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Noviembre - 2013


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Albert Camus, un reto para los creyentes

Florence Gillet


En el centenario de su nacimiento, su pensamiento, siempre actual, constituye una estimulante fuente de reflexión.

Tenía 16 años aquella tarde de febrero en que abrí un libro de Albert Camus con un título enigmático, La caída, que había cogido casualmente en la biblioteca del barrio. Creo que me quedé inmóvil toda la tarde, fascinada y aguantando la respiración, dudando entre pararme a copiar algunas páginas o acabar de leer para entender si se trataba de un espejismo o si, como me estaba pareciendo, saciaba una sed profunda. De aquel libro emanaba una luz oscura o, más bien, una oscuridad luminosa en la que yo quería penetrar. Los días siguientes copié en mi diario fragmentos enteros que luego releía asombrada, hasta que los aprendí de memoria. Unos años más tarde tuve ocasión de entablar cierta amistad-diálogo con el autor, cuando hube de elegir el tema para mi tesis en Teología y me interesó el tema del ateísmo. Camus me interpelaba: ¿por qué había negado a Dios?, ¿qué Dios había negado? El absurdo Novelista, director de teatro, ensayista, periodista, filósofo y premio Nobel de literatura a los 44 años, Albert Camus (1913-1960) le debe su carrera a la atención que le dispensó un maestro suyo de primaria. Hijo de inmigrantes, huérfano de guerra siempre «en busca del padre», niño del extrarradio de Argel, blanco entre árabes, vivió en su carne el drama de la guerra de Argelia, por eso su obra emana vida y luz, pero también el empeño por descubrir un camino en medio de las contradicciones de la existencia. Según Camus, la verdad no puede ser hallada sino en los opuestos, en los binomios bien y mal, fuga del tiempo (muerte) y aspectos duraderos, fragmentación de la realidad y tensión a la unidad. Camus rechaza la actitud “facilona” de conciliarlos mediante la idea de Dios. Es la fase del absurdo. Pero ése no es el Dios cristiano, el cual no sólo no ha abolido los opuestos sino que Él mismo se ha hecho contradicción. En la siguiente fase, la de rebeldía, Camus rechaza a Dios porque disminuye la libertad y la dignidad del hombre, anulando su autonomía (La peste), e invoca a un santo sin Dios. Es una parodia de Dios, y él en el fondo lo sabe. El Dios que busca es el Dios de La caída. Poder amar Al planificar su obra, Camus dijo que tras las fases del absurdo y la rebeldía, se orientaría hacia el tema del amor. En La caída, Camus manifiesta una sensibilidad especial por el juego indisociable entre lo individual y lo colectivo. No faltan, desde luego, anuncios de esto en sus obras anteriores. En El hombre rebelde, el individuo sólo se realiza viviendo por la comunidad, una comunidad humana universal de la que nadie está excluido. Se realiza, pues, viviendo por la unidad de todos los hombres. Y ello implica un amor auténtico, cuajado de gratuidad y donación de uno mismo. Clamence, el personaje principal de La caída, se da cuenta de que no es capaz de hacerlo. Cuando le solicitan gratuidad verdadera, tropieza. En ese momento toma conciencia de que su pretendido amor no había sido sino búsqueda de sí mismo. Aun así, Clamence no puede retirarse a un «espléndido aislamiento», sino que por fuerza ha de hallar cierta «solidaridad». Y la encontrará en negativo, porque se vuelve «juez-penitente», extendiendo a los demás el juicio, única manera de quitárselo de encima: acusa a los demás para que los demás se acusen. Es decir, quiere llevar a los demás a tomar conciencia de su caída, que seguramente no será muy distinta de la suya, y compartiendo su infelicidad quizás encuentre el camino hacia la felicidad. Clamence no puede prescindir de la solidaridad, pero establece una relación entre el individuo y la comunidad que es del todo perversa, pues se aprovecha de la comunidad humana en su favor. Sabe que ha edificado una solidaridad errónea que sólo le aporta una felicidad ilusoria, ya que la verdadera solidaridad, que requiere un amor verdadero, le es imposible. El amor verdadero, de hecho, requiere trascendencia y se recibe. Luego en esa posibilidad de donarse para construir la comunidad, en una relación justa entre individual y colectivo, se sitúa la dimensión transcendente que se llama Dios. La salvación es poder amar. Sufrimiento No es sorprendente, pues, que Camus, habiendo intuido la presencia de lo divino en el amor de donación, haya entendido la fuerza del sufrimiento. Tuvo experiencia de ello durante su infancia contemplando a su madre silenciosa, analfabeta, sorda y casi muda. Y paradójicamente, esta madre, que es la viva imagen de la nulidad, el vacío y la dependencia, le revela una fuerza que libera en él la capacidad de amar y vivir la vida verdadera. En los apuntes para El primer hombre, libro autobiográfico póstumo, escribe: «La madre es Cristo». El vacío (kénosis) que expresa con su ser lo atrae como un imán, le revela el sentido de la vida y lo invita a trabajar por la justicia. Volvemos a encontrar este «vacío» creador de sentido en expresiones como «el sufrimiento es un agujero y la luz surge en ese agujero». Ni «a través de» ni «de» ese agujero, sino dentro. La obra de Camus es un reto que estimula al cristiano, en su contacto con la Palabra, a purificar constantemente sus falsas representaciones de Dios para dar razón de su esperanza.


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