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Noviembre - 2013


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Una nueva era

Jordi Marjanedas


Apuntes para estimular la reflexión y el intercambio sobre el fenómeno de la mundialización.

Que el mundo está cambiando y a un ritmo acelerado resulta evidente para todos. Las trasformaciones que se producen a nivel planetario son lo suficientemente profundas como para que podamos considerar seriamente que hemos entrado en una nueva era de la historia humana que nos gusta llamar «Era de la Mundialización». El hecho es que los cambios que estamos experimentando afectan a todos los aspectos de la existencia humana. Tradiciones seculares, valores morales que considerábamos eternos y universales, instituciones enraizadas sólidamente hasta hoy en la sociedad, como la misma familia, parecen tambalearse frente a este viento huracanado que no preveíamos y que parece pretender arrasarlo todo. Frente a esta realidad, las reacciones son las más variadas. Hay quien, asustado, se esfuerza en resistir a toda costa para hacer que las cosas se mantengan «como han sido siempre». Quien, en el extremo opuesto, da soporte a cualquier novedad extravagante en nombre del progreso. Otros, desorientados, relativizan como igualmente bueno lo que cada cual elige decir y hacer. En definitiva, no sabemos bien dónde vamos, pero nos damos cuenta de que no podemos dar las respuestas de ayer a las preguntas de hoy. Tenemos que reconocer que no estamos humanamente preparados para los nuevos desafíos de esta «Era de la Mundialización». Se exige por tanto un esfuerzo colectivo (planetario) a todos los niveles del cual nadie puede sentirse moralmente eximido. Unidad y diversidad cultural Uno de estos desafíos es el que ya hace más de cincuenta años el antropólogo Claude Lévi-Strauss observaba y que hoy resulta evidente para todos: «La humanidad se encuentra en medio de dos procesos contradictorios, uno de los cuales tiende a instaurar la unificación, mientras que el otro se esfuerza por mantener o restablecer la diversificación». Por un lado, los Estados, que se consideran soberanos, se ven incapaces de administrar el bien común de sus ciudadanos en un mercado mundial libre de controles fronterizos y con una actividad financiera globalizada. Asimismo, el deterioro ambiental debido al inusitado desarrollo industrial amenaza el equilibrio ecológico de los océanos y de la entera atmósfera terrestre, común a todos. Se advierte cada vez con más evidencia que los problemas hay que resolverlos a nivel planetario. El hecho sorprendente es que simultáneamente los pueblos y las culturas desarrollan cada vez con más fuerza un mayor sentimiento de su identidad diferenciada. Naciones y culturas que con nuestro enraizado etnocentrismo europeo hasta hace poco despreciábamos, piden ahora un reconocimiento igualitario. Minorías étnicas encerradas en las fronteras artificiales de los Estados (que el proceso de descolonización ha convertido en aberrantes) se rebelan contra todo intento de asimilación. Como consecuencia, estructuras de tipo jerárquico con las que estábamos acostumbrados a funcionar, que garantizaban la unidad pero en detrimento de la pluralidad, se demuestran obsoletas. Soluciones dictatoriales demuestran cada vez más la imposibilidad de realizar con la sola fuerza de la ley la cohesión social. ¿Contradictorias? Tenemos que reconocer que en esta era en la que estamos abocados a la mundialización, si en algo no estamos preparados es sobre todo en cómo gestionar esta diversidad. Pero, unidad y diversidad ¿son realmente contradictorias? El mismo Claude Lévi-Strauss en la cita que hemos reportado al comienzo continúa precisando que «se trata más bien de dos maneras diversas de hacerse». La pregunta es, pues, qué debemos entender cuando hablamos de unidad si ésta no excluye la diversidad. Nos sentimos entonces empujados a reflexionar sobre la esencia misma de la unidad y he aquí que la naturaleza viene a iluminarnos. Toda unidad es una síntesis que representa un salto cualitativo, el nacimiento de una realidad nueva con características inexistentes antes en ninguna de las partes y ni siquiera en la suma de ellas. Sabemos que dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, por ejemplo, «unidos», relacionados entre ellos íntimamente, plenamente –amándose, podríamos decir–, crean una molécula de agua la cual muestra características completamente nuevas. Cada unidad, entonces, es posible gracias a la existencia de «los diversos». Además, al unirse, éstos no desaparecen sino que mantienen su integridad, como cuando se encontraban aislados. El hidrógeno y el oxígeno, por ejemplo, permanecen y, en todo caso, ahora pueden participar de alguna manera de la nueva cualidad del agua que componen juntos. Pero esto es un fenómeno universal. El agua, en efecto, a su vez se une íntimamente con una gran variedad de otros elementos. Vegetales y animales no son sino fruto de una síntesis, de una unidad de diversos. Espíritu de unidad También cuando Dios creó al hombre, lo hizo varón y mujer. Es decir, distintos en función de una unidad: la familia. Y la variedad de culturas, lenguas y tradiciones, entonces, no podemos sino verlas queridas por Dios y en función de una unidad superior: la del género humano, la realización del designio final de Dios para con la humanidad, de la que la unidad de la Iglesia es el signo precursor. La síntesis final es el Cristo total, su Cuerpo Místico plenamente realizado. Los cristianos están llamados a realizar la unidad escatológica de alguna manera ya desde esta tierra, viviendo el mandamiento de Cristo: «amaos como yo os he amado», es decir, amar al otro como Dios lo ama, totalmente y en su identidad distinta de la nuestra, y esto recíprocamente. He ahí entonces el milagro de la unidad y con ella la presencia de Jesús, real, prometida por Él a quienes se aman así (1). También aquí la unidad de los diversos produce una realidad de cualidad superior. Dirigiéndose el pasado mes de mayo a una representación variopinta de un centenar de movimientos eclesiales, el Papa Francisco afirmaba: «El Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad, sino reconducir todo a la armonía... Sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad». Es ciertamente el Espíritu Santo, como dice el Papa, quien hace la unidad; Aquel que en el seno de la Trinidad hace la unidad más excelsa entre los dos más distintos posibles existentes: el Padre y el Hijo, el infinitamente grande y el infinitamente pequeño, el Generante y el Generado. Pero es también Él ese Espíritu «que sobrevolaba sobre el caos» original del que nos habla el libro del Génesis, ordenando, componiendo en unidad progresivamente todas las cosas. 1) Cf. Mt 18, 20. Ciudad Nueva quiere aceptar el desafío actual de la mundialización y dar su pequeña contribución proponiendo una tarea de reflexión. En primer lugar por parte de la propia redacción, pero que quisiéramos extender a nuestros lectores, es decir, reflexionar juntos. A este fin, invitamos a todos a aportar su grano de arena enviando sus reflexiones y comentarios sobre este tema por correo electrónico a revista@ciudadnueva.com o por correo postal a CIUDAD NUEVA (Revista), José Picón, 28, 28028 Madrid.


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