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Marzo - 2014


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Sefardíes, ¿nuevos españoles?

Jordi Marjanedas


Más de 3,5 millones de judíos podrían adquirir la nacionalidad española.

La noticia dada a primeros de febrero por el Ministerio de Justicia ha causado una gran sorpresa. Se trata del anteproyecto de ley, pendiente de su aprobación en las Cortes, según el cual bastará con que una persona acredite su condición de sefardí para otorgarle a él, a su cónyuge y a sus hijos la nacionalidad española sin perder la suya actual. La ley actual ya lo contempla si residen en España por sólo dos años; la novedad es que no será necesario que residan en España ni que pisen nunca suelo español. Las primeras reacciones a esta noticia han sido generalmente benévolas, aunque no ha faltado tampoco la perplejidad. En Israel, la noticia de que 3,5 millones de sefardíes podrían obtener pasaporte español ha despertado un rápido y generalizado interés. Esta cifra no es descabellada y podría superarse, ya que uno de los medios probatorios suficiente para acreditar ser sefardí y, por tanto, conseguir la nacionalidad española son «los apellidos del interesado». Una rápida búsqueda en internet arroja más de 27.000 apellidos reconocidos como sefardíes, entre ellos el de Sancho o Martínez. Otros de los medios probatorios que podrían hacer ascender el número de personas con derecho a la nacionalidad es algo tan amplio como «un certificado de la autoridad rabínica competente, reconocida legalmente» cuando sólo en Israel hay millares, o tan vago como «cualquier otra documentación que el interesado considere conveniente a estos efectos» (el subrayado es nuestro). Ciertamente, el deseo de establecer una relación de amistad con otro grupo humano, especialmente si en el pasado tal relación no ha sido precisamente modélica, es digna de todo encomio. Sin embargo, el impacto que pueda tener para el futuro de nuestra democracia el que un número potencial tan elevado de ciudadanos israelíes, de los Estados Unidos o de cualquier otro país tengan derecho a voto en España no es algo baladí y exige una seria discusión en Las Cortes. ¿Quiénes eran los judíos sefardíes? Los judíos llamaban Sefarad a toda la Península Ibérica y sefardíes a aquellos que fueron expulsados por los Reyes Católicos en 1492 y de Portugal en 1497 (Inglaterra había expulsado a los judíos ya en 1290 y Francia en 1394). Hasta su expulsión, como todos los judíos de la diáspora, para evitar ser asimilados y mantener su identidad, los sefardíes vivían en barrios (juderías) con su sinagoga, sus escuelas, su servicio medico, su administración de justicia para dirimir litigios entre judíos, etc. Con el decreto de expulsión del 1492, quienes no quisieron bautizarse –lo cual comportaba el riesgo de que la Inquisición quisiera “probar” su conversión con la tortura– inicialmente se refugiaron sobre todo en Holanda, norte de África, países balcánicos, Medio Oriente y, en especial, en importantes ciudades del Imperio Otomano, donde el sultán Bayezid les ofreció asilo, interesado por las riquezas que traían consigo. El nazismo también se ensañó con ellos. En febrero de 1943 vivían en Tesalónica (Grecia), anteriormente bajo dominio otomano, unos cincuenta mil judíos, casi todos ellos sefardíes. Los nazis deportaron y asesinaron al 98,5% de la población sefardí de la ciudad, y a finales de agosto de 1945 puede decirse que la comunidad sefardí por antonomasia prácticamente había desaparecido de Tesalónica, donde hoy son poco más de 1.000. El ladino Gracias a que el sistema político turco daba gran autonomía a las minorías religiosas, los sefardíes pudieron organizarse y convivir entre ellos plenamente según era su secular tradición. De este modo, siguieron comunicándose en sociedad en el idioma familiar que habían adoptado en la Península Ibérica, es decir, las distintas lenguas romances, mientras que el hebreo se mantuvo para recitar las oraciones. Con el tiempo, de las varias lenguas que hablaban según su procedencia –castellano, portugués, catalán, etc.– sólo el castellano ha conseguido sobrevivir, aunque con vocablos de las demás y de otras lenguas no peninsulares, como el francés o el turco. Precisamente por su origen latino, esta lengua hablada por los sefardíes se llama ladino, que escribían en caracteres hebreos. Muchos hablantes de ladino, deseosos de integrarse en la sociedad que los acogía, empezaron a escribir el idioma en los caracteres de sus países de residencia; en la Turquía de Ataturk, sin embargo, el uso de los caracteres turcos se hizo obligatorio. Paradójicamente, esta apertura significó un retroceso del ladino, que fue siendo reemplazado por los idiomas nacionales. La grafía de esta lengua es un problema aún no resuelto. El hecho de que conserve fonemas del castellano medieval que han desaparecido en el castellano actual hace inviable que se puedan representar con el alfabeto castellano. En cambio, esos fonemas pueden ser representados usando el alfabeto turco, por ejemplo, pero éste tiene el inconveniente de usar teclados de máquinas de escribir y de ordenadores no universales. Igual dificultad tiene la propuesta desarrollada en el Departamento de Estudios Sefardíes del CSID de Madrid por su abundancia de signos diacríticos. Una solución del grupo «Reshut ha-ladino» de Israel no tiene nada de científica. El número de personas que hablan hoy el ladino es escaso, especialmente entre los jóvenes. En Israel se refuerza el uso del hebreo para dar cohesión al enorme número de judíos llegados de todo el mundo, descuidando el ladino e incluso el yiddish, una especie de dialecto alemán muy difundido entre judíos asquenazis procedentes de Europa Central. Los judíos sefardíes hoy Los judíos sefardíes se extendieron por toda América Latina, Inglaterra, Francia, en varias colonias de las naciones europeas, Norteamérica y finalmente en Israel, donde vive la comunidad más numerosa. Con el tiempo, el término sefardí ha adquirido un significado muy amplio. Hoy en día, tanto el Estado de Israel como las autoridades religiosas consideran sefardíes a quienes, a diferencia de los varios grupos de asquenazis, han adoptado la liturgia y la práctica propias del judaísmo sefardí debido a su gran prestigio en todo el mundo hebraico. En Israel, los sefardíes son muy activos políticamente y han constituido el partido religioso SAS, cuyo apoyo en el gobierno a los partidos considerados de ultraderecha ha sido decisivo.


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