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Octubre - 2013


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Abrirle espacio a la educación

Jesús García


Como al comienzo de cada curso escolar, se nos corta la respiración cuando nos presentan los datos relativos al coste de la vuelta a clase.

Como al comienzo de cada curso escolar, se nos corta la respiración cuando nos presentan los datos relativos al coste de la vuelta a clase. Ese respiro cortado se corta aun más cuando asistimos a esas diatribas políticas (de no muy alto nivel) en las que acaban arrojándose unos a otros recortes, planes o acusaciones y que nos recuerdan ese «viaje a ninguna parte» del grupo de cómicos que iban por los pueblos españoles de la posguerra en la película interpretada por Fernando Fernán Gómez. Y como al comienzo de cada curso, me pregunto si la educación, los educadores, los educandos, los desafíos… son el verdadero centro de nuestro pensamiento. La idea me vino a la mente tomando un café con un colega. Constatábamos (porque así lo confirmaban numerosos documentos de los cuales no siempre se habla) que la educación está reclamando cada vez más una «urgencia de recursos» no sólo económicos sino sobre todo de energías psicológicas y morales que nos lleven a recuperar la fuerza, el empuje y ese coraje necesario para educar. En medio de ese productivo coloquio nos adentramos en una consideración: la necesidad de crear verdaderos espacios para la educación. Y desde aquí querría afrontar esta primera cita de este curso académico. La educación necesita «su» espacio, un espacio que ciertamente debe ser físico y adecuado. Pero hay un espacio mucho más importante que, por así decirlo, trasciende esa consideración física. Es otro tipo de espacio que no nos viene dado de antemano sino que se crea en cada momento y se construye poco a poco y no sin dificultades. Les sugiero un ejemplo, algo simple quizás, pero que nos puede ayudar. Muchas de nuestras casas disponen de algún sitio tranquilo en el que se puede estudiar, leer o reflexionar. Ahora bien, eso no basta para que nuestros hijos respondan adecuadamente a su proceso educativo y, en el otro polo de la cuestión, cuando ellos lo necesitan, no siempre encuentran la disponibilidad adecuada o la actitud justa en nosotros para ayudarles. Hay incluso quien afirma que los espacios formales de educación (escuela, aula, etc.) se están transformando en «lugares de experiencias líquidas», de paso o mera convivencia superficial. En el fondo, estamos hablando de otro espacio que le hacemos a la educación cuando ponemos en nuestra actividad diaria la «intención», la «determinación» e, incluso, la «osadía» de educar a los otros, hijos o alumnos. Ese espacio psicológico y afectivo en el fondo se crea cuando trabajamos por construir con nuestros hijos una relación realmente educativa. Se construye cuando luchamos contra la indiferencia; es decir, es un lugar que está hecho de ese verdadero amor que sabe decir «sí», pero también sabe decir «no». Nuestros hijos y alumnos necesitan desesperadamente (aunque ellos no sean conscientes) de alguien que sepa crear un espacio de no-indiferencia, en el que estemos juntos y, a veces, “enfrentados” en una especie de lucha positiva en la que, partiendo de las diferencias, vayamos caminando hacia un futuro diálogo fecundo y productivo. Es un espacio “caliente” (la indiferencia es tibia), quizás apasionado, quizás con errores, que empieza siempre de nuevo, pide perdón y siempre intentará poner en juego y contrastar en modo constructivo cerrazones, inhibiciones, ocultaciones, conformismos, pasividades, agresividades, caprichos… pero del que no saldremos –como dice el profesor G. Milan– ni vencedores ni vencidos, sino que nos encontraremos todos vencedores. En ese espacio se educa con lo que se dice y con lo que se habla, pero sobre todo con lo que se «es». O lo que es lo mismo, es un espacio de testimonio. Es significativo que desde diversos escenarios educativos se plantea la necesidad de ir más allá del intercambio de conocimientos (incluso normas) para llegar a un verdadero encuentro educativo en el que se dé testimonio, se proponga un verdadero sentido de la vida y, en definitiva, se acompañe al educando y se comparta con él. Es un espacio abierto a la interioridad (que es lo opuesto a la superficialidad) y a la ayuda mutua. Estamos todavía empezando. Les propongo que hagamos este ejercicio de abrirle espacio a la educación aportando imaginación y esfuerzo a ese «coraje» educativo que haga de las familias y las escuelas auténticos espacios de educación. Más que nunca, les deseo un buen curso.


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