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Febrero - 2014


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Desenmascarando falacias

Javier Rubio y Eduardo Ortubia


Investigaciones recientes demuestran que muchos embarazos «no deseados» resultan en «hijos queridos».

Que todo hijo sea «deseado» es un principio sobre el que se apoyan muchas organizaciones de planificación familiar promotoras del aborto con la inaceptable pretensión, entre otras, de evitarle a la sociedad individuos problemáticos. El argumento roza la eugenesia, una intención latente a la largo de la historia, pero en este criterio se han apoyado innumerables leyes de regulación del aborto en todo el mundo. Checoslovaquia, por ejemplo, modificó los términos de su ley sobre el aborto tras el estudio del psicólogo americano Henry David a principios de los años 60. Éste había considerado el caso de 220 checoslovacas a las que se les había impedido abortar por estar fuera del plazo permitido. Durante años siguió la evolución de los hijos y llegó a la conclusión de que los niños nacidos de embarazos no deseados afrontaban desventajas significativas: periodo de lactancia más corto, sobrepeso, casos de enfermedades agudas, peor rendimiento escolar, etc. En suma, parecían menos capacitados, por eso David afirmaba que «el hijo de una mujer que haya querido abortar nace en una posible situación de inferioridad». No obstante, David reconocía que su estudio no contaba con los parámetros adecuados para determinar si el hecho de ser un hijo no deseado era la causa de tales problemas o si influía también el nivel económico de la familia. David mismo calificaba esta deficiencia como «el talón de Aquiles» de su estudio. Otro estudio más reciente del economista Steven D. Levitt concluye que las mujeres que lo han planificado dan a luz niños mejor adaptados, de donde se deduce que el aborto podría considerarse como un bien social. Pero toda investigación puede ser corregida y aun rebatida por otras posteriores. En junio pasado, la revista del New York Times publicó un avance de la investigación que está llevando a cabo Diana Greene Foster, experta en Demografía y profesora asociada de Obstetricia y Ginecología de la Universidad de California. También ella trata el caso de mujeres a las que las clínicas abortistas no han querido atender porque sus embarazos estaban muy avanzados, pero esta vez el objeto de estudio son las mujeres mismas. Y uno de los resultados es que sólo el 5% de las madres no se arrepienten de haber abortado y sólo el 9% dieron sus hijos en adopción, mientras que el resto (86%) desarrollaron lazos afectivos con sus bebés y un porcentaje significativo niega haber querido abortar (el 38% en el estudio de David). Foster toma distancia del debate sobre el aborto, pero demuestra que el argumento «deseado» o «no deseado» es un criterio muy cuestionable, independientemente de la valoración ética del planteamiento. Y el hecho de que muchos «hijos queridos» son el resultado de embarazos «no deseados» pone en entredicho el criterio de «garantizar que todo embarazo sea deseado», promovido incluso por la ONU. El propósito de Foster no es dar criterios para las políticas sobre el aborto, pero apunta a que se puede reducir el número de mujeres que quieran abortar si se atiende a las circunstancias que las inducen a buscar el aborto, pues sigue siendo cierto que las mujeres que no abortan han de afrontar dificultades objetivas a nivel económico, laboral, emocional, etc. De modo que cuando una mujer quiere recurrir al aborto, hay que preguntarse cuáles son los problemas que está tratando de evitar. «Lo es todo para mí» S. llegó sola a la clínica abortista. Mientras rellenaba los impresos, miraba a las otras mujeres y se preguntaba si se sentirían mejor que ella por el hecho de ir acompañadas. En cualquier caso, había tomado la decisión e iba a hacerlo, pero se preguntaba si Dios la perdonaría por matar al hijo que llevaba en su vientre. Tenía 24 años. Independizada y soltera, sus trabajos a tiempo parcial no le daban ni para comer decentemente. «¿Cómo iba a mantener a la criatura?» Así que no se lo dijo a nadie y se fue a la clínica. Allí la ecografía y otros análisis revelaron que estaba embarazada de más de 20 semanas y había superado el límite del período de gestación que esa clínica atendía. La noticia fue un mazazo: «¿Qué voy a hacer?», pensó. En la clínica le sugirieron que considerase la adopción, pero ella seguía queriendo abortar y buscó otra clínica en la que el límite del período de gestación fuese mayor. Cuando llegó a la que le habían recomendado, le hicieron una ecografía y el técnico, girando el monitor hacia ella, le preguntó si quería ver al niño: «Mira, ¡te está sonriendo!» A ella también se lo pareció. En esta clínica tampoco podría abortar y no tenía dinero para viajar a otras ciudades en busca de otras clínicas. Salió llorando y al cabo de unos días se resignó a tener el bebé. Debido al agotamiento del embarazo, S. tuvo que dejar de trabajar, y como sus padres habían perdido la casa porque no podían pagar la hipoteca, se fueron todos con su hermana mayor: siete personas, un perro y un loro en una casa de tres dormitorios y un cuarto de baño. S. no había considerado seriamente en ningún momento dar al bebé en adopción. Cuando nació su niña, completamente sana, se sintió sobrecogida. Estaba feliz, pero la primera noche fue terrible: estaba cansada, la niña tenía hambre y no hacía más que llorar, y a ella le resultó muy difícil y doloroso darle el pecho. En las semanas siguientes tampoco fue fácil. «La niña lloraba tanto que no sabía qué le pasaba. Me parecía que no me quería; que estuviese enfadada conmigo». Notaba con amargura que cuando sus familiares la cogían, la niña estaba tranquila, pero cuando la cogía ella, empezaba a llorar. Y así durante semanas. A veces S. se tapaba la cabeza con la almohada para no oír el llanto. Un día, cuando la niña tenía casi 3 meses, S. la dejó en su cama mientras iba al baño. Fue sólo un minuto, pero cuando volvió la niña estaba boca arriba en el suelo gimoteando. No le había pasado nada, pero se llevó un susto de muerte. La idea de perder a su niña la horrorizó. A partir de ese momento, no volvió a taparse la cabeza con la almohada cuando la niña lloraba ni la perdía de vista un momento. Ahora dice que su hija es lo mejor que le ha pasado en la vida: «Es más que mi mejor amiga; lo que más quiero en el mundo. Lo es todo para mí».


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