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Mayo - 2008


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¿Qué democracia?

Josep Garau


Un vistazo al mundo Las llaman “democraduras”, o sea, esas dictaduras que pretenden pasar por democracias. Abundan en África y en Asia como restos de la época de las colonias, pero también en algunos países de Sudamérica y de Europa del Este se da una fuerte tendencia a un régimen totalitario.

No debe de haber sido muy difícil pillar a un puñado de jefes de estado de África y Sudamérica y añadirlos a la lista de los asiáticos, y también algunos europeos, a fin de acusarlos de lesa democracia. Semejante censo lo han estado elaborando últimamente numerosos comentaristas de lo político, actualizando así una especie de cocodrilo devorador de la democracia en el mundo. La mayoría, aunque con algunas variantes, concuerda sustancialmente en su valoración. La verdad es que, cuando los ves a todos juntos y clasificados, con currículo y todo, te quedas perplejo. Pero disgustarse ya no es un sentimiento que se puedan conceder los que se dedican a valorar lo político, considerando que una buena parte de estos mandatarios deben su posición a pronunciamientos populares. Además, ¿acaso Stalin y Hitler no fueron confirmados en el vértice del poder también por el furor del pueblo? Al menos así pareció entonces. El verdadero sentido de estas listas es justo el de activar las alarmas, y en algunos casos despertar preocupación. Y es que hay quien mete en la lista también a Bush (por la guerra de Irak) y quien pronostica que los Clinton también quedarán inscritos, así como los Kirchner de Argentina. Pero resulta un poco forzado, si se los comprara con los emblemáticos representantes de Corea del Norte: la dinastía inaugurada por Kim Il Sung, colocado por los soviéticos en 1948, a quien le ha sucedido su hijo Kim Jong-il. O si no, Cuba, donde Fidel Castro ha sido líder máximo desde 1959 hasta que ha sido reemplazado por su hermano Raúl. Más casos: en Libia hace ya casi cuarenta años que nadie contesta a Gadafi; en Siria, Hafez al-Assad detentó el poder desde 1970 hasta 2000, y antes de morir designó como sucesor a su hijo Bashar. Y sólo por recordar a los más longevos, citaremos al presidente Omar Bongo de Gabón, que está en el poder desde 1967; Eduardo Dos Santos en Angola desde 1969; Teodoro Obiang tomó el poder en Guinea Ecuatorial con un golpe de estado en 1979 y ahí sigue; lo mismo Mubarak, en Egipto, que no ha cambiado desde 1981; y Robert Mugabe, en Zimbabwe, desde 1987. La lista no acaba aquí, pero nos detenemos para subrayar que, en general, estos personajes figuran como presidentes de repúblicas que se dicen democráticas, aunque algunas podrían definirse teocráticas si tenemos en cuenta que sus jefes de estado son equiparados a divinidades. Conviene recordar, de todas formas, que no existe una única forma de democracia, sino que cada país democrático elabora con el tiempo una suya. Sabemos bien que, al salir del colonialismo, los nuevos países “importaron” formas democráticas demasiado extrañas para la cultura indígena y no han tenido tiempo de “digerirlas”. En la mejor de la hipótesis, muchas de estas repúblicas deberían ser consideradas monarquías. Claro que hay muchos parámetros para valorar una democracia; el tema es muy complejo y no es fácil abordarlo con criterios objetivos. Pasando a las más jóvenes repúblicas del firmamento ex soviético de Asia central, casi todas manifiestan tendencias autoritarias. Saparmurad Niazov, en 1990, pasó de ser presidente del partido comunista a nuevo déspota de Turkmenistán con el 99,5 por ciento de los votos. En 1999 obtuvo la jefatura de por vida y ha conservado el poder hasta su muerte en 2006. El mismo camino ha seguido Nursultan Nazarbayev en Kazajstán, un sultán de nombre y de hecho que, gracias a las riquezas del subsuelo, está construyendo una capital faraónica dando una imagen de soberano absoluto. Y no es muy distinta la suerte de Uzbekistán, donde Islam Karimov se ha sucedido a sí mismo pasando de presidente de una república socialista a otra postcomunisa. En Azerbayán análogo trayecto ha recorrido Heydar Aliyev, y a punto de morir le dejó el trono a su hijo Ilham. Cabe preguntarse si, después de setenta años de comunismo, la población no tenía ganas de democracia, pero la respuesta evidente es que también en estos casos se trató de una forma de colonialismo ruso con respeto a una población de fe islámica. Ante semejante involución, podemos preguntarnos si la democracia sufrirá la misma suerte en el resto de repúblicas ex soviéticas, es decir, las que tienen raíces geográficas e históricas europeas. Hoy por hoy, el caso más comprometido parece el de Bielorrusia. Aquí, el “padrecito” es Alexander Lukashenko, quien en 2004 hizo modificar la constitución para atribuirse plenos poderes y para poder ser reelegido sin límites de tiempo. Pero la gran incógnita en este momento sigue siendo la Rusia de Putin. Éste, con gran determinación, en pocos años ha hecho salir a su país de la postración económica y moral en que había caído tras la implosión de la Unión Soviética, y ello le ha proporcionado una gran popularidad. Dicen que los rusos siempre han tenido necesidad de un jefe fuerte que los conduzca en el bien y en el mal, y parece que así sigue siendo en nuestros días. Hoy, el que mejor promete adecuarse a este sentimiento popular es Putin, que hábilmente y sin prejuicios ha sacado al país de la estrecha economía que lo estaba condicionando, ganando la batalla de la energía y proponiéndose como primer abastecedor de Europa, que tanto la necesita. Rusia es de nuevo una gran potencia, pero se diría que aún tiene necesidad de Putin. Ante los límites que impone la nueva constitución, que no permite una tercera reelección del presidente, uno se pregunta cómo van a darle continuidad a la política vencedora de este pequeño zar, que detenta las claves de todos los poderes del país pero no quiere aparecer ante la opinión pública mundial como el sepulturero de la poca democracia que Rusia parece haber conquistado. El tiempo nos dirá si se verifica la hipótesis que más crédito tiene hoy: Putin pasará de la presidencia de la república a la del gobierno, para luego volver legítimamente y tras un paréntesis a la jefatura del Estado. Al menos así salvaría su imagen, y quizás sea la forma que tenga Rusia de garantizar la continuidad de su recuperación. En fin, sigue abierto un planteamiento:?¿cuándo llegaremos a ver en el mundo que la democracia es propuesta no como un camino más cómodo para llegar al poder, sino por su única y legítima finalidad, que es el servicio? Ante este panorama desalentador, si bien incompleto, resulta reconfortante lo que representa la Unión Europea, que casi es un milagro, pues además de garantizar el bienestar económico a sus socios, es una gran conquista de convivencia civil.


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