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Mayo - 2008


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Cosmo visiones

Julio Márquez


Ciencia y fe La unidad del saber, eso es lo que busca el hombre del tercer milenio

Platón y Aristóteles, los dos grandes filósofos de la antigüedad, hace ya unos dos mil trescientos años que murieron, pero hay quien asegura que en todo este tiempo el pensamiento humano no ha hecho más que comentar las visiones de estos dos gigantes. Efectivamente, pocos pensadores han tenido la capacidad y el valor de elaborar una descripción del mundo completa; es decir, proponer una explicación coherente (¡y convincente!) del funcionamiento y del significado del cosmos, una explicación que también esclarezca la relación entre los hombres y los “dioses”, pues, como dijo Cicerón, no hay «ningún pueblo tan rudo ni feroz que, aunque ignore a qué Dios tiene que adorar, no venere a alguno». Buscadores de la verdad El planteamiento religioso no es un mero fragmento de nuestra vida, sino que afecta a la totalidad de la persona e incide en todos sus aspectos. Trata de responder a las preguntas que se hace todo ser humano: el significado de la vida, el del dolor y la muerte, las motivaciones, los valores, la naturaleza de la historia y la del progreso. La venida de Jesús le dio un nuevo empuje a la búsqueda de la verdad. Entre los grandes pensadores que vivieron esta búsqueda, a caballo entre los siglos cuarto y quinto, tenemos a Agustín, teólogo, pastor de almas y obispo de la ciudad de Hipona, en el África romana. Su intensa vida parece el resumen de su famosa frase: «Nos has creado para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no repose en ti». Vivió el ocaso del mundo clásico, entre herejías e invasiones bárbaras, y sentó las bases de aquella Europa cristiana que surgió de las cenizas del imperio romano. Escribió obras que representan un monumento de sabiduría «para impulsar hacia Dios la inteligencia y los sentimientos de los hombres». Es el más grande de los Padres de la Iglesia latina. Casi mil años después, en plena Edad Media, Tomás de Aquino integra con su monumental obra el mensaje cristiano en el patrimonio cultural griego, y muestra que la felicidad del ser humano, único en la creación, es poder encontrarse con Dios cara a cara gracias al conocimiento que le procuran la razón y la revelación (fide illlustrata). De ese modo es posible conocer a Dios, al hombre y la creación. Pero Tomás puntualiza que, a propósito de cuestiones cosmológicas específicas, no se le hace ningún favor a la fe «cuando se afirman o se condenan en su nombre cosas que no son de su competencia». Ha sido definido como un genio en movimiento, un espíritu constantemente en busca de la sabiduría, inexorable defensor y amigo de la verdad, porque «la verdad no se manifiesta mejor que resistiendo a quienes la contradicen y rechazando los errores». Desde entonces, Tomás es el maestro de la fe y el doctor por excelencia de la Iglesia católica. Buscadores del conocimiento «Es un gran libro la misma belleza de la creación... El cielo y la tierra te gritan: soy obra de Dios» escribía Agustín. Los Padres de la Iglesia siempre reconocieron que la primera manifestación que Dios ofrecía a los hombres, doctos o simples, es la naturaleza creada. Esto posibilitó y favoreció su estudio. A finales del siglo XVI fue Galileo el primero en establecer la necesidad y las modalidades de una observación directa, precisa y repetida de los fenómenos, aunque reservada a especialistas en cuanto «materia para científicos, no para teólogos». De hecho, «el Libro de la naturaleza está escrito con el lenguaje de las matemáticas... y sólo puede ser leído por quienes entienden ese lenguaje». Es la primera vez, pues, que se distinguen el estudio de la naturaleza y la reflexión teológica y filosófica, si bien no puede haber contradicción en los resultados, «ya que proceden a la par del Verbo divino la Escritura sagrada y la naturaleza, aquélla como dictada por el Espíritu Santo y ésta como ejecutora observante de los mandatos de Dios». Mientras muere Galileo, en 1642, nace Newton, el genio que sintetiza las intuiciones de Galileo en una única teoría matemática capaz de explicar fenómenos aparentemente no relacionados entre sí, tanto en la Tierra como en las estrellas más lejanas. En el escenario de un espacio y un tiempo fijos y absolutos, el cosmos queda encorsetado por leyes y constantes universales, comprensibles y mesurables por parte del hombre a partir de la observación experimental. Newton es «el último de los magos», como alguno lo ha definido debido a su interés por la alquimia. Pero sus descubrimientos científicos dan inicio a un largo periodo en el que, ante la clamorosa capacidad de la ciencia para prever y controlar una gran cantidad de fenómenos, la teología se retira progresivamente, pues es inútil en la medida en que «la hipótesis Dios ya no es necesaria». A esta rebelión de la razón contra la fe contribuye también la división de la Cristiandad y el escándalo de la guerra durante el siglo XVII, que enfrentó a príncipes y ejércitos católicos y protestantes, devastando durante treinta años Europa. Descartes, y sobre todo Kant, ponen en discusión y redefinen los fundamentos del saber y los ámbitos válidos del conocimiento, y ven en la razón el único instrumento de que dispone el hombre, con sus posibilidades y sus limitaciones. Un empujón más para separar conocimiento científico y religión lo dio Darwin en el siglo XIX al conseguir explicar la variedad de las especies que hay en la Tierra sin tener que recurrir a un Dios creador, sino sólo gracias a la acción de la selección natural que actúa en las variaciones que aparecen “casualmente” a lo largo de las generaciones. El hombre, como los demás animales, está dentro de la descendencia de unos antepasados que vivieron en épocas remotas. De aquí en adelante el paradigma de la evolución entra en muchísimos ámbitos, no sólo de la ciencia, sino también de la sociedad humana, y contribuye de manera prepotente a la laicización del pensamiento y de la actividad cotidiana. Por último, en el siglo pasado, Einstein y su teoría de la relatividad revolucionan la comprensión científica y filosófica del universo mostrándonoslo como un único espacio-tiempo en cuatro dimen- siones, “curvado” por la presencia de masas. En la última parte de su vida trató en vano de conciliar su visión del mundo macroscópico con la “mecánica cuántica”, que describe el comportamiento del mundo microscópico. Esta nueva mecánica revoluciona los fundamentos de la ciencia, atacándola justo en su presunta capacidad para prever y conocer todo con precisión. Al confesar su «absoluta admiración por la estructura del mundo que la ciencia ha podido hasta ahora revelar», Einstein, que no cree en un Dios personal, reflexiona sobre el hecho de que «lo que deberíamos esperarnos, a priori, es justamente un mundo caótico completamente inaccesible al pensamiento». En cambio el científico se encuentra ante «un elevado grado de orden en el mundo objetivo… Y éste es el “milagro” que se refuerza aún más con el desarrollo de nuestro conocimiento. Aquí es donde está el punto débil de los positivistas y de los ateos de profesión, felices sólo porque tienen la conciencia de haber despojado al mundo, y con pleno éxito, no sólo de dioses, sino también de milagros». ¿Hacia una nueva unidad? Despojar al mundo de dioses y de milagros siguió haciéndose después de Einstein. Pero es que la ciencia hace su trabajo, en el sentido de que usa un método que no puede “ver” ni “entender” otros ámbitos de conocimiento y experiencia sino los experimentales. Por eso hay que respetar la autonomía y la libertad de la investigación. Por otra parte, la reflexión creyente, ante el impetuoso desarrollo de la ciencia, parece a veces afanada y obligada a ir por detrás, aunque no han faltado figuras capaces de tener una visión global. En el siglo XIX, el teólogo y filósofo inglés Newman, que sería cardenal cuando se pasó de la Iglesia anglicana a la católica, abarca un amplísimo horizonte con sus reflexiones. Coherente hasta el fondo con su amor por la verdad, «antes que nada la verdad», afronta las principales cuestiones filosóficas y teológicas de su tiempo, anticipando algunos de los temas del pensamiento que se desarrollarían plenamente en el siglo siguiente. Entre otras cosas reivindica la necesidad de dejar libre a la ciencia en su investigación: «Para la religión la libre expresión del pensamiento nunca es peligrosa, aunque sea a menudo inútil. Para la ciencia es absolutamente necesaria». Al mismo tiempo se pregunta por qué tanta gente rechaza el cristianismo, y sostiene que el verdadero motivo de la incredulidad no es una dificultad de la inteligencia, sino un defecto del corazón, una secreta aversión por los contenidos de la Biblia. A principios del siglo XX Florenskij, un científico multiforme, filósofo y sacerdote ortodoxo devorado por el Gulag stalinista, ansioso por llegar a una síntesis entre espiritualidad y cultura universal, entre fe y pensamiento laico, quiso hacer «que confluya todo el pensamiento de la Iglesia en una visión filosófico-científica y artística del mundo». O sea, hacer que convivan la verdad, el saber científico y el misterio. Persigue con la inteligencia una visión integradora del conocimiento, abatiendo los rígidos límites entre saberes y disciplinas, y también con su misma historia personal, en la que conviven armoniosamente ciencia y vida, contemplación y acción. Florenskij nos recuerda que cada hombre es único y no puede estar dividido en sí mismo, por eso debe conciliar de alguna forma la visión científica y cultural que tiene del mundo con sus convicciones filosóficas y religiosas, sus necesidades afectivas con la exigencia de darle un sentido a su vida. Una búsqueda que no acaba nunca. Así pues, el problema no es la ciencia en sí misma, sino la responsabilidad de cada hombre, de cada científico. Un ejemplo significativo de esta responsabilidad es el actual debate entre científicos y filósofos sobre el futuro de la ciencia. Después de haber derribado al hombre del vértice de la creación y relegarlo al rincón remoto de una insignificante galaxia del universo, aunque también ha cambiado para mejor muchos aspectos de nuestra vida cotidiana, las ciencias, en especial las biológicas, se sitúan ante nuevas perspectivas. La teoría de la evolución considera que puede explicar muy bien lo que ha sucedido en los últimos seiscientos mil años, pero aun tiene problemas con el inicio de la vida hace miles de millones de años y con la formación de los seres vivos. Últimamente, neurociencias y ciencias del conocimiento juntas han empezado a explorar con éxito el último campo que hasta ahora era exclusivo de la filosofía y la religión, es decir, el que comprende los sentimientos, la voluntad, la conciencia, la responsabilidad, la religión, la inteligencia, etc. Pero en esto los científicos están divididos. Unos consideran que la ciencia tiene que hacerlo todo por sí sola y así poder satisfacer la necesidad de la gente de dar respuesta a los porqués del dolor, el amor, el temor, etc. O sea, que debe sustituir a la religión y ofrecer respuestas rigurosas y objetivas basadas en el actual conocimiento científico. De este modo mucha gente superaría sus reservas con respecto a la ciencia, ya que con frecuencia los resultados van contra el sentido común. Otros científicos, quizás la mayoría, se horrorizan ante semejante perspectiva y temen que, si la ciencia se transforma en una especie de nueva religión, sólo provocará rechazo frontal. Es mucho mejor reconducirlo todo a los límites de una sencilla teoría científica y presentarla como tal. Por último, entre los filósofos de la ciencia, hay quien auspicia una evolución de las religiones según la lógica darwiniana. Ante todos estos retos se da la exigencia de una nueva síntesis a la altura de los tiempos. Es una exigencia que tienen sobre todo quienes creen que el conocimiento adquirido mediante la razón no está en contradicción con el conocimiento que la Revelación ofrece al creyente. Luego se puede tratar de humanizar la ciencia. O, si no, se puede proponer que, después de haberse separado y peleado, las distintas disciplinas vuelvan a dialogar, pero esta vez con espíritu de servicio, para darnos esa unidad del saber que necesitamos. Por último, podemos desear que, después de ochocientos años, surja un Tomás capaz de realizar esa síntesis que ha empezado Florenskij. Aunque, a decir verdad, en estos tiempos en que la humanidad experimenta nuevas formas de comunicación en red para construir la aldea global, o mejor, una única familia, la respuesta justa podría ser ésta: no sólo un Tomás, sino más de uno, “dos o más” juntos. Personas que busquen una nueva unidad del saber pero que antes sepan vivir la comunión entre ellos, una comunión de conocimientos y de vida, de inteligencia y de amor.


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