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Noviembre - 2013


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Los mártires cristianos

José Damián Gaitán, ocd


Una reflexión en relación con la beatificación de 522 mártires celebrada en Tarragona el 13 de octubre pasado*.

Cuando en la Iglesia o en ambientes cristianos se habla de mártires, parece que la mente se nos va enseguida a los primeros siglos del cristianismo, llamados con razón el tiempo de los mártires. Pero en estos últimos años nos vamos dando cuenta, poco a poco, de que el XX no fue menos que otros un siglo de mártires. Incluso algunos dicen que en el mismo murieron a causa de su fe tantos cristianos como a lo largo de todos los siglos anteriores. Por otra parte, quizá popularmente hemos ido perdiendo un poco el sentido mismo de las palabras «mártir» y «martirio». Cuando algo resulta difícil de llevar o soportar decimos a veces: «es un mártir» o «esto es un martirio». Identificamos así simplemente dichos términos con dificultad, sufrimiento y tortura, mientras que en el mundo griego, de donde proceden dichos términos, significaban «testigo» y «testimonio». Una mirada al pasado Desde los primeros siglos, la Iglesia siempre guardó memoria de sus mártires, especialmente en la celebración de la eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de Jesús. Y esto no solo de forma anónima y general, sino también personal y concreta. Como diríamos hoy, con nombres y apellidos. Sin duda, en los primeros siglos después de Cristo no era fácil abrazar la fe cristiana. Exigía ir contra corriente en muchas cosas. El que se bautizaba sabía que no sólo se configuraba sacramental, moral y espiritualmente con la muerte de Cristo, sino que también debía estar dispuesto a perder la vida por el evangelio. Y no como una posibilidad remota, sino de manera real en muchos casos. En ello se veía la expresión perfecta del verdadero discípulo de Cristo, por eso algunos llegaban a anhelar el martirio. Pero no todos ni siempre sintieron esa misma fortaleza, lo cual llevó a algunos, en tiempos de persecución, a renunciar a la fe o a disimularla. (…) Puede uno preguntarse: ¿y por qué se les perseguía a los cristianos de una manera tan constante durante los primeros tres siglos después de Cristo? La respuesta es clara. Porque entonces, como en otros casos después a lo largo de los siglos, su forma de vivir chocaba con ciertos usos y costumbres que imperaban en la sociedad. La sola fe cristiana era suficiente en muchos momentos para decretar la muerte de una persona. Ciertamente, a lo largo de la historia no han sido solo los cristianos los que han padecido este tipo de persecuciones. Inclusive a veces las han provocado contra otros. Y de ello la Iglesia ha pedido perdón por la parte que le ha tocado en diferentes casos del pasado, tanto por haber actuado como por haber callado. Pero eso no quita para que la fidelidad a Cristo y al evangelio hasta dar la vida siga siendo siempre un reto para todo cristiano. En todo caso, lo que vale para un creyente en Jesús es la vida, incluso en el caso de correr el riesgo de llegar a padecer una muerte violenta, porque a esta la ve como expresión de la propia vida, del propio modo de vivir. (…) ¿Mártires en el siglo XXI? Aunque a nosotros, cristianos del llamado primer mundo, nos resulta difícil caer en la cuenta de ello, lo cierto es que en el siglo XXI sigue habiendo cristianos que viven su fe en un límite muy cercano al martirio, si es que no llegan a padecerlo, de hecho, realmente. No hay una separación tan grande entre lo que pasó en el siglo XX, incluso entre nosotros, y lo que está sucediendo en otras partes del mundo en este siglo que acabamos de comenzar. A los que vivimos en países de antigua cristiandad nos resulta ciertamente difícil en estos momentos pensar en el martirio como algo que pueda darse hoy entre nosotros o que se haya dado aquí en tiempos relativamente recientes. Por eso casi nos sentimos como avergonzados de hablar de ello. Y, contrariamente a lo que sucedía en los primeros siglos, en que la comunidad cristiana reconocía el martirio prácticamente de forma inmediata, en el XX se han dejado pasar muchas décadas y años para llegar a optar de una manera decidida por un reconocimiento oficial de los innumerables casos que han ido regando dicho siglo con su sangre derramada a causa de la fe en Jesús. Y aunque, de hecho, muchos ya han sido reconocidos como mártires de la fe, según parece quedaría todavía mucho camino por recorrer a este respecto. Como se ha afirmado públicamente en varias ocasiones, no hay ni ha habido nunca en este reconocimiento de la fe de nuestros hermanos que han muerto mártires ningún deseo de echar en cara a nadie nada. No es un gesto hacia fuera de la Iglesia, sino más bien hacia dentro, porque desde los orígenes la Iglesia siempre vio como algo esencial a sí misma el recodar con agradecimiento los ejemplos de perseverancia en la fe de muchos de sus hijos, de modo especial de aquellos que llegaron hasta el límite de perder la vida por causa del evangelio. (…) ¿Únicos testigos de la fe? Los mártires, ciertamente, son testigos privilegiados de la fe, de la adhesión a Jesús y a la causa del evangelio, pero no es ese el único camino posible para poder vivir la fe con la radicalidad que esta exige. En este sentido siempre me llamó la atención un texto de san Agustín que escribió en un tiempo en que la época de los mártires y las persecuciones comenzaba a quedar un poco atrás. En él afirma que a Cristo «lo han imitado los santos mártires hasta el derramamiento de su sangre, hasta la semejanza con su pasión: lo han imitado los mártires, pero no sólo ellos. El puente no se ha derrumbado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha secado después de haber bebido ellos» (Sermón 304, 3). En el magisterio reciente de la Iglesia, pongamos desde el Vaticano II a nuestros días, no encontramos grandes reflexiones o documentos sobre el sentido del martirio y de los mártires considerados en sí mismos, sino más bien vistos en el conjunto de lo que es la fe y la vida cristiana. De hecho, en estos últimos tiempos se ha iniciado un discurso más amplio sobre la vocación de todo cristiano a ser «testigo» del evangelio de Jesús allí donde se encuentra, cualquiera que sea la circunstancia de su vida. Y no como algo puramente exterior, sino como consecuencia natural de una vida en coherencia con la fe que se ha recibido; como algo que ha sido llamado a profesar no sólo en el corazón, sino también con las obras. La Iglesia, hoy como ayer, se goza sobre todo con la fidelidad al evangelio de sus hijos, no con su muerte violenta o los sufrimientos, físicos o morales, que otros les puedan infligir a causa de la fe. De hecho, a lo largo de la historia han sido muchos los cristianos que han vivido como «testigos» (es decir «mártires») de la fe que profesaban dentro y fuera de la Iglesia, aunque no hayan perdido la vida de una forma violenta. La comunidad cristiana siempre ha visto en esta fidelidad pública y confesada a Jesús y al evangelio, tanto de unos como de otros, un ejemplo a seguir por parte de todo cristiano. Algo que adquiere un especial relieve en este Año de la Fe. *Publicado en Revista «Teresa de Jesús» (nº 185).


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