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Diciembre - 2013


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El mundo de Verdi y Wagner

Mario Dal Bello


En 2013 se ha celebrado el bicentenario del nacimiento de estos dos grandes músicos. Estilos distintos pero un idéntico amor por el ser humano.

Llora Rigoletto y se desespera; Violeta se sacrifica por amor y Aída muere soñando ir al cielo con su amado. ¡Cuánta pasión en los personajes de Verdi! Luchan, rezan, imprecan, mueren, pero en tiempos breves. El teatro verdiano, de hecho, gusta de la síntesis, quiere llegar pronto a la conclusión del drama, de cualquier drama humano, incluida la política o la religión (Don Carlos), la comedia amarga (Falstaff) o la locura de los celos (Otelo). No hay nada en los sentimientos humanos que escape a la mirada implacable y muy poco optimista de Verdi. En absoluto un compositor patriótico, título que le endosaron después de la unificación de Italia, o músico del tachún-tachún, Verdi es un autor trágico, shakespeariano, potente, un italiano cerrado que ama su tierra de Emilia, se compra casa y hacienda en la llanura del Po y la gobierna cual implacable terrateniente. Lohengrin llega sobre un cisne alado a salvar a la princesa Elsa; Tristán intenta alcanzar a su amada Isolda sin conseguirlo; Sigfrido muere traicionado y Parsifal alcanza al final la luz paradisíaca. Richard Wagner nunca tiene prisa. Se complace en largas narraciones, reflexiones metafísicas e históricas; busca en el mito de los nibelungos o el de los trovadores el sentido del destino humano: el amor y la muerte, la vida y la victoria. Alemán de Leipzig, se mete a revolucionario y la policía lo persigue, inventa el teatro «total» y termina construyendo, con la ayuda del rey Luis II de Baviera, una especie de ciudad ideal en Bayreuth, donde representa su inmensa tetralogía. Los nacionalistas y los nazis aprecian su síntesis heroica, el sentido inmenso del destino humano, el sentimiento de gloria que siempre subyace en su trabajo. Pero Wagner es mucho más que eso: reflexiona con una mirada potente y mítica sobre el destino del hombre y de la historia. El italiano es sanguíneo y pasional; el alemán es filosófico y (pseudo) místico. Nunca se conocieron, ni sintieron aprecio el uno por el otro. Al contrario. En cuanto oyó unas notas del Requiem verdiano, Wagner salió con su mujer de la sala con evidente disgusto. Verdi anotó en la partitura de Lohengrin, que escuchó a escondidas en Bolonia, juicios no muy halagadores. Ambos tenían un carácter duro y un temperamento musical muy distinto. De hecho, durante décadas muchos (pseudo) intelectuales y amantes de la música italianos han antepuesto Wagner a Verdi, o lo que es igual, la verdadera música culta a la tosca música de banda del italiano. Por eso, en ámbitos filogermánicos se ha mirado con suficiencia a esta música «popular» italiana, aunque se escuche de continuo y con gusto. Celos y prejuicios, sobre todo de tipo nacionalista, nos han alejado de la verdad. Y ésta siempre es simple. Se trata de dos autores geniales que, cada uno a su manera y desde puntos de vista distintos, han recorrido su propio camino artístico hacia una misma meta: indagar sobre el ser humano. Verdi, sobre todo el corazón; Wagner, la mente. ¿Y cuál era el puerto de llegada? Pues por mucho que sorprenda, el mismo. Verdi, viejísimo, cierra su Te Deum con una gran esperanza de paz, estupenda. Wagner, que había muerto dieciocho años antes, lo hacía con el sublime encantamiento de Parsifal ante el Grial. Todas las pasiones, la sangre, las luchas, los amores, el mito y la historia parecen esfumarse ante las puertas de una dimensión distinta. Es el camino del hombre que los dos genios han recorrido por senderos diferentes, llegando al mismo final. Vale la pena redescubrirlos. Y si me permiten un consejo, con los sellos de Toscanini, Giulini, Muti o Abbado para Verdi, y los de Furtwängler, Karajan, Keiber o Baremboin para Wagner.


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