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Diciembre - 2013


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¿Por qué las nubes no son azules?

Jesús García


El viaje duró cinco días. Se trataba de un viaje “científico” y visitaron museos de alto interés, practicaron rutas para localizar huellas de dinosaurios...

El viaje duró cinco días. Se trataba de un viaje “científico” y visitaron museos de alto interés, practicaron rutas para localizar huellas de dinosaurios y encontrar fósiles y, por supuesto, se divirtieron bastante (y sanamente) con sus compañeros. Como no podía ser de otra manera, la primera narración de los hechos a sus padres se limitó a los tópicos y monosílabos propios de la adolescencia. A los pocos días, en cambio, se produjo una apasionada y efusiva conversación sobre lo más interesante y “asombroso” del viaje. Ni las huellas de los dinosaurios ni uno de los mejores museos “interactivos” del mundo ni los yacimientos arqueológicos. Lo más asombroso había sido… un caracol que se había cruzado en la vida de esta estudiante de primero de bachillerato en una pradera y que la había acompañado durante todo el viaje. Tras una semana, lo que había generado más interés en esta chica había sido… ¡un caracol! Todos los que somos padres y educadores recordamos aquellas preguntas “imposibles” de nuestros hijos o alumnos cuando eran pequeños: «¿Por qué no puedo pisar mi sombra?», «¿Por qué las magdalenas se ponen duras y las galletas blandas?». Todos recordamos las manifestaciones de algo que, con el paso del tiempo, quizás hemos ido ahogando o dejando que se ahogue: el asombro, el estupor. Da la sensación de que estamos inculcando a nuestros hijos y alumnos un tipo de inteligencia basada casi exclusivamente en la “saturación” de conocimientos, actividades y estímulos externos (e impuestos). A juicio de los expertos, estamos induciendo una “sobreestimulacion” que, en palabras de la abogada, madre y escritora Catherine L’Ecuyer, es «dar al niño o niña, de afuera para adentro, lo que no necesita»1 . Entre los expertos en Ciencias Sociales se va extendiendo la idea de que estamos “anticipando” los conocimientos a los alumnos en lugar de propiciar el interés o despertarlo; o lo que es lo mismo, motivar el aprendizaje. Y una forma de motivar (mover) es potenciar, desarrollar y propiciar la capacidad de estupor, de asombro. Aquel viaje había sido muy interesante, pero lo que realmente había “movido” el aprendizaje, porque había despertado el asombro, había sido el caracol. Hace algunos años leí en el libro Educar es un riesgo, de Luigi Giusanni (que, por cierto, les recomiendo), una frase que me sigue dando vueltas y que hoy me viene como anillo al dedo: «la educación es un milagro en el que se crece en “estupor” y conmoción ante las cosas». Quizás nos estamos empeñando en programar infinidad de actividades para garantizar el éxito futuro de nuestros hijos y alumnos, mientras las pantallas (léase televisión, consolas, tablets, juegos interactivos, etc.) saturan en exceso sus sentidos e interrumpen ese lento aprendizaje que supone maravillarse por descubrir algo. En el fondo estamos bombardeando a los niños (y no tan niños) con un aluvión de ideas, conceptos e informaciones muy elaboradas y, sobre todo, tan inmediatas que impiden ese “silencio” imprescindible para descubrir algo por muy laborioso que sea. No desdeño la tecnología, ni el conocimiento ni la instrucción. Todo lo contrario; es una oportunidad que tenemos para acceder a todo un universo de conocimientos que nos pueden servir para ser mejores personas. Es más, el aprendizaje nos lleva a apreciar la maravilla de ser persona y a aventurarnos, por ello, a descubrir nuevas cosas, útiles a nosotros y a la humanidad. La experiencia del caracol me lleva a proponerles que, sin perder de vista que debemos ofrecer a nuestros hijos el mejor futuro posible, no perdamos el verdadero horizonte: que –simplemente– los estamos educando. Y una forma de educar (hay quien lo identifica con un valor) es desarrollar la capacidad de asombro en nuestros hijos. No es fácil, pero se puede hacer. De entrada, desde pequeños, potenciar todas sus preguntas por “extrañas” que parezcan: «¿Por qué vuela un pájaro?». Probablemente cuando el niño nos formula esta pregunta, no espera una respuesta, sino que nos está manifestando su asombro –aquí está el inicio del conocimiento– y está poniendo en marcha el motor para descubrir el mundo. ¿Qué hacer? Más que ofrecer una respuesta, asombrarnos con él, decirle que también nosotros lo intentamos comprender, y si es posible, plantearle otro “asombro”. Y conforme va creciendo, estar siempre disponibles para escuchar sus “asombros” (algunos seguramente muy incómodos). Y no se trata de sustituir la cultura del esfuerzo por la del asombro. Es más, propongo un esfuerzo añadido: cultivar la fascinación como fuente de aprendizaje. Y también el silencio, la creatividad, la escucha, la belleza y la sed de infinito. Acabo con unas palabras de la propia Catherine L’Ecuyer. El mejor potenciador del asombro es el «vínculo de apego», «esa relación única que es un vínculo de confianza en quién nos acompaña en el maravilloso proceso de desarrollarnos como persona». l 1) Catherine L'Ecuyer, Educar en el asombro, Ed. Plataforma, 2013.


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