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Enero - 2014


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Ecumenismo de la vida

Laura Montilla


En el mes en que se celebra la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, un ejemplo de cómo vivir el ecumenismo.

La carta apostólica de Juan Pablo II Novo millennio ineunte, publicada en enero de 2001, decía: «Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano» (nº 43). Por eso no dudé en ponerme a disposición del entonces arzobispo de Granada, D. Antonio Cañizares, quien me indicó que colaborase con la delegada de Ecumenismo de la diócesis, Pepita Moreno Aguilar. De la espiritualidad de comunión de los Focolares, precisamente, había aprendido que se puede reconstruir la unidad de las Iglesias partiendo del corazón. Lo extraordinario de esta vía ecuménica basada en el amor, que podemos llamar «ecumenismo de la vida», es que es posible para todos. Yo carezco de estudios en campo ecuménico, pues soy farmacéutica, pero las diferencias doctrinales se resuelven con paciencia en las sedes adecuadas. Ése es el ecumenismo teológico que no todos podemos realizar. Sin embargo, podemos quemar etapas en la caridad, mostrando que estamos unidos a cierto nivel, ya que nada nos impide amarnos y acogernos a pesar de las diferencias. En la Delegación Diocesana de Ecumenismo de Granada, lo primero es la unidad entre los que trabajamos ahí, y el amor recíproco hace posible que Jesús esté presente en medio de nosotros y sea Él mismo quien actúe. Esa unidad se logra aceptando constantemente al otro, siendo pacientes, con pequeños detalles, porque somos diferentes y tenemos una formación distinta. Pepita y yo procuramos siempre ver juntas cómo hacer cada cosa y afrontar cada situación. Recuerdo que cuando la llamé para ponerme a su disposición, se puso muy contenta porque acababa de recibir ese encargo y siempre cuesta arrancar. Para empezar a contactar con otros cristianos fuimos a una asamblea de Iglesias evangélicas. Casi temblábamos, porque no sabíamos cómo nos iban a recibir, así que le pedimos ayuda al Señor y nos propusimos ir a amar. No fue fácil, porque se sentían dolidos respecto a los católicos y así lo expresaron, pero nos acogieron como si fuésemos de su asamblea y estuvimos con ellos tanto en la oración como cuando trataron sus asuntos económicos. Al despedirnos nos dieron las gracias por el amor y la valentía que habíamos mostrado al ir a conocerlos. Al cabo de unos años puedo decir que el «ecumenismo de la vida» se lleva a cabo poniendo en práctica el arte de amar evangélico. Amar a todos no siempre es fácil porque hay personas que nos caen mejor, con las que tenemos más afinidad. Ser el primero en amar sin esperar ser correspondido, con paciencia, sin pretender nada, significa por ejemplo convocar repetidamente sin importar que no haya asistencia. Otra característica es tratar a los demás como quisiéramos que nos trataran a nosotros. Una vez la Iglesia bautista nos propuso que un coro góspel de Estados Unidos de gira por España cantase en un templo católico para romper prejuicios. Se lo planteamos a unas religiosas carmelitas de clausura y éstas aceptaron. La actuación fue hermosísima y el templo estaba lleno. Dos jóvenes contaron cómo había cambiado su vida a partir de su encuentro con Jesús. Al final el pastor bautista dio las gracias a las religiosas, que lo presenciaron desde el coro, y citó un poema de san Juan de la Cruz, asegurando que Jesús estaba allí aquella tarde. Luego los jóvenes del coro góspel se acercaron a saludar a las religiosas. Una muestra de que el ecumenismo de la vida se puede vivir incluso en la clausura. En cierta ocasión, cuando el terremoto de Haití, la Pastoral Familiar de Granada organizó un festival solidario y un grupo de jóvenes bautistas colaboró con un espectáculo de percusión. También es muy importante cuidar las relaciones con las diferentes Iglesias; de ahí las invitaciones a comer, asistir a eventos de las otras Iglesias, como ordenación de pastores, bautizos, etc. o sencillamente interesarse por las familias. Así pronto este amor llega a hacerse recíproco. Recuerdo que cuando trasladaron al pastor Felipe Lobo, nuestro obispo le envió un afectuoso saludo de despedida, y él mismo me contó que se había encontrado en la calle con el matrimonio de pastores bautistas y se entretuvieron un rato con los saludos. Un aspecto importante es la oración, pues la unidad es un don de Dios. En la oración encuentro a Dios y también a los demás. Cuando rezo por alguien, lo veo a través de los ojos de Dios, descubro lo bueno de cada persona, de cada planteamiento. Rezar significa purificar mi corazón y ofrecerlo como lugar hospitalario donde el otro encuentra respeto y comprensión. Y no sólo la oración individual, sino juntos. Por eso durante el octavario de oración por la unidad de los cristianos que se lleva a cabo en el mes de enero tenemos distintas celebraciones, tanto en iglesias católicas como en la luterana o la bautista. Se nos queda corta la semana, porque muchas comunidades quieren participar. Son momentos que dan testimonio de la belleza de la unidad construida con los demás cristianos a partir de la vida. Además a lo largo del año tenemos varias celebraciones ecuménicas. Desde que comenzamos han pasado diferentes pastores por estas iglesias y es un milagro de unidad el hecho de que los que llegan nuevos se suman rápidamente a esta iniciativa y los que se van continúan en relación con nosotros. En el dialogo ecuménico de la vida hemos de dirigir con frecuencia la mirada hacia Jesús crucificado y abandonado para reconocerlo en las dificultades, que son muchas, como el desánimo, las limitaciones personales, la falta de tiempo, el no poder llegar a todos, los escollos a nivel de estructuras, el dolor de no poder compartir la eucaristía, etc, etc. Una vez que lo identificas, haces como hizo Él: abandonarse en manos del Padre y seguir amando. Y que sea el Resucitado quien actúe.


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