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Diciembre - 2013


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Mujer e Iglesia, una cuestión pendiente

Paolo Lòriga


«¡Y dale con el sacerdocio femenino! Hay cosas más importantes que valorar». María Voce, presidenta de los Focolares, afronta el tema de forma innovadora y formula unas propuestas bien precisas.

¿Una emancipación femenina que les gane terreno a los hombres? «Sería un desastre para la mujer». ¿Sacerdocio femenino? «Seguiría siendo una función de servicio». Pero que hubiese alguna mujer cardenal sería una señal inequívoca: «Para la mujer no lo creo; no me parece esencial». ¿Y la paridad hombres-mujeres? «No me entusiasma en absoluto». Por lo que respecta al cónclave (la asamblea que elige a los papas), María Voce propone que haya una presencia femenina que pueda plantear propuestas concretas. Y con su estilo claro y lineal le da un vuelco también a la relación hombre-mujer en la sociedad. Segura, serena, realista y confiada, María Voce, presidenta del Movimiento de los Focolares, acepta la invitación a hablar –por primera vez de manera tan extensa– sobre el papel de la mujer en la Iglesia Católica. Desde que en 2008 recibió la ardua herencia que había dejado su fundadora, Chiara Lubich, lidera el grupo eclesial más difundido en el mundo (192 países), y puede que sea la mujer más influyente de la Iglesia Católica. En esta entrevista habla con su habitual franqueza de un tema que le interesa mucho (pero no la angustia), mirando con fundadas esperanzas las novedades que el papa Francisco está introduciendo en muchos campos. –Con la Mulieris dignitatem, Juan Pablo II abrió perspectivas innovadoras. A distancia de veinticinco años es obligado reconocer que la Iglesia no ha tenido suficientemente en cuenta aquella carta apostólica. ¿Qué conclusiones sacas de ello? –Sin duda la Mulieris dignitatem no ha sido objeto de toda la consideración y la aplicación que había que darle a su contenido. Quizá los tiempos no estuviesen maduros. El texto poseía –y todavía mantiene– un valor profético, por lo que se irá poniendo en práctica progresivamente en la medida en que los tiempos maduren y las mujeres sepan ofrecer aportaciones adecuadas. –«La Iglesia es mujer –ha dicho el papa Francisco–. Yo sufro cuando veo que el papel de servicio de la mujer en la Iglesia o en algunas organizaciones eclesiales se torna en servidumbre». Ahora, en calidad de pastor de la Iglesia universal, podría empezar a poner en los puestos eclesiales donde se toman decisiones políticas, económicas, pastorales y espirituales a mujeres con autoridad moral. ¿Te parecería un buen comienzo? –Sería sin duda un buen comienzo, y puedo decir que ya se está dando. El nombramiento de Mary Ann Glendon para el organismo que controla el Instituto para las Obras de Religión me parece una buena señal en esa dirección. Y no es la única. Otros nombramientos tendrían ciertamente gran valor y significado, pero no los considero determinantes. En mi opinión, hace falta que todo el conjunto eclesial esté dispuesto a aceptar la autoridad moral de las mujeres allí donde se toman las decisiones más importantes de la Iglesia. El papa Francisco puede hacer mucho, pero la conciencia eclesial también tiene que madurar. –Recientemente, en su encuentro con las participantes en un congreso sobre la Mulieris dignitatem, el papa Francisco ha afirmado: «La mujer es quien concibe, lleva en su seno y alumbra a los hijos de los hombres. Esto no es sólo un dato biológico, sino que tiene muchas implicaciones tanto en la propia mujer como en sus relaciones». ¿En qué sentido esta peculiaridad le confiere también a la mujer una aptitud para ejercer el poder? –Si por un lado la procreación es conjunta del hombre y la mujer, no se puede negar que por voluntad del Creador, la relación entre la madre y el hijo tiene un carácter especial derivado de una simbiosis física que empieza en el instante mismo de la concepción y crea algo único. Este aspecto se manifiesta además en la capacidad de generar y luego desprenderse del fruto de su seno. De esta manera la mujer es capaz de mirar al hombre con un amor desinteresado, más que el del padre por su hijo. Esta peculiar relación le permite a la mujer tener con todos los seres humanos una relación especial, que es de amor y desprendimiento, propia también de la mujer que no engendra físicamente, pues es algo característico de su ser. –Mujer carismática y mujer de acción. Sin embargo, debería haber sitio también para la mujer intelectual, cuya aportación al magisterio no se considera esencial. Pocas mujeres trabajan en la pastoral familiar, pocas son catedráticas de Teología y muy raramente participan en la formación de los sacerdotes. –Esa fotografía de la situación actual es bastante exacta. Se le da poca importancia a la aportación de la mujer al pensamiento, en parte porque ha tenido pocas posibilidades de desarrollarlo, ya que no hace tanto que se las admite en las universidades pontificias para estudiar Teología. Sí, es verdad que ha habido mujeres sabias y mujeres que han dado su aportación intelectual, pero más por inspiración directa del Espíritu Santo –como las grandes mujeres declaradas doctoras de la Iglesia– que por haber desarrollado un pensamiento propio mediante el estudio y el diálogo con otros pensadores. La mujer siempre ha tenido que desempeñar otras funciones en la Iglesia y en el mundo. –¿Crees que las mujeres están preparadas para asumir grandes responsabilidades en la Iglesia? ¿No habéis acabado por aceptar un papel subalterno y sumiso, sin desarrollar un pensamiento de la diferencia que os haga conscientes de vuestra propia identidad? –Eso es una acusación al mundo femenino, aunque tiene su fundamento. Las mujeres nunca han podido mirar más allá de sus funciones tradicionales y se han resignado a su posición subalterna. Pero creo poder decir que a las mujeres les gusta menos que a los hombres destacar, están más dispuestas a ocultarse y a dar su aportación de forma discreta. No es que renuncien a darla, sino que, al sentirse protegidas por estar dominadas, han desarrollado menos ese sentido de competitividad que es propio de los hombres, y por eso han desarrollado menos el deseo de afirmarse, de manifestar públicamente sus ideas. En cualquier caso, ahora están tomando conciencia de sus posibilidades y sus peculiaridades en la relación hombre-mujer. –Sobre el tema de la mujer, el papa Francisco sólo ha hecho alusiones. Se fía más de encuentros fecundos que de especulaciones. ¿Cómo verías la creación por su parte de un comité permanente, un G-8, formado por mujeres con grandes responsabilidades en la Iglesia? –Me parece que todavía hay que esperar para ver un órgano exclusivamente femenino a disposición del magisterio de la Iglesia. De todas formas, prefiero que la mujer esté al lado del hombre, antes que separada y manifestando que es diferente. Para ello conviene que forme parte de los organismos de consulta, de pensamiento y de decisión que poco a poco se están desarrollando en la Iglesia, y hacer que se oiga su voz. Por eso no veo un G8 exclusivamente femenino, sino un órgano del tipo que sea en el que estén representados hombres y mujeres, porque cada uno posee su peculiaridad, y es esa peculiaridad la que es útil para la Iglesia. Un órgano de ese tipo me entusiasmaría. –El papa Francisco ha señalado el «peligro» de «promover una especie de emancipación de la mujer que, para ganarle terreno al hombre, abandone su feminidad y los valiosos rasgos que la caracterizan». ¿Estás de acuerdo? –Una operación de ese tipo es desastrosa, como ya se puede ver en la sociedad. Si se llevase a cabo en la Iglesia, las mujeres terminarían siendo una mala imitación de los hombres. No responderían ni a su vocación ni a lo que la comunidad eclesial espera de ellas. –La propensión de la mujer al amor no parece compatible con una función de gobierno. ¿Cuál es tu experiencia como presidente de un organismo formado por hombres y mujeres? –¿Amor o gobierno? Yo diría que es exactamente lo contrario: no se puede gobernar sin amor. De hecho, gobernar quiere decir tratar de que una persona, un grupo o un organismo crezca para que se manifieste de la mejor manera y favorecer que se realice el plan que Dios tiene para cada uno. Eso no se puede hacer sin amor. Si no tienes en cuenta el bien del organismo que gobiernas y el de las personas que lo forman, ¿cómo vas a gobernarlo? Acabas dominándolo. Y el dominio no es gobierno. –¿Qué indicaciones puede ofrecer a la Iglesia el hecho de que, por estatuto, la presidencia de los Focolares tenga que ser siempre femenina? –Me parece que el hecho de que sea siempre una mujer quien lo presida puede promover en la Iglesia una visión de María que por ahora se ha tenido poco en cuenta, como Madre de la Iglesia, es decir, aquella que contiene todas las expresiones de la propia Iglesia. –El hecho de que seas mujer ¿no crea dificultades, no suscita dudas en las relaciones con la Santa Sede? –No lo creo, aunque hay algo que no entiendo. No comprendo las razones de fondo que impiden que nuestra asociación pueda incardinar a aquellos focolarinos que manifiestan vocación al sacerdocio y que el Movimiento considera útiles y necesarios como servicio al propio Movimiento. Son ya personas consagradas. Quisiéramos incardinarlos en el Movimiento, pero parece imposible porque nuestra asociación es privada y además está presidida por una mujer. –La relación hombre-mujer casi siempre es problemática. En el Movimiento casi la totalidad de las responsabilidades la comparten un hombre y una mujer. ¿Por qué es así? –El hecho de que, en general, lideren las distintas expresiones y organismos de los Focolares una mujer y un hombre es signo de la necesidad fundamental de ambos sexos para construir esa unidad primordial que quiso el Creador cuando creó al hombre y a la mujer como seres distintos y al mismo tiempo unidos. Esa unidad entre ellos constituye esa diferencia entre sexos que no es contraposición, sino donación recíproca. –Valorar a la mujer significa también darle responsabilidades de gobierno. Otras Iglesias han resuelto la cuestión con la ordenación sacerdotal (y a veces episcopal) de mujeres. ¿Qué le sugerirías al papa Francisco? –Sin duda no le sugeriría que resolviese la cuestión de esa manera. Eso significaría reconocerle a la mujer un servicio concreto, el del ministerio ordenado. Pero la mujer no necesita que le reconozcan dotes de servicio; en todo caso, su capacidad para ayudar en la marcha de la Iglesia y de toda la humanidad. Ante todo, la mujer ha de ser reconocida como mujer, no como sacerdote ni como obispo, pues no es eso lo que nos interesa. –¿Sería importante que nombrasen cardenal a alguna mujer? –Para la mujer no creo que fuera importante, pero podría ser un signo para la humanidad. –¿Qué te parecería un cónclave en el que participaran los superiores y las superioras generales de las órdenes religiosas y los presidentes de asociaciones eclesiales internacionales? ¿Sería un reconocimiento para la mujer? –Yo distinguiría el cónclave en cuanto asamblea en la que se prepara la elección del papa y el cónclave en cuanto momento en el que se vota. Me parecería especialmente útil que en la primera fase participasen también personas que tienen una función en la Iglesia y pueden aportar su experiencia, que sin duda es distinta pero no menos importante que la de los cardenales. Por lo que cuenta el papa Francisco, las reuniones previas a su elección resultaron determinantes para sus actuales posicionamientos y su modo de conducir la Iglesia hacia determinadas metas. En consecuencia, si esos análisis se hubieran realizado en un contexto eclesial más amplio que el de los cardenales, estoy segura de que al papa actual se le habrían ofrecido aportaciones más valiosas. Después, el que estas personas sean admitidas a votar para elegir al nuevo papa, por ahora es secundario. Ya veremos cómo se desarrollan las cosas. La historia de la Iglesia la guía el Espíritu Santo. –Imagina que mañana suena tu móvil y el papa Francisco te invita a dialogar sobre la Iglesia y la mujer. ¿A qué temas darías prioridad? –Precisamente a él, que nos ha hablado de su abuela y de su madre, le preguntaría si esa experiencia con las mujeres de su familia no le inspira también una apertura del magisterio de la Iglesia a las mujeres. En resumen, me gustaría que se remitiera a esos ejemplos domésticos para poner de relieve que las mujeres pueden tener una influencia mayor que la un director espiritual o la de un profesor. Además, en su largo servicio pastoral en Argentina habrá conocido a muchas mujeres, entre ellas a responsables de órdenes religiosas. De hecho, su trato, su modo de relacionarse y comportarse me dan a entender que ha tenido contactos profundos y auténticos con las mujeres. Que se remita a ellos para sacar hoy lo mejor de las mujeres en la Iglesia.


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