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Octubre - 2013


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Lazos entre pueblos

Francesc Brunés


Entre los talleres de diálogo realizados en la Mariápolis de este verano, uno especialmente retador y actual que convocó a muchos participantes fue: «Crisis Cataluña-España: ¿una oportunidad?». En estas páginas un extracto del texto que se utilizó para suscitar un diálogo, que fue respetuoso, abierto, franco y constructivo.

Es evidente que la convivencia entre diversos no es cosa fácil. Lo vemos en el matrimonio, en la familia, en el barrio, en la ciudad… y por supuesto a todos los niveles. Hay sobre todo dos factores que pueden mantener cierto nivel de convivencia, con distinta gradación por lo que respecta a su calidad: el miedo y el amor. El miedo ha conseguido mantener durante muchos años aparentemente unidos muchos matrimonios, con un nivel de convivencia sin duda de baja calidad, pero que hacía las veces de una normalidad en relación a los cánones establecidos. Después de una época de dictadura con muchas heridas abiertas y sin tradición democrática, el miedo, presente en mayor o menor medida en cualquier sociedad, pudo dar cierta sensación de normalidad democrática en lo que se refiere al encaje territorial de las distintas identidades, culturas y lenguas que constituyen el estado español. Pero este modelo, por distintas razones, se ha ido desgastando y en los últimos tiempos manifiesta claros síntomas de caducidad que recomiendan su renovación. El amor es sin duda el gran motor de la verdadera convivencia, la de alta calidad. Superado el miedo a los convencionalismos y una vez que el sistema legal permite el divorcio, el único hilo que actualmente mantiene unido un matrimonio, una familia, a pesar de las dificultades, es el amor. Un hilo tenue y frágil, que se rompe con demasiada frecuencia, pero al fin y al cabo, el único capaz de mantener una convivencia de alta calidad. También el amor es el único motor de convivencia real entre los pueblos. Hay quien ha definido la Política (con la “P” mayúscula) como «el amor de los amores», porque es un amor grande, por todos, especialmente por los más débiles. Ese amor que busca siempre el bien común, la fraternidad. Ese amor basado en la comprensión, en la escucha, en el diálogo. Desgraciadamente, las noticias que vemos, leemos y escuchamos cada día nos muestran una política que está muy lejos de alcanzar esa calidad, como a menudo está lejos el corazón del hombre del amor verdadero, transparente y desinteresado, vacío de egoísmos y lleno de generosidad. Esta distancia que a nivel personal hace sufrir poniendo en riesgo muchas relaciones, a nivel social provoca también sufrimiento por la falta de unidad. Unidad y diversidad Es éste un excelente equipo de dos que sólo funciona cuando coexisten ambas. Dos fuerzas que parecerían guiarnos en direcciones opuestas, cuando en realidad constituyen las dos tensiones imprescindibles del amor. Y cuando a este equipo le falta uno de los componentes, el otro se convierte en un devorador de convivencia. La unidad sin la diversidad se convierte en pura imposición, dominación del poderoso sobre el débil, del mayoritario sobre el minoritario. La diversidad sin unidad no es más que una distinción anárquica, que basándose en una falsa libertad nos aleja cada vez más del amor y por tanto de la verdadera convivencia. No es fácil armonizar estas dos tensiones sin un diálogo vivencial que vaya al encuentro del otro en un plano de igualdad, de respeto, de escucha, de transparencia, de honradez, de sinceridad, de aceptación de la diferencia… El estado español, en cuanto entidad colectiva, no está exento de estas dos tensiones y, de hecho, podría ser un buen laboratorio que mostrase al mundo el gran reto global de construir la familia humana. Una familia que sólo se entiende en la diversidad y sólo se construye con el amor que lleva a la unidad sin uniformidad. Siguiendo con el paralelismo que hemos establecido con el matrimonio, uno de los varios posibles, cuando una pareja de novios se acaba de conocer, las diferencias enriquecen, se aprecia como un valor la diversidad del otro. Pero el tiempo va poniendo de manifiesto que el otro (la otra) no hace las cosas como yo las haría, habla demasiado o demasiado poco, se enfada con frecuencia o no reacciona ante ciertas dificultades… En resumen: es distinto/a. En el estado español, además de los valores y costumbres comunes, que no son pocos, hay mucha diversidad: conviven cuatro lenguas, hay distintas formas de entender la vida, de entender el trabajo, la economía, la tradición, la historia, el tiempo, los valores…. A veces las diferencias se hacen muy patentes. Ante esta disparidad, y aun dando por supuesta la ausencia de intereses creados, la convivencia no resulta fácil. Cuando la base no es el amor, aparecen las tensiones, la desafección e incluso la confrontación. Las incomprensiones toman el lugar de la escucha, el silencio se convierte en el preludio del desprecio, y el desacuerdo desemboca en la falta de respeto. Aparecen, por un lado, las posturas que, tomando sólo uno de los componentes del amor –la unidad– proponen opciones centralizadoras, de modo que la lengua, la educación, la sanidad, la cultura… todo sea homogéneo. Dibujan un escenario donde predomine una identidad sobre las demás dejando espacio sólo a ciertas manifestaciones folclóricas propias de cada pueblo. Por otro lado, tomando sólo el otro componente –la diversidad– se radicalizan posturas hasta entonces más o menos conciliadoras, apostando claramente por la independencia de un pueblo con respecto al resto como único modelo posible de convivencia que respete la diversidad. Nuestro camino es el diálogo. Por él apostamos empezando por practicarlo entre nosotros, y por eso proponemos a toda la sociedad un diálogo abierto y franco entre las personas que, aun manteniendo posturas distintas, tienen como base común la voluntad de impregnar la convivencia de amor. De ese amor verdadero que cuenta siempre con los dos ingredientes: unidad y diversidad.


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