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Noviembre - 2013


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La carta magna del Reino de Dios

Igino Giordani


No reconocer a Cristo implica perder la paternidad de Dios y la fraternidad con el prójimo.

Si existe un Dios que despertó de la nada el universo y creó al hombre en un planeta, entonces es el Padre de los vivientes, y si nosotros, los vivientes, tenemos un único Padre, entonces somos hermanos. ¿Quién es este Padre y qué implica su paternidad? Uno puede no creer en el Dios que presenta la Iglesia, pero normalmente todos tenemos cierto anhelo religioso, y si no, lo solemos adquirir. Y se adquiere de mil maneras. Si Dios está en el cielo, en la tierra y en todas partes, como enseña el catecismo, podemos llegar a Él por mil cauces, en cualquier momento de la vida, en cualquier condición ambiental, de clase y de tiempo. Todos los caminos llevan a Dios; basta con dejarse llevar por la razón y cooperar con la gracia, que Dios nunca deja que falte. En el cristianismo Dios es Padre. Éste es el descubrimiento del Evangelio, que produce inmediatamente un ambiente de familia y despierta el amor. El Padre engendra a los hijos para amarlos, crea la vida. La ley del amor –de la caridad– es la carta magna del Reino de Dios en el cielo, en la tierra y en todas partes. Quien no entiende esta ley, no comprende el cristianismo; quien no la pone en práctica, no comprende a Dios ni ve al hermano. Los hermanos nos han sido dados para estimular y permitir el ejercicio del amor, que es además la acción íntima de la divinidad en nosotros. Viendo al hermano, aun al más humilde, reconozco a Dios en él; veo a Dios en él en imagen. Si ofendo al hermano, ofendo a Dios; y amo a Dios sirviendo al hermano. Hoy los hombres ya no se reconocen como hermanos, sino que con frecuencia se consideran desconocidos o rivales o enemigos, y por tanto no se aman. El hombre que choca con nosotros en el tranvía, el que nos pasa al lado altivo o distraído o enigmático, el hombre de quien nos aprovechamos no lo vemos como hermano; lo vemos como un competidor, una molestia, un siervo, un extraño o un enemigo. El hombre al que rechazamos porque es de otra clase, raza o religión, no nos parece hijo de nuestro padre; como mucho un hijo ilegítimo, digno de lástima. Tampoco Jesús fue reconocido por los suyos, pues ellos también se quedaron en lo externo: un enemigo de la nación, un rey de pacotilla, un condenado al patíbulo, un nazareno despreciable… Tenían a Dios entre sus manos y no veían más que una escenificación de herejes, y así desperdiciaron una ocasión única. Y a nosotros nos puede pasar lo mismo –no reconocer a Cristo–, y en consecuencia perder la paternidad de Dios y la fraternidad con el prójimo.


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