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Mayo - 2008


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Año bisiesto, ¿año siniestro?

Miguel Galván


Saber vivir Este año hemos tenido 29 de febrero. Una aparente anomalía que nos ayuda a reflexionar sobre el tiempo y sus trampas.

¿De dónde arranca la tradición de que esa protuberancia del calendario es siniestra? Sin duda, como cualquier superstición, carece de fundamento. En los anales no hay nada que avale la sospecha de que ese día añadido conlleve daños. Si observamos la vida de la humanidad con la lupa de la historia, veremos que el bien y el mal están repartidos en el tiempo según un plan difícil de entender. Para quien tiene fe, está trazado por la sabia mano del Eterno, aunque no faltan los inagotables y hasta trágicos antojos de la libertad humana. La mala fama del 29 de febrero tiene sus raíces históricas, pero no tienen nada que ver con el hecho de que sea un día de más, sino con el mes en el que cae. En los tiempos de la fundación de Roma, Numa Pompilio, el segundo de los sietes reyes de Roma, añadió februaius al calendario de entonces. Era el mes en que se celebraban los februa, o sea, los ritos de purificación dedicados a las potencias del infierno y uno de los februa eran los feralia, término del que viene el adjetivo “feral”, que significa “cruel”, que el día 21 del mes abrían las puertas para que regresaran los muertos. Pues bien, de ahí arranca la antipatía que algunos le tienen al día 29 de febrero. El año bisiesto también tiene sus orígenes en Roma. Julio César, después de haber sometido a varios pueblos, también quiso controlar de alguna forma al enemigo-amigo más obstinado del hombre: el tiempo. Así que llamó a uno de los astrónomos más famosos de la época, Sosígenes de Alejandría, y contó con la ciencia de los griegos, con los cálculos egipcios y las observaciones del cielo babilónicas. El nuevo calendario juliano que iba a nacer tendría 365 días, y no 355, como hasta entonces. César, además de fijar las campanadas de fin de año, introdujo el año bisiesto para mantener su calendario acorde a los cambios de estación, que si no habrían ido rodando hacia delante. El día de más lo colocó entre el 23 y el 24 de febrero; y lo llamó bis sexto ante kalendas Martias (dos veces sexto antes del primero de marzo). De hecho, el día 24 caía seis días antes del primero de marzo. Y de ahí viene el nombre de “bisiesto”. El tiempo ha interpelado siempre al ser humano, y éste lleva intentando comprenderlo desde hace trece mil años, cuando un hombre neolítico, en la aldea de Le Placard, grabó las fases lunares en un hueso de águila. Pero el tiempo también desafía al hombre, ya que puede inducirlo al pesimismo. El tiempo se desvanece demasiado rápidamente, es extremamente frágil entre las manecillas del reloj y delicado como pétalos de rosa. Muchos filósofos han considerado que la vida es una aventura demasiado efímera como para tomársela en serio, demasiado sujeta a los caprichos del destino como para no creerla hija fortuita de la casualidad. Por lo tanto: carpe diem, aferra el instante que se te escapa, pues es lo único que tienes. Pero además, el tiempo cautiva al hombre, pues es poder. Controlar ese intrépido río que no se detiene ante ningún obstáculo ha sido el objetivo de personajes poderosos. El emperador Constantino, tres siglos después de César, reorganizó la semana introduciendo el domingo, día del Señor y día de oración, aunque entonces aún no era de reposo. Más tarde la Iglesia fijó en el 6 de enero el nacimiento del Señor, y así lo siguen celebrando las Iglesias ortodoxas, pero el día de la natividad fue trasladado luego al 25 de diciembre para sustituir la fiesta romana del dies natalis Solis Invicti (día natalicio del Sol Invencible), fiesta del dios Mitra, y así se dejaba de celebrar la fiesta del Sol para celebrar la de quien lo había creado. Más tarde, el papa Gregorio XIII, papa guerrero y bastante emprendedor que apreciaba mucho el valor del tiempo, consultó a los científicos de la época y se dio cuenta de que, tal como estaba el calendario, el equinoccio de primavera caía el 11 de marzo, y no el 21. Y el papa, que no se achicaba ante nada, ¿qué hizo? Con la seguridad que lo distinguía, en 1582 quitó de golpe once días del calendario. El mundo cristiano pasó de repente del 4 al 15 de octubre. ¡Qué caos! Había fieles que se sentían en pecado mortal por no haber santificado el domingo que les habían quitado; banqueros que no sabían cómo contar los intereses; campesinos que se sentían defraudados por esos días de trabajo. Algunas zonas de Europa aplazaron hasta diciembre la reforma gregoriana y ese año no tuvo Navidad. Hubo revueltas y desórdenes, pero la agitación no turbó al férreo pontífice y, como auténtico hombre de poder en aquella época, no cedió ni un ápice. Estaba convencido de que tenía razón. O sea, que la historia se doblegó a su indómita voluntad. Durante un periodo, la Iglesia católica y la luterana viajaron con fechas distintas, pero al final ésta aceptó el calendario gregoriano. En 1752 lo hizo Inglaterra, en 1918 Rusia y en 1932 la Grecia ortodoxa. Todas las religiones han querido domar el tiempo. La cristiandad lo hizo con el monje Dionisio el Exiguo (muerto en 556) que fijó el año 0 en el nacimiento de Jesús. Pero tuvo un error de cálculo y hoy sabemos que Jesús debió de nacer el año 7 o 6 antes de Cristo. Más tarde, Mahoma hizo coincidir la hora del Islam con su fuga de la Meca hacia Medina, la famosa Hégira, por eso los musulmanes están en el año 1428. Los judíos empezaron su calendario con la presunta fecha de la creación de Adán y Eva, y ahora están en el año 5768. Pero también los baháis, los budistas, los hindúes, los chinos, los persas… todos tienen su calendario. La revolución francesa impuso un calendario, y lo mismo quisieron hacer los regímenes fascistas (en Italia se decía “el año tal de la era fascista, y aquí se decía “año tal de la victoria”). Pero el tiempo, aunque finge estar ahí tranquilo en la pared de la cocina, inmóvil en el almanaque, en el fondo se ríe de nosotros. Tal como sucede con gran parte de la creación, el tiempo posee una sabiduría que no conseguimos aferrar del todo. Nosotros, incurables geómetras, querríamos que la perfección fuera según lo que a nosotros nos parece perfecto. Pero hay fenómenos como el movimiento de precesión de los equinoccios, la anómala sincronía de las estaciones o algunas extravagancias del microcosmos que con una cosita de nada descuadran los cálculos y estropean la lógica de lo que concebimos como armonía. Todo es más complicado de lo que nos gustaría; tal vez sea más sencillo, aunque complejo de entender. Gregorio intentó ordenar el tiempo con el año bisiesto, pero tampoco su calendario es exacto, porque dentro de tres mil años tendremos un día de más (¡anótenlo en la agenda!). Son detalles que nos hacen pensar. El tiempo, además de ser algo objetivo, es una dimensión interior. Intenten estar un minuto junto a la persona que aman y un minuto sentados en una estufa… Evidentemente, el tiempo no transcurrirá de la misma forma. Fue Einstein quien puso ese ejemplo. Las fábulas suelen narrar historias de “agujeros” en el tiempo donde en pocos segundos se viven aventuras enteras, para después volver a la normalidad cotidiana, aunque siempre dejando una huella. San Agustín, que reflexionó mucho sobre el tiempo, afirmaba que se trataba de un distentio animi, una extensión psicológica, y que todo es “presente”: en la memoria cuando es pasado, en la atención cuando es actual y en la espera cuando es futuro. Precisamente en esa atención con que se abraza el valiosísimo instante actual se encuentra el secreto de la vida. Pero no se trata del carpe diem, sino de vivir con todo el ardor posible el momento presente. Ahí se encuentra el contacto con esa realidad tan enigmática llamada eternidad, que por otra parte es la única que puede dar significado al tiempo, a su transcurrir silencioso, entre alternancias de soles y lunas desde la creación del mundo. Todos sabemos –cuando hemos vivido algún instante, alguna hora de auténtico amor– que esos momentos, esas horas nos han dejado en el corazón el sello de la eternidad. Sabemos que existe la eternidad y que estamos hechos para ella, ya que hemos vivido la “breve eternidad”, como cantaba Moustaki. Y sabemos que la eternidad, la verdadera, está destinada a ser nuestro perenne calendario. «Me he dispersado en tiempos –decía san Agustín– cuyo orden desconozco. Mis pensamientos, que son las entrañas íntimas de mi alma, se ven despedazados por tumultuosas vicisitudes hasta el día en que, purificado y derretido por el fuego de tu amor, venga a fundirme contigo».


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