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Mayo - 2008


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Planeta China

Texto y fotos de Miguel Zanzucchi


Señales desde la Muralla Mucho ruido mediático, pero el país asiático está realizando un gran esfuerzo de actualización y modernización. Entre altibajos, progresos y regresos, camina hacia los derechos humanos.

Un dato real: el gigante chino causa temor a la sensibilidad occidental, cuando no auténtico miedo. El crecimiento de su PIB, que fue del 10,5% en 2006, aterroriza a los que sólo crecen al ritmo del 1 o 2 por ciento, y también a los norteamericanos, que ven su deuda externa adquirida con voracidad justo por los chinos, que en algo tienen que invertir su enorme liquidez (177,5 mil millones de dólares en 2006). Otro motivo de preocupación son las nuevas fábricas, pues no cumplen los requisitos que marca la comunidad internacional en tema de desechos líquidos, sólidos y gaseosos. Y no hablemos del parque automovilístico, que crecerá quince veces en los próximos veinte años. El ámbito de las libertades también causa perplejidad. Cada vez que la Asociación Patriótica ordena a un nuevo obispo en desacuerdo con Roma, se elevan protestas «contra los brotes del ateísmo de Estado», dice un prelado chino. Y en cuanto al asunto tibetano, otra espina para los gobiernos occidentales que tratan con Pekín. ¿Qué garantías de autonomía tienen todas las minorías que hay en territorio chino? Por otra parte, la libertad de expresión (artistas, estudiantes, periodistas) está lejos de ser respetada, como demuestra el caso de Shi Tao, a quien le cayeron diez años por haber criticado el “silencio en la prensa” del aniversario de Tiananmen. Y aún podríamos seguir, pero mejor hablemos de las señales de humo, a veces blanco, a veces negro, que he visto en mi largo viaje. El 798 Mis amigos de Pekín fueron categóricos: «No entenderás la China actual si no vas al 798». Fui y me encontré con un viejo e inmenso edificio industrial en decadencia tras la liberalización puesta en marcha por Deng Xiaoping, pues no se adecuaba a la nueva producción industrial. Muchos locales han sido alquilados y hoy, al lado de algunas empresas, conviven talleres y galerías de arte, restaurantes y bares. Ciertamente aquí se puede intuir hacia donde va la sociedad: los chinos caminan con prudencia y paciencia hacia la libertad de expresión. No quieren detenerse en los casos aislados de represión, por sonados que sean. Y la figura de Mao Tse Tung, como símbolo de una época, es el chivo expiatorio necesario para la catarsis colectiva. Veo producciones de cierto valor: rostros hiperrealisas que subrayan la desesperación de la juventud china, casi exclusivamente formada por hijos únicos; enormes pantorrillas femeninas sostenidas por pies minúsculos, todo un guantazo a la tradición imperial de obligar a las mujeres a calzar zapatitos; egocéntricos rostros telerrepetidos que parecen presos… No es malestar lo que sientes aquí; más bien sales con la certeza de que se están esforzando para marchar por el camino de la libertad y la igualdad en la actual coyuntura. Cuesta imaginarse al ejército entrando en el 798 para ponerlo todo en orden. Ya es tarde. La mezquita de Nankín Nankín es la “capital del sur”, durante siglos opuesta a la del norte. No lo fue por mucho tiempo, es verdad, pero sus habitantes conservan el orgullo de un pasado fuera de lo común. Llego en un mañana de bruma y enseguida encuentro otras señales del crecimiento chino, y esta vez impetuosas: los edificios. Decir impresionante es poco. Mi guía me lleva a los barrios que están al oeste de la Puerta Zhonghua, pobres y viejos, de casas rigurosamente de una planta. Entramos en las tabernas donde preparan pato a la pequinesa, donde cuecen la pasta al vapor y tienen el pescado secándose. Las casas tienen grandes patios adonde se han ido asomando durante siglos habitaciones y cubículos, bodegas y salones según una absoluta irracionalidad que la gente ha transformado en costumbre habitacional. Grupos de ancianos se aglutinan por todas partes. «Los viejos no intercambian sólo anécdotas –dice mi guía– sino sobre todo inquietud por los últimos días que van a pasar aquí. Sus casas están condenadas a muerte». Entiendo lo que dice el viejo profesor cuando, tras una puerta, veo a tres obreros que están demoliendo el techo y a una mujer escarbando entre las ruinas de su casa… Al fondo, se alzan rascacielos como setas, ganando adeptos a la religión de la productividad. Mi guía, que responde al nombre de Wu Yi Ye, es un conocido profesor de historia Ming y Quing de la Universidad de Nankín. Está entrando decorosamente en los sabios ochenta. Conoce cada rincón de la ciudad y recuerda episodios, anécdotas, desgracias, destrucciones… Un patrimonio que quedará exclusivamente en su corazón y en el de quienes, como él, quieran recordar. Yi Ye es musulmán, vicepresidente de la Asociación Islámica China. Y esto me revela otra señal, que tiene que ver con las relaciones entre las religiones. El profesor me conduce a una de las tres mezquitas de la ciudad, que se presenta como un pequeño complejo de construcciones con forma de pagoda, nada diferente de cualquier templo budista, taoísta o confuciano, a no ser por la media luna que hay en el techo y el minarete. ¿Armonía entre las religiones o contrastes soterrados? El profesor Yi Ye no tienes dudas al respecto: «China tiene una historia llena de ideologías y principios. Hay cinco religiones reconocidas: budismo, catolicismo, protestantismo, islamismo y taoísmo. Al integrarse con el confucionismo se han “chinizado”, y el proceso integrador aún está en curso. Antes no había ninguna posibilidad de comunicación entre ellas, pero el gobierno ha creado una conferencia consultiva política, dentro de la cual dialogan los líderes de las cinco religiones principales». El anciano profesor se detiene y sopesa sus palabras: «Pienso que el gobierno y los chinos hemos entendido que las religiones son factores de paz y estabilidad. Las creencias religiosas son cuestiones personales, y por eso el gobierno no debería poner obstáculos a la fe ni a sus ritos. Por otra parte, permite a las personas practicar su fe mientras no se salgan de las leyes y tengan como fin la armonía de la sociedad. Creo que la religión está a punto de florecer de un modo que hasta hace poco era inimaginable». ¿Ambientalismo naciente? A dos horas de vuelo estamos en la puerta de China para los occidentales, Hong Kong, con sus rascacielos, su actividad frenética y su gente, que lleva el comercio en la sangre. Como se encuentra frente al mar, no sufre la contaminación de otras ciudades. Aquí me encuentro con un exponente de Greenpeace China, la primera asociación ecologista china. Edward Chan ha realizado una campaña contra los productos tóxicos y parece que no le falta trabajo. «Sensibilizar y denunciar el riesgo de los productos tóxicos es sólo una de las áreas en las que trabajamos, especialmente la eliminación de desechos electrónicos». Guiyu es el principal centro de eliminación de estos desechos, una ciudad donde no se hace otra cosa. «Allí, en la provincia meridional de Guangdong, hace más de diez años que empezaron a llegar de Estados Unidos, Japón y Europa desechos electrónicos para ser reciclados. La actividad se lleva a cabo sin competencia ni la tecnológica adecuadas para eliminar desechos que contienen grandes cantidades de sustancias tóxicas y metales pesados, como el mercurio o el plomo. El resultado es que el ambiente de Guiyu está contaminado: el agua no es potable y los cultivos no se pueden consumir. Y no hablemos de la enorme concentración de plomo en la sangre de los niños. Este caso es muy indicativo de cómo la población de algunas zonas de China, a causa del rápido desarrollo económico y de la irresponsabilidad de otras partes del mundo, sufre y se sacrifica contaminando su ambiente. En las próximas décadas el reto ecologista puede llegar a ser muy comprometedor. Las estadísticas del gobierno dicen que un cuarto de la población china no tiene acceso al agua potable y un tercio de los que viven en centro urbanos no respira aire limpio». Pero ¿empieza a haber una mentalidad ecologista? «Están apareciendo muchos grupos y asociaciones –responde Edward–. En China ya se han establecido asociaciones internacionales como Greenpeace, WWF y MSF, pero al gobierno aún le queda mucho que aprender para colaborar con las ongs y la sociedad civil en el desarrollo de China». Respeto por los trabajadores A una hora escasa de travesía en ferry desde Hong Kong, Macao desilusiona un poco: los mismos caserones sin gracia de Pekín, Shangai y Nankín. Los casinos proliferan con sus formas de mal gusto y sus luces atrapabobos. En todos se juega sin descanso (el personal trabaja doce horas diarias), y sólo se conceden de vez en cuando una bocanada de aire por el paseo marítimo, que en su tiempo fue de estilo colonial pero ahora se reduce a una mera exposición del peor potaje arquitectónico. También aquí, como en todas las grandes ciudades chinas, cuando sales de las calles deslumbrantes, entras en la miseria de los barrios de trabajadores explotados, concentraciones humanas cuya densidad, para impedir desastres sociales, requiere una férrea disciplina autoritaria. La contrapartida es que así se abre la puerta a las mafias, que aquí campan a sus anchas. Desde luego, el respeto a los trabajadores aún no es el punto fuerte de China. Deambulo por el centro histórico. Extraño, extrañísimo destino tiene este faldón de la China meridional que volvió a la madre patria en 1999, después de 450 años bajo protectorado portugués: explicar la alquimia que permite la convivencia entre pueblos radicalmente opuestos y al mismo tiempo sancionar su absoluta diferencia. China alberga decenas de etnias minoritarias de cierto peso. Tibet y Xinjiang son los ejemplos más evidentes de esta presencia “no china” en China. ¿Cómo pueden convivir etnias tan distintas? «No es sólo la fuerza del poder lo que las mantiene juntas –me explica el vigilante de la Ciudadela, medio chino, medio portugués–. En China no es extraño que convivan los pueblos, aunque parezca raro. Las minorías son iguales ante la ley, y también las religiones. Si uno considera su fe superior a la de los demás, el conflicto será inevitable». Otra señal para investigar. Una sociedad civil en crecimiento ¿Conclusión? Las señales que nos llegan desde la Gran Muralla son evidentes, contradictorias en su apariencia impetuosa, pero estimulantes. China no es una página que se pueda pasar en un pis pas, cómo querrían muchos observadores occidentales. Es una mole de mil trescientos millones de personas, un único país desde el año 221 a. C., de una increíble potencia económica y social, con cincuenta y cinco etnias distintas, además de los mayoritarios han. Curiosamente, aunque no tanto, justo en el momento de mayor desarrollo económico crece también el deseo de democracia y respeto a los derechos humanos. Y no ocurre por política, sino gracias a una sociedad que crece tan impetuosamente como su economía. Quizás haya que mirar a este mundo con más atención para entender hacia dónde va China. Y respetar los tiempos.


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