedó sorprendido, pero me dijo que no se iba a oponer». Había que madurar las cosas y no dejarse llevar por los sentimientos. «Tenía mucho miedo –recuerda Gabri– porque una parte de mí decía que era una locura, que si apenas podía con seis, ¿cómo iba a poder con otro? ¿No estaría siendo pretenciosa? En medio de estas dudas, pensé que si acogía o adoptaba a un niño, tenía que ser uno al que nadie quisiera, porque yo ya tenía seis niños sanos y no podía quitarle un niño sano a esas parejas a las que Dios no les ha dado hijos... Lógicamente eso me daba mucho más miedo». Ya de vuelta en España trataron de desechar la idea, sólo que en determinadas ocasiones reafloraba en su conciencia. Al cabo de un año, durante la cabalgata de Reyes, Gabri se fijó en sus hijos: «Viendo cómo aupaban a sus primos para que vieran mejor, pensé que también nuestros hijos tenían mucho que ofrecer». En otra ocasión, durante un viaje a Fátima, le pidieron a la Virgen que los iluminara en ese asunto. Y ahí quedó hasta que Diego fue de nuevo a Honduras a dar unos cursos. «Un sacerdote amigo nuestro al que le habíamos contado nuestra inquietud le habló de “una negrita de año y medio con un gran retraso psicomotor” que necesitaba una madre experimentada y mucho estímulo: “He pensado en vosotros”. Recuerdo la emoción que sentí cuando leí el correo electrónico de Diego: podíamos acoger en casa a Jesús presente en esa negrita con retraso psicomotor. Le dije que fuera a verla, pero él me dijo: “No, tenemos que decidir sin verla. A los hijos no se les escoge, se los acepta como son”. Diego insistió en que debíamos esperar una semana para madurar la decisión. A la semana, dijimos que sí». Olivia, efectivamente, tenía mucho retraso. No se movía de cintura para abajo, no se podía sentar ni tampoco llevarse un trozo de pan a la boca. «En la misma postura en que la dejé la primera noche –recuerda Gabri– se despertó al día siguiente. Era una bolita con unos ojos muy vivos. Toda la familia nos volcamos con ella». Rehabilitación, logopedia y los estimulantes achuchones de sus seis hermanos no dejaban prever cómo iba a evolucionar la niña. Especialmente doloroso fue el día que la neuróloga infantil diagnosticó un grave problema neurológico que iría a peor. Pero el amor hace milagros y, aunque la niña tiene una discapacidad motora (empezó a andar a los tres años y nunca podrá caminar bien del todo), psíquicamente es totalmente normal. Olivia es extremadamente simpática, tiene grandes habilidades sociales y se mete a todos en el bolsillo. «Olivia ha aportado mucho a nuestras vidas. Nos ha acercado a los discapacitados y a los inmigrantes, especialmente a los latinoamericanos y a los de color, a quienes siento como familia por mi hija, que también lo es. Olivia suele saludar a todos los africanos que ve por la calle y ellos le responden, e incluso una vez le regalaron pulseritas». «Desde que Olivia está con nosotros –dice Gabri– estamos más unidos, somos más felices, más buenos. A veces me pregunto: si por un acto de generosidad, Dios ha transformado a la familia, ¿cuántas gracias podemos estar desperdiciando cada vez que no le damos ese uno que nos pide para poder darnos luego el ciento?»


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